Nunca perdió la conciencia por eso recuerda hasta los detalles del accidente: el humo negro que le bloqueó la vista en la ruta, los 30.000 kilos de carga que le impidieron frenar, el estruendo del choque. Hay, también, otro recuerdo: la convicción, durante las cinco horas que esperó despierto a que lo sacaran de entre los fierros fruncidos, de que sus piernas estaban bien.

“Se puso todo negro, como si me hubieran vendado los ojos”, cuenta a Infobae Matías Forte, que en ese entonces era chofer de camión y tenía 33 años. Era 2008 y las consecuencias de la quema de pastizales (para favorecer el rebrote de pasturas aptas para el ganado) eran dramáticas: los accidentes por el humo espeso en las rutas eran cada vez más frecuentes.

Matías venía desde Concordia, Entre Ríos, con una carga de 30.000 kilos de arroz. Era la 1.30 de la madrugada, él manejaba el camión Ford cargo y lo acompañaba otro chofer: el plan era llegar al puerto de Buenos Aires. “Vi las luces de los dos camiones que habían chocado adelante cuando ya los tenía al lado. Clavé los frenos pero no sirvió para nada, la inercia de la carga hizo que siguiéramos derrapando: pensé que el camión no iba a parar nunca“.

Vio todo, como si fuera una película: “Estallaban los vidrios, los celulares volaban, mi compañero estaba inconsciente en el asiento de al lado”. Matías quedó acostado cuando alguien abrió su puerta: “Yo quería que me sacaran de ahí y volver a casa. Les pedía que buscaran mis llaves para poder entrar a casa sin despertar a mi familia”. En su casa, en Avellaneda, lo esperaban su esposa y sus dos hijas: Valentina, de 5 años, y Catalina, de 4 meses.

“Pero cuando me tiraron de los brazos sentí un dolor fuerte en la cintura y les pedí que me dejaran”. Los sacaron los bomberos, después de lograr cortar el techo del camión, cerca del amanecer. Desde la ambulancia hicieron un llamado al peaje que a Matías le ayudó a tomar dimensión: iban a ir al hospital de Zárate en contramano, pedían que cortaran inmediatamente el tránsito en la autopista.

Cuando sus familiares llegaron, fueron claros: “A mi mamá le dijeron que iban a trasladarme a Capital pero que antes me tenían que hacer una transfusión porque si no me moría en el camino“. Matías tenía, entre otras cosas, fractura de pelvis y fractura de tibia y peroné expuestas de ambas piernas. Estuvo 7 meses internado, el objetivo era “salvarme las piernas”.

Fueron 41 operaciones a lo largo de los 2 años y medio que siguieron. “Hasta que un día vino el médico y me dijo ‘no tengo más nada que hacer’. Yo ya sabía lo que significaba eso”. Lo que seguía era la amputación. 

El nuevo cirujano traumatológico convirtió el drama en esperanza: si amputaban, ponían una prótesis y hacían una nueva cirugía para enderezar el pie de la otra, podía dejar la silla de ruedas y volver a caminar. Tenía 35 años y acaba de separarse cuando le amputaron la pierna izquierda. A su compañero, el que viajaba con él en el camión, también habían tenido que amputarle una pierna dos semanas después del accidente.

“Tuve que volver a aprender a caminar”, cuenta. A sus hijas les dio la sorpresa: las pasó a buscar para ir a pasear al shopping pero, en vez de esperar sentado a que la más grande le alcanzara la silla de ruedas del baúl, abrió la puerta del auto y se paró. Las nenas quedaron fascinadas. La más chica no conocía a su papá de pie. 

Pero mientras la prótesis funcionaba bien, en la pierna derecha empezaron a aparecer úlceras. “Eso me hacía retroceder, caminaba tres meses y pasaba los 3 siguientes en silla de ruedas. Vivía tomando remedios para calmar el dolor o para evitar infecciones”, cuenta. Hasta que un día, se cansó y fue a hablar con el fisiatra, el traumatólogo y la kinesióloga. Les dijo:

– “Me quiero amputar la otra pierna, ¿estoy bien o estoy loco?”.

Los tres coincidieron: no era una locura. Con las dos prótesis iba a poder caminar bien. “Fue la decisión más difícil que tomé en mi vida. Fue muy doloroso entrar al quirófano pero yo sabía que era lo mejor”. Siguieron dos horas por día de rehabilitación para ganar fuerza, bicicleta, caminata en la cinta, cada vez a mayor velocidad, trote. La línea que bajaban los médicos era clara: hacer deporte, no dejarse estar.

Fue en ese contexto que Matías conoció a un grupo de “gente como yo que jugaba al tenis”. Personas que habían sufrido la amputación de brazos, pies o piernas o tenían alguna discapacidad motriz y jugaban al tenis de pie: colegas inesperados que terminaron siendo su grupo de pertenencia.

Con ellos formó la Asociación de Tenis Adaptado de Pie (TAP). Son 15 las personas en Argentina que juegan al tenis de esta manera. Y el sábado 8 de diciembre -en el marco del Día Internacional de las Personas con Discapacidad- harán una exhibición en el Polideportivo Club Atlético Vélez Sarsfield para quienes quieran verlos en acción.

La idea es mostrar los beneficios del deporte para la reinserción social y motivar a otras personas con discapacidad a sumarse. Matías y muchos de sus compañeros entrenan en shorts, sin la parte cosmética que disimula la prótesis.

“Es que no tengo nada que esconder, delante de mis hijas anduve siempre en bermudas”, se despide. “A veces me dicen: ‘Papá, ¡Cómo te mira la gente!’. Pero la gente que me mira después me dice ‘qué fuerza de voluntad tenés’, ‘qué valiente’, y no me parece mal que ellas vean eso de su papá”.

No sólo ellas ven una fuerza superior: al lado de donde entrenan hay un jardín de infantes. A veces los chicos se asoman y los deportistas amputados escuchan sus diálogos: “¡Miren a los robots como juegan al tenis!”.



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