Todo comenzó con una carta de lectores a los senadores de la Nación, a propósito del debate sobre la legalización del aborto, con el título “No es solución”. Más de nueve mil personas adhirieron. Una de ellas me convocó al Encuentro Nacional de Mujeres en Trelew. Y no sé bien cómo, cuándo ni por qué acepté esta invitación. Y allí fui, sola.

Fue una de las experiencias más fuertes, más ricas e inolvidables de mi vida. No tengo palabras para agradecer la calidez con la que fui recibida. Lo mismo me contaron las 50 mujeres con las que me encontré allá defendiendo la vida desde su concepción. Agradezco a los vecinos que se ofrecieron a recibirnos en sus casas sin saber quiénes éramos. A la policía, hombres y mujeres, que nos cuidaron y protegieron. A los bomberos que también estuvieron a nuestro lado en los momentos más duros. Al párroco y a los sacerdotes que nos dieron ánimo para trabajar en pos de la unidad y de la paz.

Estos encuentros deberían ser espacios donde mujeres de todo el país, sin importar su condición social, económica ni religiosa, se reuniesen para poner sobre la mesa lo que cada una siente, piensa y vive. Digo deberían porque en realidad no fue así. Al menos en este, mi primer encuentro.

Participé en el taller de aborto y anticoncepción donde se habló mucho de la educación sexual en las escuelas, algo muy saludable, si lo que se quisiera transmitir fuese algo sano y coherente con el pensar de los padres, que al final de cuentas somos los primeros educadores de nuestros hijos.

En mi taller éramos alrededor de 50 las ahí reunidas, hablando y compartiendo distintas miradas y posturas, en un respeto absoluto. Hasta que llegaron unas diez muchachas, y luego otras ocho, militantes todas del PCR. Entraron sin permiso, portando banderas políticas, cosa que estaba prohibida. Interrumpieron el normal desarrollo del taller, violentando a todas las ahí presentes. No respetaban las normas del encuentro.

Desafiantes, descalificadoras, groseras. Eso es lo que ellas nos querían mostrar. Pero yo, como casi todas las mujeres con las que hablé después, vi en ellas chicas lastimadas, con profundas heridas de amor. Las miramos desde el corazón de madres, hermanas, abuelas. Las abrazamos desde nuestro lugar, y lo más fuerte fue descubrir que todas estábamos rezando en silencio por ellas.

Hubo testimonios muy valientes de quienes habían abortado, de quienes habían colaborado a realizar un aborto, de chicas que se sintieron muy agredidas y atacadas por defender la vida desde su concepción, de madres y chicas con algún hijo o hermano con alguna capacidad diferente… Fue un grupo maravilloso.

Terminamos los talleres el domingo por la tarde y quedamos en encontrarnos en la parroquia para rezar y agradecer por la rica experiencia vivida.

Y ahí estábamos cuando llegaron a quemar la iglesia. No fueron todas pero bastó para empañar el encuentro.

El Santísimo expuesto. Hombres rezando con nosotras. Policías y bomberos cuidándonos.

Fue ahí que descubrí el sentido de estar en común unión. Rezamos sin parar. Y yo pensaba en Male, Inés, Ayelén y Belén. Y cuando tuve miedo, pedí especialmente por ellas.

Hoy, agradezco la experiencia allí vivida. Salí más fortalecida y con más ganas de trabajar y defender la vida desde su concepción.

La autora es docente y fundadora de AMA (Asociación de Mujeres Argentinas).



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