La escena sucedió en el área de neonatología de un sanatorio porteño. En una sala estaba Giovanna, que había pesado 880 gramos al nacer y ahora estaba intubada por culpa de una bacteria. En otra, la sala de cuidados intensivos, estaba su hermano mellizo, que había pesado 660 gramos, que ya había sobrevivido a varios paros cardiorrespiratorios y ahora luchaba contra una alteración en la función del hígado. Elizabeth, la mamá de los mellizos, recuerda la escena y llora del otro lado del teléfono: “Ese día tuve miedo de perderlos a los dos”, dice.

Elizabeth Rodríguez tiene 43 años y es peluquera. Vive en Chivilcoy con Pablo Mondello, su marido, que tiene 36 y dirige un grupo de pintores y revestidores. Se conocieron en 2007, cuando los dos acababan de separarse y luego de haber jurado no volver a “engancharse” con nadie: “A los tres meses nos fuimos a vivir juntos”, se ríe ella. Pablo ya tenía un hijo, Elizabeth no había podido.

“Cuando tenía 27 años empecé con unos dolores terribles. Me desmayaba del dolor. Me diagnosticaron endometriosis y me operaron tres veces. Lo que recuerdo es la explicación: como la enfermedad atacaba a mis ovarios, yo no fabricaba óvulos buenos”, cuenta a Infobae.

El deseo de ser padres se instaló incluso antes de casarse. Hicieron tres fertilizaciones asistidas y ninguna funcionó. En 2010 pasaron a la “alta complejidad” e hicieron una fertilización in vitro. “Todavía no existía la ley de fertilidad y había que pagar todo. Vendimos el auto, dejamos de irnos de vacaciones, mi marido se había comprado una batería y también la vendió”. Pero el tratamiento tampoco funcionó y Elizabeth se derrumbó: “Nos fuimos de viaje a Entre Ríos y allá empecé a tener ataques de pánico”.

El pánico los obligó a poner en pausa la decisión de avanzar durante más de un año. En 2015, cuando volvieron a empezar, ya existía la ley que establece que obras sociales y prepagas deben cubrir hasta tres tratamientos de alta complejidad. Hicieron otro intento pero arrancó sin esperanza, porque sólo habían podido extraerle un óvulo. “Volvió a fracasar. Yo ya tenía casi 40 años, tampoco me sobraba el tiempo”.

En 2016 lograron cuatro embriones y le transfirieron dos. Quedó embarazada pero tuvo un aborto espontáneo en su casa: “Se me cayó el mundo otra vez. Pero después pensé: ‘Quedan dos, por algo quedan dos'”. Era el último de los tres intentos que cubría la ley: si no funcionaba, la única opción era presentar un amparo y rogar que la Justicia los apoyara.

Fue una fiesta el baño de su casa cuando vieron las líneas en el test. Fue otra fiesta mientras le hacían la ecografía y les dijeron que eran mellizos. “Para mí era un sueño, no lo podía creer. Al día de hoy los miro y sigo sintiendo lo mismo, no lo puedo creer”, sigue. El embarazo arrancó bien pero, cuando iba por el cuarto mes de gestación, Elizabeth empezó a tener presión alta.

Iba por el quinto mes cuando le diagnosticaron una preeclampsia severa (presión arterial alta durante el embarazo) y la internaron en terapia intensiva. Luccio, el varón, había dejado de crecer. El 5 de abril de 2017- a las 25 semanas de gestación- decidieron no esperar más: había que hacerlos nacer.

“El doctor me dijo: ‘Tenemos que tratar de salvar a Luccio‘”. El varón nació primero, Giovanna dos minutos después: “Eran prematuros extremos, entre los dos pesaban 1 kilo y medio“. Elizabeth no había tomado dimensión completa del riesgo: “Lo entendí después, cuando el médico me dijo: ‘Estoy feliz porque están vivos los 3′”. Recién ahí supo que ella había estado al borde de un síndrome llamado “Hellp”, por lo que había estado en peligro también su vida.

Durante los primeros 10 días, los mellizos estuvieron en lo que se conoce como “luna de miel”. “Yo no caía, pensaba: ‘En un mes me los llevo'”. Mientras Giovanna seguía mejorando, Luccio empezó a empeorar. No podía orinar, “se hinchaba como una pelota” y, a las dos semanas de vida (cuando había bajado de peso y rondaba los 450 gramos), tuvieron que operarlo para cerrarle el ductus, una abertura entre dos vasos sanguíneos que se conectan con el corazón.

Luccio tenía 40 días cuando su mamá pudo alzarlo por primera vez. Siguiendo el “método madre canguro”, se lo pusieron en el pecho para que tuviera contacto piel con piel y sintiera sus latidos. “Entraba en una mano. Enseguida empezó a respirar mejor”. Pero pocos días después, Luccio tuvo colestasis (una alteración en la función del hígado). Siguieron 40 días con morfina. Le hicieron siete transfusiones sanguíneas.

“Cuando le sacaron la morfina empezó con la abstinencia. Lloraba sin parar y se agotaba tanto que entraba en paro”. Fueron cinco paros cardiorrespiratorios, tres de noche, mientras sus padres no estaban; dos de día, mientras rogaban en un pasillo que pudieran reanimarlo.
“Me arrodillaba en el baño de la neo y decía: ‘Dios mío, vos me lo diste, no me lo saques ahora'”. Fue una de las enfermeras de la neo quien le dijo: “Quedate tranquila que va a salir adelante, tu hijo es un león”.

“A medida que él mejoraba lo acercaban a su hermanita. La enfermera me dijo: ‘Haceme caso: cuando le den el alta a la nena llevátela, vas a ver que Luccio la va a extrañar y va a mejorar”. El 19 de junio de 2017 -dos meses y dos semanas después de haber nacido- Giovanna tuvo el alta. Esa misma tarde Luccio mejoró: le sacaron el tubo y le pusieron una asistencia respiratoria mucho más suave.

Recién ahí pudieron operarlo de los ojos (tenía retinopatía del prematuro) y de una hernia inguinal. Por aquel comentario es que ahora su hijo tiene segundo nombre: Luccio León.

“No podíamos volver a Chivilcoy así que nos alquilamos algo cerca del sanatorio. Los dos trabajámos por cuenta propia así que los ahorros se habían esfumado. Pudimos alquilar con ayuda de amigos que hicieron rifas y un baile a beneficio”, agradece Elizabeth.

El 19 de agosto de 2017 -cuatro meses y medio después de su nacimiento-, a Luccio le dieron el alta. “El cardiólogo me dijo: ‘No tiene secuelas, es lo que llamamos ‘un bebé milagro'”. Elizabeth lo repite y se emociona. De fondo se escuchan las voces de sus hijos que ya comen solos, que hablan al mismo tiempo y están dando sus primeros pasos. Después tiene que cortar. En el hospital de Chivilcoy están celebrando la semana del prematuro y a ellos –hermanos y sobrevivientes– los esperan con una fiesta.

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