Explosión en Río Trecero, en 1995 (Foto de archivo: NA)
Explosión en Río Trecero, en 1995 (Foto de archivo: NA)

Vienes 3 de noviembre de 1995, faltaban cinco minutos para las 9 cuando la vida de miles de riotercerenses cambiaría para siempre. Nada volvería a ser igual. Recuerdo haberme levantado temprano para estudiar y cumplir con un examen que teníamos que rendir por la tarde en el Instituto Dr. Alexis Carrell cuando de repente: un ruido ensordecedor, un intenso calor, un desconcierto generalizado.

Yo vivía en uno de los barrios que circundan las instalaciones de Fabricaciones Militares. Calle Catamarca al 500, bario Las Violetas. Una casa de un plan de viviendas. Atiné a salir a la calle. Veo un nubarrón que en segundos sepultó la zona roja – así le decíamos a los sectores mas afectados en diversas tragedias-. Los vecinos lloran, se aferran a estampitas, vírgenes y santos. Hay fuego en los terrenos baldíos.

Intento entender qué sucedió y qué es eso que se aproxima. Quizás parezca irrisorio, pero en ese momento solo me preocupé por sujetar  a mi perrita entre los brazos porque era la más vulnerable de los dos. El resto de mi familia estaba en distintos puntos de la ciudad: trabajo, colegio, por ahí… Lo de siempre, lo habitual: cada uno en lo suyo.

Escucho a operarios que corren y gritan por la vereda de mi casa. Y vuelven a gritar. Empiezo a imaginarme lo que podría estar pasando. Un estruendo. Hay que escapar de esquirlas, vainas y proyectiles. ¡Rápido! Hay que guarecerse. Justo llegó mi mamá, no entendía nada. Después apareció mi papá. Nos tapamos con la tapia del vecino cuando un segundo estruendo nos hizo entender lo que pasaba.

Este relato es un pequeño fragmento de imágenes duras que marcaron a un adolescente que a sus 15 años vio, por ejemplo, cómo sus padres se debatían entre tratar de salvar lo que habían logrado con el trabajo de toda una vida y al mismo tiempo salvar su existencia.

Escapé con mi mamá y mi papá se quedó a observar, desolado, que lo que había quedado de casa. Es el día de hoy que aquel recuerdo me genera algo de culpa. ¿Por qué nos fuimos solos?

No sabíamos nada del resto: cómo se encontraban el resto de familiares, amigos y conocidos, no solo los propios, sino los de toda una ciudad que estaba en shock. Ese momento llegó con llantos y pequeñas alegrías amparadas en una sensación general de tristeza absoluta.

Finalmente pudimos reunirnos en el restaurante que la familia tenía en la zona céntrica de la ciudad, pero la angustia, la desazón y el miedo marcaron el curso de las próximas horas. Por la tarde, arribaron a la ciudad, una vez que todo parecía controlado, el ex presidente de la Nación Carlos Menem junto al fallecido gobernador de la provincia de Córdoba, Ramón Mestre. Dijeron que lo que sucedió fue un accidente y un hecho desafortunado. El tiempo hizo su trabajo y demostró que no.

Marchas, investigaciones, resoluciones, muertes “dudosas” (General Juan Carlos Andreoli, Coronel Rodolfo Aguilar, Capitán Horacio Estrada, Vicente Bruzza, Francisco Callejas y Lourdes Di Natale). Pasó el tiempo y hubo una sentencia. Otra parte de la causa continúa adelante y recién en abril pasado, 23 años después, se confirmó el procesamiento de Menem.  Pero la Justicia precisó  algo que sólo ahonda nuestro dolor.  La explosión de Fabricaciones Militares de Río Tercero fue intencional y tuvo un objetivo: encubrir el contrabando de armas a Croacia y Ecuador entre los años 1991 y 1995. 

En otro aniversario que tristemente recordamos los riotercerenses y en el que la impunidad sopla una velita más, siento el impulso de evocar a las víctimas inocentes de ese atentado con la certeza de saber que nunca habrá justicia.

En la memoria de Leonardo Solleved, Laura Muñoz, Elena de Quiroga, José Varela, Romina Torres, Aldo Aguirre, Hoder Dalmasso y de todos los que pudimos escaparle a la muerte.



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