(Foto: Reuters)
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La llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil amerita numerosas lecturas que tienen que ver con el poder, la relación de Argentina con el país vecino y con los cambios en el tablero de América Latina.

En primer término, Brasil tiene decisiva importancia en nuestro comercio exterior, gobierno quien gobierne en Planalto. Es nuestro principal cliente, es el máximo representante de un intercambio comercial decisivo para eldesarrollo de la Argentina. Ergo: se hizo mal en no enviar una delegación importante para rendir honores cuando al brasileño le ponían la banda presidencial. Modales y protocolos son relevantes, guste o no. 

La Casa Rosada entiende que todo se reparará en estos tiempos de vacaciones con el encuentro que tendrán los Jefes de Estado de las dos naciones en el transcurso de enero. Veremos que se consigue como principales integrantes del Mercosur y como negociadores -cada uno según su interés- con otros mercados.

En segundo término, más allá de la inquietud que se sembró en la Argentina, las condiciones que llevaron al poder a Bolsonaro son distintas de las circunstancias políticas en nuestro país. Bolsonaro se impuso prometiendo órden y gatillo fácil para la policía y militares, pero basándose esencialmente en su alianza con la Justicia y las Fuerzas Armadas. En la Argentina, las Fuerzas Armadas han sido transformadas en muñecos de trapo, subestimadas por mucho tiempo, y la Justicia no tiene el mejor funcionamiento. Con relación a la corrupción, se ve a un puñado de jueces lidiar con los tiempos de códigos y reglamentaciones y haciendo su tarea en bastante soledad. Y están los otros, cruzados de brazos, esperando una convocatoria que a lo mejor en el fondo no desean.

Los kirchneristas se quejan que las decisiones judiciales las toma Macri, incluso con espíritu de venganza, pero los jueces insisten en que actúan con total independencia de criterio y movimiento. Lo segundo es lo más sentado para reflexionar. En Brasil, la Justicia no se sintió sóla. Hizo sentar en el banquillo de los acusados a los principales figurones del empresariado y del PT sin contar con otra cosa que con el asentimiento masivo de la población. Las  reiteradas manifestaciones contra la corrupción fueron, para esa Justicia un alivio, porque por momentos parecía luchar contra molinos de viento. Sin esos respaldos multitudinarios, otros hubieran sido los resultados.

Bolsonaro aparece, luminoso, desde el anonimato de ser un desconocido en la política a prometer un cambio drástico. Esa cambio no se refería exclusivamente a la economía -en caída precipitada- sino en el sistema político resquebrajado. Porque todos los partidos políticos, la mayoría de los congresistas (no todos por supuesto) militaban en el “enroque”, en el dinero fácil, en la corrupción. Por eso Bolsonaro se subió a caballo del enojo contra las exacciones, aunque de paso habló mal de muchos resortes que hacen a un gobierno democrático.

En conclusión, en este punto, no hay lugar para un Bolsonaro en Balcarce 50. Aunque en la historia todo cambia, todo vuelve, o todo desaparece. Desde los comienzos de la humanidad. Nada hay que dar por definitivo.

Hasta ahora, antes de llegar a Brasilia, Bolsonaro se ha inclinado por volcar sus preferencias en los gobiernos nacionalistas y, en algunos casos xenófobos. Alabó a Piñera, de Chile, sólo porque allí, desde una gestión de derecha, se mantiene una relación cordial con las Fuerzas Armadas. Admira a Donald Trump, ha recibido al primer ministro israelí Natanhayu y, desde Europa, dió y recibió amores de una Italia endeudada y antiinmigrante y una Hungría con un gobierno autócrata que rechaza los paradigmas del Mercado Común Europeo. (El paso de Netanhayu tuvo más bien una orientación económica. Porque Israel puede brindar a Brasil la tecnología pacífica y bélica que el país latinoamericano necesita para ponerse “al día”).

Era lógico que, como Bolsonaro admirara en plana campaña y brindara alabanzas a la dictadura militar, se rodeara de militares en Planalto. Así lo hizo. También efectuó la misma maniobra con la Justicia. Y lo sorprendente en que no lo llevó adelante por capricho personal. El 75 por ciento de los brasileños, según las encuestas, lo apoya en cada decisión, en cada cambio que sugiere o le apetece. No es cualquier número. Es un arranque envidiable.

La gran pregunta que muchos se hacen fuera de Brasil es si Bolsonaro permanecerá en sus posiciones extremas o irá suavizando su discurso y sus acciones. Es muy probable que aliviar  su acción explosiva  le llevará tiempo. No está dispuesto a que  se lo mire como un débil.

 



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