Su música la llevó a que su nombre se haga famoso. Es conocida como “La Reina de la cumbia” y la única que tiene la bendición de Leo Matioli. Logró mucho más de lo que se imaginaba. Dalila viene de una familia muy humilde, donde se hacían sandwiches de tomate porque no había dinero para comer otra cosa. Trabajo durante un tiempo como cajera en un supermercado hasta que un día la música le tocó la puerta. De ahí en adelante todo cambió. Su estilo de vida, su relación con los hombres, el trato con su familia y, sobre todo, su personalidad.

Esta es su historia. Conocela

—¿Te gustan que te hagan notas?

—Me gusta, el cholulaje no tanto porque tiendo a meterme en quilombos. No tengo un filtro para hablar, entonces si vos me preguntás qué pienso de tal persona, te lo digo como lo pienso. Me parece innecesario el tener que fingir todo el tiempo un personaje.  Gastás energía, gastás pila. Después te tenés que acordar si mentiste o  no mentiste, qué dijiste. Me parece una boludez. Entonces seamos como somos.

—¿Te costó caro ser así?

—Y sí. Me costó caro en el sentido de que me he distanciado de algunas personas, y cuando digo algunas personas hablo inclusive hasta de amigas, pero si soy tu amiga creo que tengo la obligación de decirte la verdad. Me parece que es hasta lo más sencillo, por ejemplo decirte: “No boluda, ese pantalón te queda horrible, no te lo pongas”, que dejarte que te pongas lo que quieras, te quede mal y todo el mundo te mire, porque vivimos en una sociedad donde lo primero entra por los ojos. Entonces no, prefiero decirte “Che negra, no, me parece eso que te pusiste, el pantalón, la remera, o lo que fuera. Y para conmigo espero lo mismo. Y cuando por ahí no hay una amiga se lo pregunto a mis hijos varones. Sobre todo porque el hombre va a saber decírtelo mejor que la mujer. Aunque tenga un hijo mayor es capaz de decirme “la remera un poquito más arriba” (risas).

—¿Te sentiste muchas veces envidiada?

—Sí, con éste trabajo me he alejado de mucha gente. Cuando me compré mi primera casa, por ejemplo, en ese entonces mis viejos estaban vivos, y lo primero que hice fue hacer un asado e invitar a todos, mis viejos, mis hermanos (en ese momento éramos siete hermanos, ya fallecieron tres varones), los amigos de mis hijos… 20, ponele. Y que venga un hermano, que ahora ya no está más, y me diga, por ejemplo, “¿vos nos trajiste para mostrarnos a nosotros tu crecimiento económico y para refregárnoslo en la cara?”.  “Escuchame una cosa, pedazo de… (No lo puedo decir). O sea yo te invité de onda, para que sepas. Y aparte de última lo que vos decís me chupa un huevo, acá en realidad lo que me interesa es que mami y papi vean que yo pude progresar sola, con mis hijos, sin herencia y que sin ningún macho me mantenga ¿entendés? Pasa por ahí. De acá en más vos tomalo como quieras”. Me peleé.

— ¿Cómo era tu familia?

—Vengo de una familia humilde, mi vieja era cocinera, mi papá limpiaba toldos y vidrios, hacía la limpieza en los locales en Rosario. Éramos siete hermanos, o sea que éramos muchos. Y bueno, obviamente con el sueldito de ellos nos teníamos que arreglar. No teníamos gas natural, no existía en esa casa, que era una casa antigua. Entonces era o la garrafa de 10 kilos o la comida. Y bueno, comíamos sandwichitos de tomate perita, que hoy está carísimo. Sé lo que es comer un sandwichito de tomate y no me da vergüenza decirlo, sé lo que es a veces tener que tomar el mate cocido porque es lo que hay. Entonces por eso a veces les digo a mis hijos que ellos tienen que aprender a valorar las cosas, más que nada por sus propios esfuerzos, porque yo todo lo que tengo lo valoro, lo cuido, porque me costó un montón. Tuve la suerte de que Dios me regaló el don éste, de que mi viejos, la mejor herencia que me dejaron, fue la materia prima acá ¿entendés?.

¿Cómo te cambió el dinero en tu personalidad?

—La casa, el auto, mandar a los chicos a colegios privados con chófer para que no estén solos, para que siempre me los controlen… Recién ahora estoy empezando a sacar la ante posición de los demás. Porque hasta no hace mucho tuve unos problemitas de salud, y ahí te das cuenta que las personas que realmente tenés a tu lado son contadas con los dedos de una mano. En realidad la peor situación fue la de mi hijo, donde muchas de esas personas ni siquiera han ido al hospital, y como yo soy como los perros, tengo mucha memoria. Si me pegaste una patada, de acá a un año te voy a cruzar y me voy a acordar que me pegaste una patada, así que lo voy a pensar 20 veces antes de acercarme a vos. El respeto no se pierde porque eso mis viejos me lo enseñaron. Decir “buenas tardes, buenas noches, chau, hasta luego”… y eso no significa que tenga que quererte.

—Y darte cuenta de eso, ¿cómo te hizo sentir?

—Estafada sería la palabra. Creer en alguien que era tu amiga y, en el peor momento de tu vida, no estuvo con vos ni para tomar un mate… Entonces empezás a seleccionar con quién juntarte y con quién realmente gastar tu energía. Mirás alrededor y decís “qué loco”, porque tenés tanta gente a la que llegás en el teatro y sentís el calor, ese afecto, ese cariño, todo el esfuerzo que hace esa gente para poder pagar una entrada. Entonces hice mucho tiempo terapia… y me empecé a autoconvencer… Para… ¿y lo que yo tengo ganas de hacer, ¿cuándo lo voy a hacer?

—¿Cuánto tiempo de terapia te llevó eso?

— Casi ocho años. Viste que la cabeza, lo que no procesaste durante 40 años, un día te levantás y algo te hizo un click. Y decís “no tengo ganas de recibir a determinada gente en mi casa”. Y decírselo. “¿Por qué?” me van a preguntar. “Porque necesito estar bien y necesito estar solar, y no estoy en mi mejor momento”. Si les gusta perfecto, y si no les gusta también está perfecto. Pero hoy tengo ganas de hacer lo que yo tengo ganas de hacer. Y lo que el resto tenga ganas de hacer, que lo siga haciendo como lo hicieron siempre.

—Y fue como una mochila que te sacaste ¿no?

—De muchas cosas. Me llevó años de terapia para poder exteriorizarlas. Nunca me imaginé que lo que le pasó a mi hijo se iba a empezar a exteriorizar en mi cuerpo…

—Tu hijo tuvo una enfermedad, quizás mucha gente no lo sabe…

— Sí, tuvo leucemia aguda, que sería cáncer en la sangre. Entró con un 80%, o sea que estaba muy tomado, pero no se sospechaba porque él es un chico que no fuma, no toma, le gusta el deporte, hacía natación, andaba en bicicleta, se levantaba temprano. Y en una fracción de segundo el mundo te da vuelta 180 grados y a la cabeza le cuesta procesar lo que te están diciendo, hasta que lo procesas. En ese momento yo  quería ahorcar a la médica, la quería matar.

—Por cómo alguien tan joven puede tener semejante enfermedad…

—Claro, decís “acá hay un error” ¿me entendés? Y te preguntás diez millones de por qué. Como él también en su momento se preguntó los por qué. Pero a la vez él es tan inteligente que también se respondió a sí mismo: “¿y por qué no, si humanos somos todos?”. Y bueno, toda la energía que tuve la deposité en el momento de él, para él, para lo que él quisiera. Y obviamente mi hijo, el mayor, también obviamente la estaba pasando muy mal, porque siempre fueron muy unidos, muy compañeros, hicieron todo el colegio juntos. Y hoy cada vez que se ven en el trabajo, el mayor que es muy cargoso con él, lo toca, le agarra la oreja, y el otro le dice “dejame tranquilo”.

—¿Que hacías en esos momentos difíciles?

—No podía tranquilizar la mente, no había forma. Pero contarlo tampoco me servía, porque la solución no estaba en ninguno de nosotros. Tampoco como mamá tenés muchos derechos cuando uno de tus hijos se te enferma, y encima son los únicos dos, porque el que está enfermo te necesita parada, como me dijo él, “Más que nunca parada”. Y el mayor también. Y cuando el mayor llegaba al dormitorio y veía la cama del hermano vacía era terrible. Entonces no era momento para llorar. Y al llegar al hospital, tampoco era momento para llorar. Así que solía parar el auto de vez en cuando por ahí sola, me iba al río, o me quedaba en el parque dentro del auto sentada hasta, que se me pasara, y volvía.

—Qué duro habrá sido…

—Sí, no se lo deseo a nadie, ni a mí peor enemigo. Porque yo creo que te puede faltar cualquier cosa en la vida, menos un hijo. Un hijo no se cambia, no se reemplaza. No importa cuántos hijos tengas, son amores diferentes. Los amo a los dos, pero son diferentes, no son la misma persona, entonces son dos amores diferentes, con la misma intensidad pero de forma diferente. Porque uno es más responsable y el otro es más ‘bandoneón’. Porque a uno le gusta la ‘birra’ y el otro le gusta el vino blanco de vez en cuando. Porque uno fuma y al otro le molesta el cigarrillo ¿me entendés? Y cosas así. Entonces al ser personas diferentes los sentimientos son diferentes. Lo que no cambia es la intensidad, de lo que soy capaz. Y por ellos no te puedo decir “soy capaz de todo”, directamente te digo “no sé de lo que soy capaz”.

—¿Como cambió tu vida a partir de ese momento?

—Tantas cosas… Primero la más importante, que en la vida se reemplaza todo menos un hijo. Se reemplaza un hombre, se puede reemplazar un amigo, un trabajo, una carrera, no sé, la ropa, la casa, el perro, y hasta los papás, porque cuando no están quizás los encontrás en tus tíos, no sé, en abuelos, en parientes. Pero un hijo no, porque es tu elección, es quien vos elegís darle la vida y traerlo al mundo. Es tú elección ¿entendés? O sea, yo no elegí a mi mamá, a mi papá, a mis hermanos, mis primeros, qué sé yo, toda la parentela. El bebé está en la panza y la decisión es tuya, si lo querés tener al lado tuyo para el resto de tu vida.

—¿Qué edad tenías cuando tuviste a tus hijos?

— 18 y 19 porque se llevan un año y un mes.Y no sabía qué carajo iba a hacer. Porque era pendeja, mi marido también era chico, estaba laburando de cadete de tintorería.

—¿Habías terminado el colegio?

—Hice todo rápido, terminé el colegio, me embaracé, me embaracé del segundo a los seis meses. Porque antes no te hablaban las madres, no es como ahora que te explican todo, que te ponen el globito en la cartera. Mi vieja me pegó una patada en el culo, me sacó cagando . Supuestamente mientras que vos le das de mamar no menstruas. Y bueno, yo convencida de eso dije bueno, no menstruo porque estoy embarazada. O sea con mi marido no teníamos nada, estábamos arrancando. Y el mayor abrió los ojos, me lo pusieron en los brazos y el mundo se terminó, no hay más hombres.

—¿Y duraron mucho tiempo después con ese marido?

—7 años. No me volví a casar. No tengo en mis planes casarme, ya está, a esta altura no. Por ahí lo haría para hacer la fiesta, la joda ¿viste? La bendición de pareja, me visto de blanco, fingimos que nos casamos y…

— Tampoco debe ser fácil quizás para un hombre estar en pareja con vos

— Ese es el punto (los celos). Porque uno me miró mucho, porque te hacés la boluda y te das cuenta de la situación. Bueno, qué querés que le diga, “¿no me mirés?” “¿No me hablés?” De última problema del vago.

—¿Te celaban mucho cuando estabas en pareja?

—Sí, sí me celaban mucho. Y como yo soy así, como que encima si pego onda me pongo a hablar y me cago de risa ¿viste? Y me han tocado así bastantes boludos donde te dicen “¿Es necesario que seas tan simpática?” O llegar a un hotel y que te digan “no entiendo, estamos en el hotel, me estoy registrando, estoy con mi tarjeta y por qué te atienden solamente a vos”… “Quizás debe ser porque vos los tratás como parking y ellos son personas. Y vos quizás como tenés plata no tenés idea quizás de lo que hizo ese chico para venir hasta acá a trabajar. Quizás se toma un subte, un colectivo, o dos, no sé”, respondía yo.

—¿Te cuesta apostar de nuevo al amor?

—Obvio que sí. De hecho hoy por hoy es bastante complicado que yo mueva un pelo por alguien. Hay alguien, que voy a aprovechar a ver en mis vacaciones, pero mientras estoy trabajando, con mis hijos, no.

—¿Sufriste violencia de género, cosas así con alguna pareja que hayas vivido?

— Sí, tampoco a él le fue muy bien. Por ejemplo uno arrancó a los gritos. No sé cómo es el tema éste porque no lo permito. Uno arrancó gritándome por cualquier cosa. La segunda fue encontrarlo revisando mi teléfono, encima se lo dejé al lado, y me preguntó, por un boludo que me invitó a cenar, dije: “¿Vos viste qué le contesté?” Dice: “Pero vos por qué no me dijiste que te invitó a cenar”. Esas discusiones pelotudas. Vos estás buscando discutir, o sea vos buscas discutir. Y yo si realmente tuviera algo que esconder, ¿te hubiese dejado el teléfono en la mesita de luz, sin contraseña? No seas tan iluso. O sos muy boludo, muy iluso, o estás buscando excusas y no tenés huevos para hablar. Cuestión que terminamos discutiendo, me dio el teléfono contra la pared, me lo rompió todo (risas). Y automáticamente mientras que él seguía, no quería que yo agarre el teléfono y le dio contra la pared. Cuando lo fui a agarrar, me lo sacó y se puso a pisarlo. Salí de la habitación del hotel y me fui a la mierda. Pedí en recepción que lo vayan a sacar. Yo te puedo querer un montón, de ahí en más que yo permita que vos me pegues no. No te quiero tanto como para permitir eso. No permito que otra persona me agreda. En realidad a nadie, no me gusta. Y menos la agresión física. Encima yo tampoco tengo un carácter… ya te dije, medio que terminaríamos mal. Entonces prefiero irme. En este caso me fui, avisé en recepción para que lo fueran a sacar. Obviamente lo sacaron. No lo volví a ver más. Y después alguna otra situación. Sí, hace muy poquito.

—¿Otra más?

—Una situación un poco incómoda, no voy a dar todos los detalles porque me haría muy mal, pero sí, alguien me agarró del cuello y obviamente le di un codazo.

—¿Te agarró del cuello?

—Sí, cuando estaba de espaldas. Le di un codazo. Le dije: “Qué haces tarado”, “No, no… te juro que no me di cuenta”, me dijo. Para él era una demostración de afecto. O sea, yo no sé cómo trabaja la psiquis humana, pero queda muy claro que hay mujeres que creen que un hombre que te golpea es por cariño, que te ama. Tampoco puedo entender que haya hombres que crean que por tener una actitud agresiva es porque “ay, sentí mucha pasión y no me di cuenta”. No, creo que tenés que ir al psicólogo. Lastimando y espantando, qué ganas te quedan de volver.

—El tema del dinero también, es algo recurrente

—Por eso te digo, es todo. El hombre hoy por hoy compite con la mujer en todos los aspectos, profesionalmente, económicamente. Y ahí es donde no tendrían que hacerlo, porque si yo lo hago, lo hago porque lo siento. O sea, a mí un plato de comida no me hace ni más rica ni más pobre. “Y, pero a mí no me gusta que me invites”. ¿Por qué no te puedo invitar a cenar yo? ¿Porque vos sos hombre? O porque de pronto, no sé, sos cajero, empleado de un supermercado. No importa, lo importante es que trabajes. No importa de qué. A mí me gusta la gente que trabaja, sin importarme cuál es su carrera ¿entendés?.

— ¿Sentis que sigue el machismo muy presente?

—Sí, el machismo sigue. Es que éste es un país machista. Aunque en los Estados Unidos también suele pasar que, por ejemplo, muy buenas artistas femeninas, ya sea actriz o cantante, tengan menos sueldo que un actor o que un cantante. ¿Por qué? Por el simple hecho de ser mujer. Allá directamente no le dan el aumento, acá por suerte nos lo dan.

—¿En el ambiente de la cumbia lo notas mucho?

—Sí, es un ambiente muy difícil. Y lo veo en las chicas, montones de colegas que se esmeran, que sufren, que la reman. Pero bueno, no sé cómo se manejarán, no sé cómo es su carácter. Sí sé que tengo un lema de vida, un lema de pensamiento desde que nací y es: “no nací para que nadie me pise la cabeza”. Y eso debería pensarlo todo el mundo, sin importar lo que sea. Ni lo que hagas ni de qué trabajes, nadie tiene derecho a pisarte la cabeza ni a faltarte el respeto. Dentro de eso podemos hablar cualquier cosa.

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