Hace 4 años fallecía el economista Gary Becker, premio Nobel 1992. Y hace 50 nos dejaba una contribución más que preciada a los criminólogos, su obra Crime and Punishment, an Economic Approach, de 1968.

Rara vez hasta esa fecha alguien de profesión economista se introdujera en la cuestión criminal. Desde aproximadamente 1920, sociólogos y psiquiatras de disputaban las causas del delito. Para mitad del siglo XX ya vendrían los primeros departamentos de Criminología universitarios con su multicausalidad teórica, pero Becker, en la tumultuosa Estados Unidos de los 60 y 70, no se sentaría pasivo a ver cómo el crimen aumentaba mientras sus estudiosos solo lo relataban. Por ello era reconocido como el economista social, el de las cosas palpables.

Hasta allí, el crimen era entendido y estudiado con preeminencia de causas sociales y culturales. Claro, estos estudios de la raíz de los problemas llevaban a eternas discusiones sin ningún resultado eficaz para la lucha contra el flagelo de la inseguridad.

Algo que medio siglo después se repite en nuestro país… Lo que Becker introdujo, y que luego fuera tomado por diversos criminólogos y produjera en los 90 los planes policiales llamados aquí de “tolerancia cero” con el crimen, fue la noción de que el comportamiento no es inevitablemente producto de las condiciones sociales, sino también de las decisiones individuales del individuo condicionadas por las consecuencias de sus actos.

El “precio” de delinquir. Cuando el delincuente sabe que delinquir tiene un precio alto, es decir, que cuesta cometer el delito por la prevención policial, que luego las investigaciones son eficientes y la Justicia penal es implacable y aplica muchos años de cárcel, buscará otros medios de vida, los que, por supuesto, deben estar disponibles.

Si, por el contrario, el precio del crimen es bajo, como en nuestro país, porque la prevención policial es altamente ineficaz, la investigación del delito está plagada de carencias y la Justicia penal no condena a nadie, ello sumado a que el empleador más accesible es el narcotráfico, los resultados están a la vista.

El crimen, aunque se piense lo contrario, es una alternativa racional del individuo. Depende del “precio”. Existen lugares pobres con bajo crimen, ricos con alto y viceversa.

Ello, en síntesis, llevó a las autoridades norteamericanas a proponer programas de metas de mediano plazo para elevar, por ejemplo, la calidad educativa del ciudadano para que contara con más y mejores posibilidades laborales, pero, a la vez, a diseñar, por parte de las fuerzas de seguridad, duros planes de prevención y represión del delito, para que quien eligiera el “camino fácil” pudiera terminar en la cárcel rápidamente y por largo plazo, según la ofensa cometida.

Argentina, es hora de elevarle el precio al crimen.

El autor es doctor en Ciencias Penales, ex fiscal, miembro de Usina de Justicia.



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