Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, más conocido como el príncipe Carlos , próximo a cumplir los 70 años (AFP)
Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, más conocido como el príncipe Carlos , próximo a cumplir los 70 años (AFP)

Créase o no, la historia de Charles Philip Arthur George Mountbatten Windsor, cercano a sus 70 años –los cumplirá este 14 de noviembre-, podría reducirse a unas pocas páginas. Apenas a una larga sucesión de fechas y de títulos de nobleza: Su Alteza Real el príncipe de Gales, príncipe y gran senescal de Escocia, duque de Cornualles y de Rothesay, conde de Chester y de Carrick, barón de Renfrew, y Señor de las Islas.

Hijo de Philip, duque de Edimburgo, de la eterna reina Isabel II, ya de 90 años, y heredero de un trono que se remonta al 1377 (con ecos alemanes más antiguos: el medioevo), sólo será rey en dos casos: si la reina abdica a su favor, o si muere. Aun así, Carlos puede declinar la corona, y el rey será William, su primogénito e hijo de Diana Spencer: la polémica, atormentada, coronada de cuernos por Carlos, histórico amante de Camilla Parker Bowles (luego su mujer legítima desde el 2005), adúltera también, bulímica, prisionera de una Casa Real aunque conocía muy bien los riesgos, y desdichada casi desde el día de su boda, el 29 de julio de 1981 en la Catedral de San Pablo…

De escasa influencia en las reglas y misterios de Buckingham, Carlos se graduó en Artes (Trinity College), sirvió en la Royal Navy apenas cinco años, y ocupó su largo ocio en causas humanitarias desde The Prince´s Charities, fundado por él en 1976, la agricultura ecológica, el medio ambiente, el uso de las medicinas alternativas (en especial la siempre discutida homeopatía), y el cuidado de los edificios históricos.

Agosto de 1951. La princesa Elizabeth y el príncipe Philip posan junto a sus hijos Carlos y Ana (AP) )
Agosto de 1951. La princesa Elizabeth y el príncipe Philip posan junto a sus hijos Carlos y Ana (AP) )

No es mucho para un posible futuro rey que, en tal caso, elegirá ser Carlos III…, salvo las páginas oscuras de algunos biógrafos que, sin filtro, juran que “es maniático, envidioso, adicto al lujo, extravagante, y celoso de Kate Middleton, la mujer de su hijo William“.

Como leading case de su costado de gran derrochón, citan la increíble visita a la casa de campo de unos amigos, “a la que llegó acompañado por un enorme camión de mudanzas, y adentro, el contenido de su habitación y la de Camilla: su cama ortopédica, su ropa de cama, una radio, rollos de papel higiénico Kleenex, whiskys Laphroaig y Barrogill –éste, su propia marca–, agua mineral… ¡y hasta dos cuadros!”

También, entre su lista de rígidos hábitos, citan su rechazo a los teléfonos celulares –no usa–, la ropa lavada a máquina, los huevos hervidos durante cuatro exactos minutos (¿so pena de mandar a la Torre de Londres al cocinero que no cumpla el rito?), el amor por un par de zapatos a medida que compró… ¡hace medio siglo!, manejar su propio auto, un Aston Martin de 1944…, y mago aficionado y fotógrafo fracasado.

La prensa sensacionalista, la de tamaño tabloid, no ahorra balas en sus adjetivos críticos. Acaso el peor es “anodino”.
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Hasta aquí, bien podría decirse que el álbum de su vida ha llegado al punto final. Nada más que decir…

El príncipe de Gales, en una producción fotográfica de 1969 (AP)
El príncipe de Gales, en una producción fotográfica de 1969 (AP)

Pero ese álbum se extiende casi sin límites cuando entra en escena Diana Spencer, Lady Di…

Hija de los vizcondes de Althorp y nacida el primer día de julio de 1961, conoció a Carlos –más para mal que para bien– en plena adolescencia (16 años), mientras trabajaba como maestra jardinera en la escuela Young England de Knightsbridge y el príncipe tenía un escarceo romántico con Sarah, su hermana mayor.

Él, trece años mayor que Diana, apenas la vio una docena de veces antes del 24 de febrero de 1981, cuando la presentó a la reina como su prometida, poniendo en su dedo anular el célebre anillo de zafiro y diamantes que, muchos años después, su hijo William le daría a Kate Middleton.

Pero algo denso, peligroso, se agitaba detrás de ese telón de “cuento de hadas”, figura cursi si las hay, e indefectible caballito de batalla de la prensa, salvo pocas excepciones…

Se agitaba, amenazante, Camilla Parker Bowles: el único, ardiente y verdadero amor de Carlos a pesar de las rabietas de su madre, la reina, que la juzgaba “astuta y malvada”.

El casamiento de Carlos y Diana, el 29 de julio de 1981
El casamiento de Carlos y Diana, el 29 de julio de 1981

La historia de esa relación de acero, inconmovible, se remonta a 1971, cuando Diana tenía 10 años y Carlos, en sus días de estudiante de Artes, vivía su primer noviazgo. ¿Ella?: Lucía Santa Cruz, hija del embajador chileno en Londres, que luego de romper lazos con esa promisoria testa coronada le presenta a su amiga Camilla Shand Cubbit. Año: 1971. Lugar: un campo de polo. Y estocada a fondo de la dama:

–¿Sabías que tu tatarabuelo, el rey Eduardo VII, fue amante de Alice Kepper, mi bisabuela?

¡Fogonazo! En rigor, y más allá de todo avatar, quedaron unidos de por vida. Pero la presión de la reina fue insoportable: Camilla era católica, y Carlos, anglicano. Unión imposible ante ambos credos.

Desde la boda (1981) hasta el divorcio (1996), la vida de Carlos y Diana fue más una farsa que un matrimonio

Los tironeos duran hasta 1973. Camilla se casa con el mayor Andrew Parker Bowles –tendrán dos hijos–, y Carlos se embarca: largo viaje en el buque insignia de la Royal Navy… “con más lágrimas que agua tiene el mar”, como habría escrito algún poetastro romanticón.

Pero nunca se olvidaron. Es verdad histórica, y con muchos testigos, que Carlos lloró el día de su boda con Diana, y no de emoción por el futuro: de dolor por su pasado con Camilla, que parecía esfumarse para siempre…

Según un periodista de la BBC muy amigo de Carlos, “nunca estuvo realmente enamorado de Diana. Me dijo que tal vez con el tiempo llegaría a quererla, pero…”.

Carlos y Diana, junto al recién nacido príncipe William, el 22 de junio de 1982
Carlos y Diana, junto al recién nacido príncipe William, el 22 de junio de 1982

La unión no tardó en enfriarse, más allá del nacimiento de William y Henry y las fotos oficiales de la sonriente familia. Se sabría mucho después que en la última etapa llegaron a tener apenas un encuentro sexual cada tres semanas…, y que Diana –según narró a la BBC muy poco antes de su muerte–, “oí una charla telefónica de Carlos, encerrado en el baño, con Camilla. Hablaron de sexo, y ella con palabras más atrevidas que las de él“.

Pero no fue lo peor. En la misma entrevista, Diana confesó que haría cualquier cosa para impedir que Carlos fuera rey. “No tiene fuerza ni vocación para el trono. El rey debe ser nuestro hijo William“.

(Getty Images)
(Getty Images)

Surgió también el sonado affaire de Diana con el mayor James Hewitt, su instructor de hípica: “Carlos lo sabía, y no le importaba”. Como conocía también el amorío de ella con un guardaespaldas (Mannakee), al punto en que casi huye con él. Buckingham lo despidió del servicio, y unos meses después murió en un accidente de ruta…, ante la incredulidad de la princesa, convencida de que lo asesinaron.

No tiene fuerza ni vocación para el trono. El rey debe ser nuestro hijo William

Desde la boda (1981) hasta el divorcio (1996), la vida de Carlos y Diana fue más una farsa que un matrimonio. Farsa signada por un evidente “cada uno por su lado” y por un alud de males que llevaron a Diana hasta el borde de la muerte…
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Porque más allá de su glamour, su arte para vestirse, su aparente independencia de la Corona, sus giras solidarias y el claro amor de las clases populares de Londres –más que una princesa, una star mediática–, fue jaqueada por una bulimia casi permanente (vómitos y lavados de colon para despojarse de la comida), mareos, depresión profunda, intentos de suicidio y manía de persecución: “Estoy aquí, sentada ante mi mesa, deseando que alguien me abrace y me dé coraje para seguir fuerte y con la cabeza alta. Estoy en peligro. Mi marido planea un accidente en mi coche, una falla de los frenos o algo así, para tener el camino libre hacia Camilla” (Testimonio ante su biógrafo Andrew Morton).

Ese miedo –casi una certeza– lo instaló frente al millonario Mohamed Al Fayed, padre de Dodi, su última y no negada pareja, y aquél fue más allá: “Si la matan, será obra de su suegro, el duque de Edimburgo, ayudado por la Inteligencia británica”.

El casamiento de Carlos con Camila Parker Bowles, el 9 de abril de 2005 (Getty)
El casamiento de Carlos con Camila Parker Bowles, el 9 de abril de 2005 (Getty)

Dato no menor comprobado por quien esto escribe. En julio de 1997 –un mes antes de su muerte–, en el famoso Museo de Cera de madame Tussauds, la figura de Lady Di, que antes tuvo un lugar de privilegio junto a Carlos… fue desplazada hasta el extremo izquierdo: una inequívoca señal de desprecio que ni siquiera respetó su rol de madre de los príncipes William y Harry.

Pero no faltan voces críticas hacia Diana. Según periodistas y biógrafos especializados en la historia y los hechos de la Corona, la demasiado joven princesa nunca comprendió en profundidad las milenarias reglas de juego. Intentó “democratizar” a la Casa Real a través de su constante primer plano, pero sólo consiguió irritar a la reina. Primero, con esas actitudes, y después… ¡lo intolerable! La evidencia del adulterio. Por cierto, nada nuevo bajo el sol de la Corona, pero…

Su final, la tragedia en París, la fuga en un Mercedes Benz S280 reparado después de un accidente –los mecánicos aconsejaron convertirlo en chatarra–, el chofer del hotel Ritz (Henri Paul), que no hubiera pasado un examen de alcoholemia, estrellándose en el túnel del Puente del Alma a casi 200 por hora, y Lady Di y Dodi, su amante, despedazados…, fue un
un incomprensible disparate.

Primero, porque el amorío de la pareja estaba ya registrado por todos los paparazzi de Europa: largas e íntimas vacaciones por el mediterráneo en el babilónico yate Jonikal, del padre de Dodi.

Segundo: Lady Di estaba divorciada legalmente de Carlos desde el 28 de agosto de 1996. Era una mujer libre. En todo caso, sólo se debía a sus dos hijos.

El príncipe Carlos junto a su esposa Camila, en una visita al campo (Getty Images)
El príncipe Carlos junto a su esposa Camila, en una visita al campo (Getty Images)

Tercero: ella y Dodi pasaron el 31 de agosto de 1997 en el histórico hotel Ritz –el preferido de Ernest Hemingway–, también del padre de Dodi.

Cuarto: al llegar la noche decidieron mudarse al departamento de Dodi para eludir a los paparazzi… que ya habían agotado con sus cámaras decenas de rollos durante el crucero por la Costa Azul.

Quinto: ¿Qué sentido tenía, entonces, huir como alucinados del hotel al departamento, si la relación no era un secreto y estaba registrada en imágenes insoslayables?

Bastaba que posaran un par de minutos para los ávidos muchachos de la prensa (lo único que estos querían…), y partieran serenamente y a velocidad normal. Y si los más insistentes los seguían, ¿qué importaba?: su raid se habría detenido en la puerta del edificio.

Diana Spencer tenía, al morir, apenas 36 años. Carlos y Camilla se casaron en 2005. Ella recibió el título de Duquesa de Cornualles. Al parecer, son felices: lo único que querían desde aquel primer encuentro en un campo de polo. Los príncipes William y Harry se casaron. El mayor, con Kate Middleton; el menor, con la ex actriz norteamericana Meghan Markle. Kate es duquesa de Cambridge, y Meghan, duquesa de Sussex. Los trece kilómetros que recorrió una doliente multitud para despedir a Lady Di y los millones de ramos de flores que atestaban las calles ya son historia. A más de dos décadas de la tragedia, las piezas del ajedrez de la Casa Real han vuelto a alinearse como obedientes súbditos.

Carlos llegará a sus 70 años sin novedad: del brazo de Camilla, amado por sus hijos y bendecido por su madre.

La casa está en orden. Las heridas, cerradas. Los escándalos, olvidados: el protocolo es más fuerte. ¿Y las culpas?: a cada cual la suya…

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