Alberto Fernández durante su presentación en el MALBA: allí comento sobre el proceso de transición protagonizado por Cardoso y Lula
Alberto Fernández durante su presentación en el MALBA: allí comento sobre el proceso de transición protagonizado por Cardoso y Lula

¿Fue por alguna razón particular que Alberto Fernández, el favorito en las elecciones de octubre próximo, haya recordado como al pasar la transición en 2002 entre los gobiernos brasileños de Fernando Henrique Cardoso y de Lula da Silva? Ese notable período de la historia reciente de Brasil es relatado por el sociólogo Matias Spektor, en su libro: “18 días: cuando Lula y FHC se unieron para conquistar el apoyo de Bush”.

El candidato más votado en las PASO de agosto último apeló, con esa referencia, a la “cordura” que se impone en momentos de extrema tensión. Como en la Argentina de hoy, también en aquella época el riesgo país de Brasil había trepado a 2400 puntos.

Y como bien recuerda Spektor, los mercados habían lanzado el “Lulómetro” para medir el nivel de desconfianza creciente en quien sería el nuevo presidente brasileño. Desde Washington, el secretario del Tesoro, Paul O´Neill también sumaba presión al contexto internacional: “Lula precisa demostrar que no es un loco”.

El período de dos meses entre la elección de octubre de 2002, que dio la victoria al ex líder sindical, y la asunción de Lula el 1º de enero de 2003, “tenía todos los condimentos para ser turbulenta”, afirma Spektor. Y agrega: “La transición precisaba de guardianes”.

Fernando Henrique Cardoso estuvo en la primera fila. Primero envió a su ministro jefe de gabinete Pedro Parente en una misión a la Casa Blanca. El objetivo era claro: había que dar un contundente aval de su gobierno al presidente electo. Y en simultáneo instruyó a su embajador en Washington, Rubens Barbosa,  para convertir la embajada en un centro de acción política.

Un libro clave para entender esa transición brasileña y como se podría aplicar en la Argentina
Un libro clave para entender esa transición brasileña y como se podría aplicar en la Argentina

Pero tal como afirma el autor, “Fernando Henrique Cardoso no actuó por benevolencia o simpatía personal por Lula”. Primó en él “el cálculo político“.

La supervivencia de su principal legado, el real, dependía de “la aceptación en los mercados internacionales de un gobierno de izquierda”. Lula a su vez “procedió a disciplinar a su tropa”. Envió a José Dirceu, su futuro ministro coordinador, a Estados Unidos y “abrió un canal especial con la embajada norteamericana” en Brasilia, por entonces bajo el mando de Donna Hrinak.

Spektor señala: “Juntos los dos presidentes (Lula y FHC) operaron para controlar la reacción internacional”. Y ambos mantuvieron, en esos días, “el control personal de la iniciativa colocando hombres de confianza e impidiendo que sus subordinados entraran en conflicto”. Es que entre el Partido de la Socialdemocracia de Brasil (PSDB) y el Partido de los Trabajadores (PT) no había paz sino un estado de guerra.

El 29 de octubre 2002, dos días después de las elecciones, Lula se reunió con FHC en el Palacio del Planalto (la casa de gobierno en Brasilia) durante 55 minutos. Ambos sumaron luego a sus colaboradores. Y al finalizar el encuentro ofrecieron una breve conferencia de prensa en la que se mostrarían sonrientes a las cámaras de TV.

Según Spektor, para Estados Unidos el triunfo de Lula podría convertir a Brasil en un socio o, por el contrario, en un problema. Pero Bush se convenció de la necesidad de establecer un canal de comunicación con el presidente electo.

En la visión de Washington, prefería convertir al nuevo gobierno brasileño en un puente para el diálogo con la región. Después de todo, la administración norteamericana contaba con informe de la CIA de comienzos de los 80 donde describían al entonces líder huelguista más como un político que como un gremialista. De él decían: “Es un moderado sin vínculos con la Unión Soviética ni con la guerrilla”.

Y Lula aportó lo suyo para consolidar esa imagen. A partir de 1993, luego del impeachment de Fernando Collor de Mello, el ex dirigente obrero del PT comenzó a reunirse con el establishment. Una práctica que continuaría luego en 2002 cuando se tornó evidente que sería el próximo jefe de Estado brasileño.

En junio de ese año, cuando todo indicaba que la marea lulista iría a arrasar en octubre, el entonces candidato del PT publicó la “Carta al Pueblo Brasileño”. En ella confirmaba su disposición a cumplir con los contratos nacionales e internacionales firmados por el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Advertía que el crecimiento económico de Brasil dependería del respeto a esos contratos. Y prometía mantener la inflación bajo control como un objetivo fundamental para “mantener el poder de consumo de la población”.

Al mismo tiempo garantizaba que su gobierno preservaría el superávit fiscal y evitaría el aumento de la deuda externa.  En lo formal, la misiva estaba dirigida a la población. Pero el mensaje tenía otros destinatarios claves: los empresarios y banqueros de su país.

Celso Amorin y Alberto Ferández cuando fueron a visitar -en la cárcel- al expresidente Lula da Silva
Celso Amorin y Alberto Ferández cuando fueron a visitar -en la cárcel- al expresidente Lula da Silva

Spektor describe el diálogo exacto entre George W. Bush y Lula, ocurrido el 29 de octubre de 2002. El norteamericano felicita entusiasta al presidente electo de Brasil. Y acuerdan encontrarse en Washington antes de la asunción del futuro mandatario.

Esa cita, descripta con todos los detalles en el libro “18 Días”, se habría de concretar el 10 de diciembre. Fue la primera vez que un futuro mandatario sería recibido en la Casa Blanca antes de subir al poder. En el interín, Lula se empeñó en mostrar a la diplomacia estadounidense sus intenciones: “Quiero trabajar con Estados Unidos”, le dijo a la embajadora Hrinak. Y reafirmó: “Mi gobierno no será ideológico”.  Esta le respondió: “Nosotros también queremos trabajar con su gobierno”.

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