La declaración reciente del ministro de Hacienda Nicolás Dujovne (“Nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el Gobierno”) es una forma de sincericidio del que no se tiene memoria en las últimas décadas en el país.

Hay una excepción: la del bonachón Juan Carlos Pugliese, quien tomó las riendas del ministerio en el último tiempo del gobierno de Raúl Ricardo Alfonsín. Parlamentario de gran eficiencia, presidente de la Cámara de Diputados entre 1983 y 1989, radical, era un hombre sincero y justo, dentro de los límites que impone la política.

En 1989, por pedido de Alfonsín, debió ocupar el edificio frente a la Casa de Gobierno, tras la renuncia de Juan Vital Sourrouille, tras el corte de la ayuda crediticia externa, en un momento de delirio inflacionario que se venía arrastrando desde hacía un año: 15% en mayo, que entró en espiral y llegó al 115% anual configurando una especie de explosión en todas las direcciones más un déficit fiscal de casi el 15% del Producto Bruto Interno.

Se dirigió entonces al mundo de las finanzas, pidiendo respaldo y comprensión: “Yo les hablo con el corazón -dijo- pero ustedes me responden con el bolsillo”. Presentó la renuncia el 24 de mayo para ser ministro de Interior y fue sucedido en un muy breve período por el dirigente juvenil Jesús Rodriguez.

Ya se habían adelantado las elecciones por todos los impedimentos que surgían, y Carlos Menem, que había ganado, aceptó adelantar su ingreso al máximo poder. Menem también fue castigado por la inflación, que creció casi 60 por ciento, hasta el arribo de Domingo Cavallo, quien trajo bajo el brazo la convertibilidad, que la frenó en base a un invento de laboratorio -un peso igual a un dólar- pero que la sociedad compró y aplaudió. La convertibilidad basaba su éxito en la entrada masiva de dólares con las privatizaciones desenfadadas encaradas por el mandatario riojano.

Todo se esfumó con la crisis mexicana, el “tequilazo” que ahuyentó todas las inversiones de Latinoamérica. Los dólares se fueron. El fin de la convertibilidad estaba a la vuelta de la esquina pero duró hasta fines del 2001 porque la Alianza de Fernando de la Rúa se empecinó en conservarla incluso agonizante. Muchos creían que sin la convertibilidad venía el fin del mundo.

La inflación, como fenómeno atormentador, se venía manifestando en la Argentina en los últimos 80 años. Desde la Revolución de Mayo hasta 1944 la inflación se ubicó en el 3% anual, aunque fue mayor en la época de los caudillos y de Rosas, por la inestabilidad política persistente impuesta por los caudillos provinciales.

En una investigación encarada por el economista Orlando Ferreres, en la primera etapa peronista, la inflación fue del 19% anual promedio. Desde 1956 hasta 1972, período de golpes de Estado militares, la tasa llegó al 29% promedio. En el segundo período de Perón, en medio de una penosa y larga sequía la inflación, merodeó el 70% anual.

Cada momento histórico tuvo su explicación. Perón creía que se desencadenaría la Tercera Guerra Mundial y gastó en demasía, a cuenta de, más la estatización de los ferrocarriles (con los cuales Inglaterra consideró pagadas las provisiones que Buenos Aires le había enviado en plena Segunda Guerra Mundial) y otros rubros que resultaron inservibles.

Dujovne pudo decir lo que dijo hace horas porque los militares argentinos son muñecos de trapo, no son una amenaza, por suerte. Fueron los golpes de Estado en la segunda mitad del siglo XX los que ayudaron a perturbar la economía. No dejaban hacer, nadie podía tomar previsiones ni asumir políticas de largo plazo. Sólo Arturo Frondizi fue víctima de 32 planteos militares. Uno de sus ministros de Economía, Álvaro Alsogaray, pudo remontar la instancia crítica sólo porque estaba respaldado por los militares (entre ellos Julio Alsogaray, su hermano).

José Alfredo Martínez de Hoz, ministro con el Golpe Militar de 1976, pudo concretar su modelo de apertura de la economía, más las privatizaciones, más el amparo de la timba financiera, más su lucha contra la industria nacional, el tiempo de “la plata dulce”, porque lo apoyaba la mayoría de los militares, aunque con reticencias de algunos jefes de la Aeronáutica y la Marina. Actuó como en Chile donde uno de los colegas de Martínez de Hoz, bajo el ala de Pinochet declaró “hay que utilizar el cuchillo y llegar hasta el hueso”.

Después del “Rodrigazo” de 1975 , con el 191% de inflación anual, los argentinos se dejaron estar y aprovecharon la ficción de la “plata dulce” mientras los militares compraban armamentos nuevos o sofisticados con montos altísimos, amparado en un eventual enfrentamiento con Chile y finalmente con la guerra de recuperación de las Malvinas. El proceso militar también fue castigado por la inflación y habiendo recibido 4.500 millones de deuda externa de la administración de Isabel Perón, le traspasó al gobierno democrático de Alfonsín una deuda externa de casi 30.000 millones de dólares.

Los ministros de Economía acompañaron el paso de los años con engaños, con mentiras y ocultamientos. Vociferando como Cavallo o impasibles e impunes como los de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

La sorpresa de Dujovne es que está diciendo la verdad. En otro momento, habida cuenta de la actual realidad económica, la aflicción de la clase media, la imposición de un programa que sólo genera víctimas, el crecimiento de la pobreza, ya habrían bastado para acorralar a cualquier gobierno de cualquier signo político. Así, bienvenido el sincericidio del ministro. Puede decir lo que dice por el mantenimiento de los subsidios, por las satisfacciones populistas que encara Mauricio Macri y porque en la vereda política de enfrente no hay unidad, ni candidato, ni organización de ninguna naturaleza. El peronismo es una bolsa de gatos. Y no hay otra cosa.



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