“El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli (Editado por Infobae)
“El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli (Editado por Infobae)

La relación entre el amor y la libertad ha sido motivo de gran misterio. A menudo, la experiencia suele describirse como una pérdida de control sobre uno mismo. Por eso en muchas culturas el amor fue considerado una suerte de intoxicación o enfermedad que debía ser evitada. En la antigua India, enamorarse antes del matrimonio se veía como una insensatez; y en China, la palabra para amor tenía una connotación antisocial e ilícita. Quizá que lejos de ser una fuerza esclavizante, el amor es una experiencia profundamente personal, con lo cual, paradójicamente, somos más libres justamente cuando perdemos el control. ¿O podría ser el caso que, sin siquiera darnos cuenta, estamos inclinados a amar según ciertas convenciones o valores que imperan en la sociedad, con lo cual el amor no es sino un sentimiento condicionado por circunstancias externas?

Lo cierto es que durante la mayor parte de su historia la especie humana evolucionó sin una autoridad central que dictara los términos y condiciones de la vida sexual. Más bien, surgieron diversas prácticas y costumbres en función a los valores y necesidades de los ecosistemas locales. Fue en los últimos dos milenios que instituciones religiosas, los gobiernos y el establishment médico tomaron cada vez más control de las prohibiciones sexuales y de las estructuras familiares. ¿Cómo fue mutando el amor a lo largo del tiempo y qué representa hoy en una sociedad como la nuestra?

El amor en tiempos prehistóricos

Los hombres con las características anatómicas de las poblaciones humanas actuales han existido durante al menos 300.000 años, y durante más del 90% de ese tiempo las sociedades estaban compuestas de cazadores-recolectores cuyo valor central era el igualitarismo.

“Nosotros, ciudadanos de una democracia moderna, afirmamos creer en la igualdad, pero nuestro sentido de la igualdad no es ni remotamente parecido al de los cazadores-recolectores”, explica Peter Gray, profesor de investigación en el Departamento de Psicología de Boston College

La igualdad en estas primeras comunidades “significaba que cada miembro de la banda tenía el mismo derecho a la comida, independientemente de su capacidad de encontrarla o capturarla. Todos los bienes materiales eran compartidos y nadie tenía derecho a decir a los demás lo que tenían que hacer, ni siquiera los padres podían dar órdenes a sus hijos. Los grupos tomaban decisiones por consenso, por lo cual no había jefe, líder o una autoridad central”, agregó Gray.

“El amor en la Edad de oro” de Paolo Fiammingo
“El amor en la Edad de oro” de Paolo Fiammingo

La investigación científica sobre la cultura sexual-amorosa de estos primeros humanos sugiere contundentemente que no eran monógamos, mientras que los relatos de exploradores, europeos y antropólogos contemporáneos que vieron estas sociedades de cazadores-recolectores confirman que las esposas gozaban de un gran margen de libertad sexual. Tanto nuestros ancestros como el chimpancé bonobo, nuestro pariente genético más cercano, se caracterizaban notoriamente por su promiscuidad sexual, lo que ha llevado a que ambas especies desarrollen aspectos anatómicos similares.

En las especies más promiscuas, por ejemplo, los machos tienden a ser entre un 15 y un 25% más grandes que las hembras. Y en teoría, si hay hombres compitiendo por embarazar a las mujeres, los testículos serían más grandes y más fuertes. Por lo tanto, los testículos humanos (34g) son de tamaño intermedio en comparación con los testículos muy grandes de los bonobos (168g) y los chimpancés (149g) y con los testículos más pequeños de los gorilas (23g), los primates más promiscuos.

El chimpancé bonobo, el pariente genético más cercano al hombre
El chimpancé bonobo, el pariente genético más cercano al hombre

El tamaño y la forma del pene humano, el más grande de todos los primates, también sugieren que los primeros humanos eran muy libres sexualmente. Los humanos tienen un pene mucho más grueso que sus parientes genéticos, con una cabeza particularmente ensanchada, lo que crea un vacío en el tracto reproductivo femenino que tiende a alejar del óvulo a los espermatozoides que ya están allí, dando así ventaja a los espermatozoides del hombre que está teniendo relaciones sexuales en ese momento. Por su parte, la vocalización copulatoria femenina es común entre los primates en que el esperma del macho compite con el esperma de otros, como los chimpancés y los bonobos.

Estos últimos son junto a la especie humana los únicos mamíferos que tienen relaciones sexuales no solo para reproducirse sino para vincularse o por placer, y por lo tanto son los únicos que se enfrentan durante el coito.

El amor en la antigüedad

La revolución neolítica transformó radicalmente la forma de vida de la humanidad
La revolución neolítica transformó radicalmente la forma de vida de la humanidad

En la historia de la humanidad la monogamia es un concepto relativamente nuevo que coincide con el descubrimiento de la agricultura hace más de 10.000 años, cuando la humanidad pasa de ser nómada a sedentaria y de tener una economía recolectora a productora. A partir de este periodo los humanos comienzan a cultivar una preocupación abrumadora por los derechos de propiedad que se extendió también al ámbito familiar. Ya en el Antiguo Testamento y en los textos de los poetas y dramaturgos de la antigua Grecia aparecen abundantes referencias a “la semilla” y “la tierra” como metáforas de la procreación, incluyendo advertencias contra la transgresión sexual como “sembrar semillas fuera de la propia tierra” en los tratados de Filón de Alejandría (Testamento de Salomón).

El rol activo que cobra la semilla en contraposición con el papel pasivo de la tierra anunciaría la ruptura de la experiencia amorosa de nuestros antepasados a favor de un orden social más pragmático que con el respaldo de la violencia alentó la desigualdad de género. En la mitología y en la vida cotidiana de la Grecia clásica, que a menudo se cita como la raíz originaria de la tradición Occidental, ni la monogamia ni la unión romántica de parejas se consideraban normales. Aunque las costumbres variaban entre las diferentes ciudades-estado, los matrimonios no se concertaban por amor sino por razones económicas y políticas. La esposa cumplía un papel estrictamente reservado a la vida privada mientras los padres de familia las usaban para adquirir tierras y proveer herederos.

El amor entre marido y mujer ni siquiera se consideraba deseable en la Grecia clásica“, escribe la psicóloga Deborah Anapol en su libro El poliamor en el siglo XXI. “El papel de la esposa era proveer herederos para su esposo y encargarse de su hogar mientras él disfrutaba del afecto, el sexo y el compañerismo con una variedad de mujeres cortesanas y heteras y quizás hombres y niños también”.

En el modelo filosófico del amor de Platón, la dicotomía entre la tierra y la semilla y sus respectivas estructuras categóricas (tierra/pasiva/femenina contra semilla/activo/masculino) se invierten en la figura del amante y el amado, pero sin dejar de lado sus bases “machistas” (a falta de una palabra mejor). En su descripción de la relación entre Alcestis y su marido Admeto, Platón adopta terminología homosexual griega, que designa al participante activo en la relación, el hombre mayor, erastes (“amante”), y al más joven, pasivo, eromenos (“amado”). Pero, curiosamente, invierte la concepción tradicional del rol de la mujer en la procreación identificando al género femenino con la amante -es decir, la parte activa- en una relación heterosexual, al tiempo que la destaca como la única de las dos partes capaz de estar realmente enamorada.

Platón (izquierda) y Aristóteles (derecha), retratados en “La escuela de Atenas” de Rafael Sanzio
Platón (izquierda) y Aristóteles (derecha), retratados en “La escuela de Atenas” de Rafael Sanzio

En El simposio, el amor (eros) no es entendido como una relación de reciprocidad, sino como el deseo de poseer algo que se considera valioso y necesitado urgentemente. Pero ese algo, reflejado superficialmente a través de la belleza de un cuerpo en el Fedón, se revela a la mente como el amor por lo bueno y lo verdadero, las leyes, las instituciones, la República y en última instancia por la Belleza en sí. El objeto del amor -ya no entendido como un fin en sí mismo, sino como un medio para alcanzar la virtud- no es el prójimo sino la sabiduría (sophia), y su esencia no es eros (amor sexual) sino philia (amor fraterno, amistad), única en que sólo ella tiene el poder de inducir a la gente a realizar acciones nobles y valientes. De aquí que pueda decirse, como deduce Aristóteles en la Ética nicomáquea, que la versión más perfecta del amor pueda darse solamente entre dos hombres virtuosos, lo que implica que sólo la figura masculina puede encarnar la Belleza propiamente dicha y por lo tanto ser juzgado digno de ser amado por la figura femenina que es naturalmente inferior y por ende ama del hombre lo que ella no posee.

Siguiendo esta lógica, la culminación del amor platónico se materializa en el “matrimonio sagrado” entre el alma (deficiente) de la mujer y la Belleza encarnada en el hombre, cuya unión sexual causa la impregnación de la sabiduría en el seno materno a través de la contemplación de la figura paterna (el esposo). En paralelo a la metáfora semilla/tierra, dicha impregnación, en su debido tiempo, dará luz a la virtud, que en el caso de Alcestis quedó demostrada cuando -enamorada- sacrificó su vida para salvar la de su marido.

Paradójicamente, la excepción a la regla del rol de la mujer en la sociedad griega se encarnó en Afrodita, diosa griega del amor y la belleza, que para los romanos se llamaba Venus. “Ella sola entre los dioses y diosas griegas tenía poder transformador. También era única en el sentido de que, aunque tenía más amantes que cualquier otra diosa en la mitología griega, no fue victimizada y nunca sufrió de sus numerosas aventuras amorosas como la mayoría de las otras diosas. Tampoco era celosa ni posesiva. A diferencia de sus contrapartes, se le permitió elegir libremente a su marido y a sus muchos amantes”, señala Anapol. “Es uno de los arquetipos del poliamor más omnipresentes del Occidente“.

El amor eclesiástico

Y Dios creó al ser humano a su imagen;
lo creó a imagen de Dios.
Hombre y mujer los creó,
y los bendijo con estas palabras:
«Sean fructíferos y multiplíquense;
llenen la tierra y sométanla… (Génesis 1:27-28)

“El triunfo de las virtudes sobre los vicios” de Paolo Fiammingo
“El triunfo de las virtudes sobre los vicios” de Paolo Fiammingo

La prescripción de Sócrates del amor como la mejor guía del hombre hacia la virtud, junto con los mandamientos de las Escrituras Hebreas de amar a Dios y al prójimo, sentó las bases para que el cristianismo convirtiera al amor en el valor supremo del Occidente: el significado último de la vida. A diferencia de los antiguos, cuya discusión filosófica sobre el sexo y el amor sexual no se limitaba al matrimonio, los teólogos cristianos introdujeron la concepción moderna de la monogamia como única relación compatible con el matrimonio, aunque esto era raramente o sólo secundariamente pensado en términos de amor (y no del tipo sexual).

El amor verdadero para el cristianismo alcanza su plenitud en el amor de Dios (agápē) y su realización en la tierra es la caridad (caritas), la máxima virtud del hombre. Si bien el primer término es griego y alude a un tipo de amor universal o incondicional, hasta el advenimiento del cristianismo no era comúnmente usado con una connotación religiosa. Esto se debía al entendimiento de que tal relación solo podía darse entre “iguales”; por lo tanto, no era aplicable a la relación entre el hombre y lo divino, así como una relación entre el hombre y la mujer -siendo esta última “inferior”- no podía constituir una relación de philia sino de eros.

Una dinámica similar sucedió con la palabra en latín para designar el deseo sexual, libīdō, que proviene de libere (ser complaciente, complacer), liber (libre, libertad) y en última instancia del término protoindoeuropeo leubh (preocuparse, desear, amor). La conexión íntima original entre el amor, la libertad y el deseo sexual se fue desvaneciendo en la medida en que los filósofos griegos asentaron la razón como la “forma” de la especie humana, definiéndola como aquella facultad mental que nos diferencia de los demás animales, en contraposición a las necesidades biológicas o deseos corporales, las cuales nos asimilan a las bestias. En el otro extremo, al definir la fornicación (porneia) como pecado, el cristianismo se aseguró de que el deseo sexual no sea entendido como una fuerza liberadora sino como un poder compulsivo “que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:23).

De modo que una de las diferencias que separó marcadamente a la antigüedad de la era cristiana fue su relación a la virtud: mientras que en las filosofías de Platón y Aristóteles la capacidad de hacer el bien puede lograrse adquiriendo conocimiento (y este es el rol del filósofo -el amante de la sabiduría- en La República de Platón), para los cristianos la verdad ya estaba revelada tanto en la Ley mosaica como en las enseñanzas de Jesucristo, por lo cual “obrar bien” ya no depende del intelecto o la razón -que en todo caso conduce a la soberbia, orgullo o a la vanidad- sino de la voluntad del hombre, facultad mental que los griegos desconocían y que recién fue descubierta por el apóstol Pablo en el siglo I d.C.

“San Pablo en la cárcel” de Rembrandt Harmenszoon van Rijn
“San Pablo en la cárcel” de Rembrandt Harmenszoon van Rijn

En La Primera epístola a los corintios, Pablo de Tarso -cuya concepción del amor es particularmente relevante en relación a los griegos por su rol como “Apóstol de los gentiles“- afirma la preeminencia de agápē por sobre todas las cosas:

“Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso (…) Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido. Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor” (1 Corintios 13:3,12-13).

Oyentes modernos suelen conmoverse con las palabras elocuentes de Pablo sobre el amor sin advertir que, evocadas fuera de contexto en los matrimonios cristianos, no se refieren al amor romántico -una experiencia que se generalizó mucho tiempo después-, sino puntualmente al amor que (algunos) individuos experimentan si y solamente si son bendecidos por la Gracia de Dios: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia… De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (Romanos 9:16, 18).

Unos capítulos antes de su célebre himno al amor, San Pablo enuncia su postura respecto al sexo y al matrimonio llanamente: “Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo” (1 Corintios 6:18).

La doctrina de la Iglesia ha sido, y sigue siendo, que la virginidad es el estado ideal, pero que para aquellas personas débiles cuya voluntad no ha sido fortalecida por el amor de Dios el matrimonio es permisible: “A los solteros y a las viudas les digo que sería mejor que se quedaran como yo”, ya que el soltero, la mujer no casada y la joven soltera “se preocupan de las cosas del Señor”, mientras que los casados/as “se preocupan de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposa/o; sus intereses están divididos” (1 Corintios 7:8, 33-34).

Según San Pablo, el conflicto es entre la carne y el espíritu, y el problema es que el hombre, habiendo sido creado por Dios del “polvo de la tierra” (Genesis 2:7), es tanto carnal como espiritual. En consecuencia, su voluntad está dividida: por un lado, quiere obedecer la Ley de Dios, pero, por otro lado, es irresistiblemente tentado por el pecado. Entonces, “si no pueden dominarse, que se casen, porque es preferible casarse que quemarse de pasión” (1 Corintios 7:9).

Y respecto al divorcio: “A los casados les doy la siguiente orden (no yo, sino el Señor): que la mujer no se separe de su esposo. Sin embargo, si se separa, que no se vuelva a casar; de lo contrario, que se reconcilie con su esposo. Así mismo, que el hombre no se divorcie de su esposa” (1 Corintios 7:10-11).

“Le Droit du seigneur” de Vasili Polénov. Un cuadro historicista que recrea el derecho de pernada a través de la escena de un anciano entregando sus jóvenes hijas al señor feudal
“Le Droit du seigneur” de Vasili Polénov. Un cuadro historicista que recrea el derecho de pernada a través de la escena de un anciano entregando sus jóvenes hijas al señor feudal

Si bien el cristianismo rechazó el amor sexual y prescribió la unión monógama entre parejas, no logró inicialmente abolir la poligamia. Durante siglos, el clero no planteó objeciones a las inmoralidades sexuales de los reyes feudales, ni de sus propios representantes en el Vaticano. Carlomagno engendró veinte hijos con ocho de sus diez esposas y varias concubinas. Lucrecia Borja era hija ilegítima del Cardenal Rodrigo Borja, el poderoso renacentista valenciano que más tarde se convirtió en el papa Alejandro VI, y de su amante Vannozza Cattanei. Aunque amada por su padre, esto no impidió que la usara como instrumento para sus ambiciones políticas: fue casada en tres ocasiones a su instancia, y ciertamente no por razones sentimentales.

En las alianzas matrimoniales de las clases altas, el esposo a menudo se reservaba el derecho a la infidelidad para satisfacer sus fantasías sexuales, mientras que la mujer, reducida a una de sus propiedades, estaba obligada a ser fiel: solo su esposo podía disponer de su trabajo y su cuerpo. De infringir esta regla podía ser acusada de adulterio, un crimen punible con la muerte. El hombre, en cambio, cede porque es débil: como en la historia de Adán y Eva, la mujer es la tentadora y el hombre la víctima.

Así en la Ley mosaica, al igual que en la primera Ley romana, el adulterio sólo significaba el coito carnal de una esposa con un hombre que no era su legítimo esposo. El coito de un hombre casado con una mujer soltera o una esclava no se consideraba adulterio, sino fornicación (porneia): una medida consistente con la prevalencia de la poligamia entre los israelitas. Por lo tanto, “en muchas de las civilizaciones patriarcales del mundo antiguo, el divorcio era primordialmente una prerrogativa masculina”, indica la historiadora Stephanie Coontz en su artículo La paradoja del matrimonio por amor y la historia del divorcio moderno. “El marido no tenía necesidad de divorciarse si deseaba mantener relaciones con otras mujeres, ya que el adulterio del marido no estaba considerado como una causa legítima para que la esposa instara el divorcio”.

La concepción de la mujer como propiedad del hombre estaba tan arraigada en la tradición Occidental que en algunos feudos de la Edad Media el señor feudal tenía derecho a disponer también de las esposas de sus súbditos. El polémico ius primae noctis (derecho de la primera noche) reflejaba estas condiciones, el cual otorgaba a los señores feudales la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella, sierva de su feudo, que fuera a contraer matrimonio con uno de sus siervos.

El amor moderno

“Firmando el Registro” de Edmund Blair Leighton
“Firmando el Registro” de Edmund Blair Leighton

Si resulta difícil de creer que la monogamia es un invento relativamente nuevo en la historia de la humanidad, aún más sorprendente es que el matrimonio basado en amor, un fenómeno cultural que hoy damos por sentado, no era para nada normal en Occidente hasta finales del siglo XVIII, cuando la idea del libre contrato desplazó al principio de la violencia como factor rector de las relaciones interpersonales y los derechos de propiedad. “En Europa Occidental y Estados Unidos, la idea radical de que el matrimonio debía estar basado en el amor y el compañerismo sólo comenzó a aceptarse de manera generalizada bajo la influencia de la Ilustración y de las doctrinas de las revoluciones francesa y estadounidense”, sostiene Coontz.

Aunque de manera más indirecta, la ética cristiana también jugó un papel imprescindible en la constitución de una sociedad libre basada en el respeto a la vida y la propiedad, valores implícitos en los mandamientos de “no matar”, “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. El mensaje liberador de Jesucristo fue lamentablemente socavado por la Iglesia Católica, que con el monopolio de la Palabra de Dios y la amenaza del castigo eterno instauró un régimen autoritario que a lo largo de un milenio privó al hombre -especialmente a la mujer- de todo margen de libertad individual del cual dependen todos los demás derechos y la creatividad humana. La idea de que el matrimonio debía estar basado en el amor, la igualdad, la fidelidad y el afecto mutuo entre cónyuges sólo fue posible gracias a las nuevas ideas introducidas por el cristianismo, pero debido a que sólo la Iglesia Católica tenía la potestad de interpretar la Biblia esto sólo comenzó a ser evidente después de la Reforma protestante.

Las nuevas relaciones económico-sociales que se establecieron a raíz de la revolución industrial también desempeñaron un papel determinante: la posición de la mujer en el matrimonio mejoró en la medida en que las mujeres contraían matrimonio no como propiedad transferida de padre a marido sino como propietarias y herederas de dotes ricas:

“[La poligamia] se tornó cada vez más compleja en la medida en que las mujeres contraen matrimonio como herederas y propietarias, se les proporcionaban dotes ricas y se les concedían mayores derechos a la hora de disponer de la dote”, afirma el escritor liberal Ludwig von Mises en El matrimonio bajo la influencia de la idea de contrato. “A fin de proteger legalmente la propiedad de las esposas y sus hijos, se traza una línea divisoria entre la conexión y la sucesión legítima e ilegítima. La relación de marido y mujer se reconoce como un contrato“.

“A medida que la idea de contrato penetra la ley del matrimonio, quiebra el régimen del hombre y convierte a la esposa en una pareja con los mismos derechos. De una relación unilateral basada en la fuerza, el matrimonio se convierte así en un acuerdo mutuo; la sierva se convierte en la esposa casada con derecho a exigir del hombre todo lo que él tiene derecho a pedirle a ella”, agrega Mises.

En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, el teórico socialista Friedrich Engels -obviamente no en defensa sino en objeción al capitalismo- arriba a la misma conclusión: “Así, en los más de los casos, y hasta el final de la Edad Media, el matrimonio siguió siendo lo que había sido desde su origen: un acuerdo que no pactaban las partes interesadas”, escribió el coautor del Manifiesto comunista. “Al transformar todas las cosas en mercancías, la producción capitalista destruyó todas las relaciones tradicionales del pasado y reemplazó las costumbres heredadas y los derechos históricos por la compraventa, por el «libre» contrato”.

La posición de la mujer en el matrimonio mejoró a medida que el principio de la violencia fue desplazado y la idea del matrimonio como contrato transformó las relaciones de propiedad entre los cónyuges. Así como el descubrimiento de la agricultura y la creciente preocupación por la propiedad privada convirtió a la mujer en víctima de un orden social dominado por el hombre y la fuerza tras la revolución neolítica, fueron los derechos individuales suscitados por la Reforma protestante, promovidos por los pensadores de la Ilustración, materializados por la Revolución Industrial y adquiridos luego de las Guerras Revolucionarias que dieron luz a la idea de contrato que emancipó a la mujer del dominio de su esposo.

Antes de estos acontecimientos, casarse simplemente por amor era considerado una herejía: significaba priorizar los deseos propios por encima de los intereses de Dios o del Estado.

El amor contemporáneo

La alegría de vivir de Henri Matisse
La alegría de vivir de Henri Matisse

En las últimas décadas la forma en que el matrimonio y las relaciones íntimas han evolucionado ha atravesado cambios significativos. El aumento de las tasas de divorcio, la disminución de las tasas de matrimonio y la creciente incidencia de casos de infidelidad, por un lado, y de parejas que no tienen sexo, por otro, exponen la crisis del matrimonio tradicional.

En la Ciudad de Buenos Aires, las tasas de matrimonio han estado disminuyendo continuamente desde al menos 1987. Si bien las tasas de divorcio se han estabilizado a partir de la década de 1990, esta constancia se ha mantenido a pesar del declive en los matrimonios, lo que ha llevado a que, en promedio desde 2006, la mitad de las parejas que se casan se separen.

En un artículo destacado de su última publicación, The Economist citó a la urbanización como la razón principal por la cual, en las últimas dos décadas, la tasa de suicidio entre mujeres jóvenes de China y la India ha caído notablemente más que en otro grupos demográficos. “Los relatos de quienes intentan suicidarse, y de los familiares de quienes tuvieron éxito en el intento, sugieren que muchas jóvenes asiáticas cayeron en la desesperación a causa de esposos violentos y suegros autoritarios“, publicó el periódico. “A medida que la gente se traslada a las ciudades y se debilita el dominio de la tradición, las mujeres tienen más opciones sobre con quién se casan o con quién viven, lo que hace que la vida sea más llevadera”.

El declive de las tasas de matrimonio, la abolición de la poligamia, la creciente aceptación de la homosexualidad e incluso el surgimiento de nuevas formas de amar, como el poliamor, son consistentes con una sociedad donde, por primera vez en la historia, las relaciones amorosas no están siendo dictadas mediante la coerción sino con respeto a la libertad y a los derechos individuales. A la hora de juzgar los sentimientos ajenos, es importante recordar que estas novedades no son invenciones arbitrarias de mentes rebeldes y perversas, sino productos de una larga lucha contra autoridades centrales que durante siglos reprimieron la más importante pasión humana.

Como apunta la antropóloga Melinda Giles, de la Universidad de Toronto:

No estamos presenciando una ruptura de los valores tradicionales de la familia, sino un cambio fundamental en los modos de producción capitalistas que crea un cambio correspondiente en las relaciones interpersonales y en las conceptualizaciones de la familia y el romance“.

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