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A Juan Carlos Dante “Canca” Gullo lo conocí por comentarios de mi vieja en los ’70. Todos eran amables, a veces rayanos con cierta cosa crédula o naif que le endilgaban; en medio de una época, donde los fierros, la soberbia y las delaciones fueron moneda corriente.

Sin embargo, siempre se lo ubicaba en un sitial aparte. Simpático, entrador, todos hablaban de él por su apodo “Canca”, con una familiaridad poco habitual para los que anduvieron en organizaciones de superficie, enlodadas con la guerrilla, y mucho más si se trataba de Montoneros.

Cuando salió de la cárcel ya gobernaba Raúl Alfonsín. El secreto a voces era que se había salvado de la muerte segura o la desaparición porque estaba “blanqueado” (término habitual de aquella jerga discursiva). En definitiva, el gobierno peronista de Isabel y el lopezreguismo que lo detuvo y puso a disposición del Poder Ejecutivo había sido su garantía de vida. Espantoso y real a la vez. No corrieron la misma suerte su mamá y su hermano, que cayeron en tiempos ya de dictadura militar.

Pero volvamos a la primavera alfonsinista. Cuando salió no era encontrarlo en una Unidad Básica de la calle Venezuela, entre Luis Sáenz Peña y Virrey Cevallos, una casona vieja. Ahí funcionaba Intransigencia y Movilización Peronista, un espacio interno de escasa incidencia en el peronismo donde se cobijaba a todo lo que había sido la Tendencia; ex montos, ex integrantes del fallido Partido Peronista Auténtico, sumado al clan Saadi, que funcionaba de “mecenas”. Punto para IMP con ojos de 2019: había dos mujeres como protagonistas, Nilda Garré y Susana Valle (la hija del general Valle).

Y ahora entro yo. En el ’84 era un adolescente de militancia activa en la Franja Morada de mi escuela normal. Colegio politizado, como tantos otros en aquellos años. Allí había chicos desarrollistas, comunistas, peronistas, ucedeístas y naturalmente, radicales… Habíamos conformado el Centro de Estudiantes, el CESMA, y entre todos los que trabajábamos a diario en él resolvimos ir a verlo. Es bueno entender esto: acababa de salir de la cárcel, y todos queríamos verlo.

Hacía allí fuimos, éramos cuatro o cinco. Larga charla en la planta alta, un escritorio enorme, un día de sol cálido, grabador encendido y un discurso extensísimo de él. Después fue un ida y vuelta de preguntas y respuestas. Tenía una mirada muy apasionada de la vuelta a la democracia y bastante edulcorada de Alfonsín; al menos, para lo que era la media del peronismo, que aún no había digerido el polvo de la derrota -por primera vez- en la presidencial.

No eran años de selfie ni de cámaras de fotos, tampoco el militante era un groupie del poder o de la dirigencia. Había mucho de insolencia, mixturada con horizontalidad.

Los años y las casualidades me hicieron cruzarlo en decenas de oportunidades, en ámbitos mucho más mundanos.

A diferencia de la cotidianeidad empobrecedora de la grieta, se detenía a hablar con todos. A tal extremo que, ya entrados los ’80, se lo acusaba de alfonsinista. En los ’90 lo quisieron demonizar mimetizado en el menemismo. Sin embargo, mientras muchos no sacaron los pies del plato del PJ, él fue con Carrió. Era los primerso tiempos de este nuevo siglo y las parlamentarias que preanunciaron el “Que se vayan todos”.

Solía cruzarlo en los baños turcos de Colmegna; siempre preguntaba inquieto por la suerte del radicalismo. Algún buen amigo radical me puteaba porque decía que cargaba muertes en su haber y que eso no se perdona.
Con los años llegó el kirchnerismo que reescribió el pasado y terminó destratándolo en sus experiencias legislativas. Tuvo hasta algunas escenas de pugilato, hoy recordadas en los pasillos. Le pasó lo que a otro de los que se fue hace poco, Esteban “El Bebe” Righi, la soberbia del neocamporismo les pasaba factura. Justo a ellos, que habían sido protagonistas de aquella corta primavera.

En ese tiempo, lo cruzaba en la mesa de una trdicional parrilla que estaba en la calle Ortiz de Ocampo, a metros de la avenida Las Heras. Se acercaba siempre a saludar a una mesa llena de comensales abogados, todos elllos con un cero imperturbable en su “peronometraje”.

Siempre del diálogo, la risa y la buena mesa, bien regada. No se fue solo un peronista o un militante de los ’70. Siento que también, con él, se fue un porteño de vieja estirpe



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