Las parejas, como todo organismo vivo, pasan por momentos de crisis. A veces, éstas son tan fuertes que parece que será imposible superarlas. Discusiones, peleas, agresiones, mal humor, irritación constante e imposibilidad de compartir un buen momento en paz hacen que la pareja se desgaste y entre en un círculo vicioso que solo empeora cada vez más las cosas y debilita el vínculo de manera creciente.

Es muy frecuente escuchar quejas tales como: “Con ella no puedo hablar, porque en cuanto nos sentamos a conversar, comenzamos a gritar” o “con él es imposible entablar un diálogo porque parece sordo: mis palabras no le llegan y termino con la sensación de que estoy hablando sola”. Cuando esta instancia comienza a prolongarse en el tiempo, se naturaliza y la pareja termina por creer que ha perdido definitivamente el sendero que la llevaba al entendimiento mutuo, al buen trato y a la estimulación positiva del otro.

En esta instancia, el respeto mutuo y el propio parecen haberse perdido para siempre. Llegado este punto, la insatisfacción creciente pone a ambos integrantes de la relación ante una disyuntiva: resignarse a perder la calidad afectiva o dar un paso que nunca hubieran querido dar, y terminar la pareja.

Hay crisis que producen incomunicación y hacen que, cuanto más se esfuerzan ambos miembros de la relación en revertirla, más frustrados se sienten en su intento. ¿Por qué? Porque en una pareja existen crisis bloqueadoras de la comunicación que hacen que no quede otra alternativa viable que separarse o vivir dolorosamente en silencio. La frustración reiterada solo contribuye aún más a agravar el conflicto.

Pero no todo está perdido. En estos casos –como en muchos otros– la psicoterapia de pareja es el instrumento más idóneo para resolver el problema. Muchas parejas creen que si ellas mismas no han podido solucionar sus problemas, menos podrá hacerlo alguien extraño. Pero se equivocan. Un psicoterapeuta tiene los medios para lograr cambiar el circuito de la comunicación, es decir, para destrabar el mecanismo vicioso y establecer un nuevo circuito que haga posible el entendimiento.

¿Cómo actúa?

Es bien sabido que si siempre se repite un mismo mecanismo, los resultados serán siempre los mismos. ¿Por qué esperar entonces que, mágicamente, un día surja de los gritos y las agresiones algo más que gritos y agresiones? El psicoterapeuta es alguien capaz de mediar en el conflicto y de encaminar el diálogo por otros carriles todavía no transitados. Su rol resulta más fácil de entender si lo trasladamos al ámbito de la Justicia: cuando dos partes están en litigio y el diálogo parece imposible, aparece la figura del mediador. Puede tratarse de un abogado, por ejemplo, que hable en nombre de su representado sin la carga afectiva que su representado tiene. Si se da un conflicto entre empleado y empleador, es más que seguro que el encono de ambas partes impedirá que lleguen a un acuerdo. En esta instancia, la figura del mediador es imprescindible para llegar a un acuerdo.

Algo similar sucede en la pareja. Cuando ésta entra en un loop comunicacional -un nudo comunicacional- y se repite siempre el mismo mecanismo como una computadora que se ha tildado, no queda otra alternativa que nombrar a alguien neutral que destrabe el problema.

Mi experiencia como terapeuta de pareja me permite afirmar que, en la mayoría de los casos, una vez reencauzado el diálogo por un nuevo circuito comunicativo, la dupla amorosa se redescubre, recobra la calma perdida, es capaz de hacer un balance más objetivo y, por lo tanto, más positivo de la relación y ambos integrantes vuelven a elegirse cuando ya todo parecía perdido.

Tips para restablecer la comunicación

– Recordar que una crisis es también una oportunidad. En el caso de las parejas, se trata de una oportunidad para renovar su contrato amoroso del mismo modo que a veces se renuevan los votos religiosos. Si logran atravesar esta etapa de manera positiva con la ayuda de la psicoterapia, ambos integrantes saldrán de ella con mayor madurez emocional, lo que redundará en beneficio de la relación.

– Desengañarse. Si siempre se procede de la misma manera, siempre se va a lograr el mismo resultado. Cuando el diálogo no es posible, buscar otras alternativas que las puede dar un terapeuta de pareja.

– Tener siempre en cuenta que cuando existe un problema serio, lo peor que se puede hacer es no intentar solucionarlo recurriendo a la persona idónea.

– Tratar de desterrar la visión un tanto mercantilista que existe en estos tiempos acerca de las relaciones humanas: no pensar en recibir. En el terreno afectivo, se recibe más cuanto más se da.

– Bajar el nivel de omnipotencia. No siempre es posible resolver los propios problemas sin ayuda. Desechar la arraigada teoría de que nadie mejor que uno para resolver los propios conflictos. Precisamente cuando uno está muy involucrados en ellos, no se tiene la distancia suficiente para mirarlos con más objetividad.

– No bajar los brazos. Incluso de los problemas más profundos es posible salir a flote. Y no confiar en que solo el tiempo solucionará las cosas. Si realmente se desea salvar la pareja, hay que poner manos a la obra.

– Evitar la desesperación. Saber que es lógico, posible y recomendable recibir ayuda profesional es un primer paso para comenzar a sentirse mejor.

– Tener en cuenta que para solucionar las crisis no basta con la buena voluntad de quienes la padecen. También hay que saber cómo hacerlo, es decir, hay que tener los conocimientos técnicos que posee un profesional de la psicología.

– Convencerse a uno mismo. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario, de madurez emocional.

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