La conferencia de prensa del ministro de Hacienda, Hernán Lacunza (Gustavo Gavotti)
La conferencia de prensa del ministro de Hacienda, Hernán Lacunza (Gustavo Gavotti)

“La política va a tener que resolver lo que la política genera”. La frase, en boca de un experimentado legislador oficialista, refiere al paquete anunciado ayer para tratar de contener el dólar y a la parte que le toca al Congreso. Pero no sólo eso. El legislador tiene una posición crítica frente a la propia gestión y trata de hacer equilibrio entre su malestar con Alberto Fernández y la necesidad de no dinamitar más el tablero político. Una manera de asumir que la incertidumbre no es un tema individual y ajeno, y también de asimilar que los mercados le están marcando la cancha al Gobierno y al posible sucesor.

Esta semana mostró dos elementos fuertes en medio de una crisis con escasos alivios y extensas angustias. El primero fue el quiebre de la muy precaria tregua surgida de los diálogos entre Mauricio Macri y Aníbal Fernández, y forzada por el impacto inicial de la potente derrota oficialista en las PASO. El segundo la presentación hecha en la tarde de ayer por Hernán Lacunza, un paquete mínimo de absoluta coyuntura pero al menos articulado para enfrentar el delicado e inestable tránsito hacia octubre. Una señal tenue frente a los reclamos del candidato ganador de las primarias, que en principio sólo dejaba trascender cautela a la espera de la reacción de los mercados. Después se verá: la mirada está puesta en el plano político-electoral y en el cálculo diario sobre las reservas del Banco Central.

El conjunto de medidas -la renegociación con el Fondo y la intención de armar un colchón que le permita al Banco Central dar pelea en el día a día con el dólar- implicaría para el Gobierno admitir la profundidad de la incertidumbre y también las consecuencias de la dura declaración difundida por Alberto Fernández apenas finalizado su encuentro con el FMI, interpretada como una barrera o advertencia al desembolso sobre el desembolso de 5.400 millones de dólares pendiente. Eso, rodeado además por las versiones hechas circular sobre vacío de poder y adelanto de elecciones.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

El Gobierno parece haber terminado de entender que su margen de maniobra quedó definido en diferentes dimensiones por la caída electoral: las consecuencias –más allá del reparto de culpas, muchas propias y de arrastre- le imponen actuar mediante negociaciones o en solitario. Y lo debe hacer en un paño donde juega como pieza central Alberto Fernández: cada gesto suyo es leído con detenimiento y en espejo genera reacciones en el mundo económico y financiero.

Nada es absolutamente nuevo. Remite a un círculo repetido, con discusiones posibles sobre sus orígenes –y el orden, si fue político o económico- pero que expresa de manera vertiginosa los costos de las debilidades: si el ritmo lo marca el dólar –como referencia, pero con densa combinación de mercados locales y externos- y la política no da respuesta, finalmente el ritmo se transforma en imposición.

Los primeros dos días que siguieron a las PASO asomaron como reflejos que únicamente podían potenciar el cuadro de alteración y espasmo financiero. Macri aparecía en una conferencia increíble, patética. Y Fernández lucía como si el problema fuera ajeno, oscilando en un juego que alternaría papel de “apenas candidato” y gestos de “virtual presidente electo”. La conversación telefónica posterior, producto y a la vez señal de la existencia de canales de diálogo razonables, dio un respiro. No obstante, se dijo entonces, este sería de una constitución débil si no era continuado en el tiempo con un tejido algo más sólido.

El anuncio de Lacunza y el mensaje del Banco Central, además de la apertura de una renegociación con el Fondo, vuelve a exponer ahora la enorme carga que le corresponde al Gobierno y a la vez involucra en todo sentido a Alberto Fernández. Si octubre repite de mínima el resultado de las primarias, se encontraría con un desafío enorme: las medidas anunciadas ayer son de muy corto plazo, aún si todo va bien. Antes, además, el proyecto de ley para el rubro de los bonos locales demandará una definición del Frente de Todos, es decir, de su hasta ahora fraccionada expresión en bloques legislativos.

Las horas que están corriendo son sin dudas dramáticas. Y vienen marcadas por un recrudecimiento de recelos y reproches. En el oficialismo señalan el –previsible- efecto conmocionante del documento de Alberto Fernández luego de la cita con el Fondo. También a las versiones que lo acompañaron y otros gestos inquietantes. En la otra vereda, son tomadas como señales de combate el uso de reservas del Banco Central, el aval presidencial a las cargas de Elisa Carrió y hasta las manifestaciones del sábado en Plaza de Mayo y varias provincias, adjudicándole al oficialismo una capacidad de organización de la que carece.

Hay, en el medio, especulaciones más bien oscuras y de escaso rigor sobre experiencias críticas y hasta trágicas de estas décadas de democracia. Las alusiones a 1989 y al 2001 son las más inquietantes. Podría discutirse la calificación excluyente de golpe de mercado para resumir la salida anticipada de Raúl Alfonsín, pero parece claro que las convulsiones económicas de entonces fueron un mensaje dirigido también a Carlos Menem, asimilado como programa en el giro de su gestión. La tragedia de 2001 destartaló hasta hoy al sistema político y consumió además a Eduardo Duhalde y sus primeros ministros. La historia de estos días es otra y tiene una ventaja: se está escribiendo. No es una chance menor para sus protagonistas.

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