El presidente Mauricio Macri

Ni buena imagen, ni militancia, ni bolsos con dólares, ni cuadernos: hoy las encuestas están indicando que las elecciones presidenciales de 2019 podrían sintetizarse en un “mandato”: expectativas económicas. Hoy el gobierno del presidente Mauricio Macri está reprobando esa materia, pero podría tener una oportunidad para recursar y aprobar en marzo, que es cuando realmente importa, cuando empieza el año electoral.

Mandato electoral es un término emparentado con el mandato que ganan los “mandatarios” que resultan electos para gobernar o legislar. Pero los consultores de comunicación política lo usan para tratar de explicar otra cosa: para qué votan a determinado gobernante.

Relevamiento de Synopsis sobre la situación económica

A veces los consultores macanean con el mandato: cuando la economía no marcha, te dicen que el “mandato” era más bien ético y moral. Y cuando la economía funciona, pero hay mucha corrupción, te dicen que el mandato era más bien económico, y la corrupción importa poco.

En realidad, es un “verso”: los votantes van variando la proporción de los contenidos del mandato, según las circunstancias generales y personales. No existe el mandato único.

La última encuesta de Synopsis vuelve a mostrar que las expectativas económicas de los argentinos están hoy por el piso: solo el 25 por ciento cree que el año que viene vamos a estar mejor económicamente como país, y apenas el 17 por ciento cree que le va a ir bien personalmente en lo económico: las expectativas más negativas desde que Mauricio Macri asumió la presidencia. La nueva corrida contra el peso de la semana pasada fue muy tóxica para la imagen del gobierno.

En comparación, en octubre de 2017, cuando Cambiemos logró revalidar su mandato con una buena elección legislativa de medio término, las expectativas estaban invertidas: el 43% creía que al país le iba a ir mejor. Los cálculos dan que, a nivel nacional, ese fue el porcentaje que votó por las diversas listas de Cambiemos.

¿Cómo juegan el “cuadernogate” en la opinión pública en este contexto? Solo el 17% cambió de opinión sobre su apreciación de Cristina Kirchner, y aun después de las revelaciones de los cuadernos y el desfile de arrepentidos ante la Justicia siguió bajando la intención de voto por el oficialismo de 35 a 32 por ciento. Hoy la intención de voto por un candidato opositor es mayoritaria, y, en un ballotage, el oficialismo solo le podría ganar a Cristina Kirchner.

Pero si en marzo, cuando empiece un año electoral muy adelantado, con docenas de elecciones provinciales y municipales anticipadas, la economía vuelve a crecer, y la inflación baja, podríamos terminar esta columna aquí.
¿Pero qué pasa si eso no sucede? Si las expectativas negativas contribuyen a lo que los economistas llaman la “profecía autocumplida” y retroalimentan un círculo vicioso recesivo hasta que se defina la elección, en octubre o noviembre de 2019?

Para entender mejor, tenemos a la consultora Isonomía, fundada por Pablo Knopoff, y que además de ser una de las mejores encuestadoras argentinas “for export” (trabaja en toda América latina, y hasta en Europa y Africa), desarrolló una teoría que se está popularizando en el mundo de la política: la del Primer Metro Cuadrado. Es muy simple: el primer metro cuadrado de las personas son sus intereses, preocupaciones y anhelos personales. El 60 por ciento de ese primer metro cuadrado (o, si se quiere, 60 centímetros cuadrados, de los 100) se componen de temas relacionados con la economía: trabajo, consumo, vivienda, ahorro.

La encuesta de Synopsis, una de las primeras creíbles que circuló luego de estallar el “Cuadernogate”, indica que inflación y desempleo se llevan hoy el 55 por ciento de las preocupaciones de la opinión pública. La corrupción creció al 20 por ciento y la gana incluso a la inseguridad. Todo un dato. Pero es la tercera parte de lo que se llevan los temas económicos. Al gobierno del presidente Mauricio Macri hoy no le está yendo bien satisfaciendo esas demandas. Pero las expectativas y el mandato son regenerables.

El problema que tiene hoy el gobierno que le agrava las bajísimas expectativas económicas se debe a que se instaló una agenda muy depresiva en la opinión pública que precisa cambiar urgente: inflación, dólar, tasas, lebacs, recesión y, por único “plan”, cumplir con las metas fiscales comprometidas con el FMI.

¿Y por qué no presentar ese plan económico integral con reformas estructurales que garanticen resolver el problema de fondo de la Argentina y cambiar la agenda y mejorar las expectativas?

Aquí, un minuto de debate sobre teoría de comunicación de gestión pública. Cortito: el grueso de los comunicólogos sostiene un viejo mantra que reza que la comunicación debe ir siempre detrás de la gestión y la política, y que comunicar antes de la gestión es imposible o no sirve.

Se escribieron muchos libros sobre eso, y es algo así como el debate entre el huevo y la gallina de la comunicación política: en la campaña se promete, en la gestión se cumple. Punto.

¿Pero qué puede hacer un gobierno que heredó un desastre económico de proporciones bíblicas y no tiene mayoría propia en el Congreso para imponer las leyes necesarias para resolver el problema de fondo: un estado totalmente desproporcionado e infinanciable que ahoga al sector privado y genera inflación crónica?

Dos opciones: un Pacto de la Moncloa, en referencia a los pactos entre todos los partidos políticos, empresas y sindicatos que permitieron a España en los 70 volverse un país desarrollado, o hacer un pacto con la opinión pública que presione al Congreso, los sindicatos y las empresas a aceptar las propuestas del gobierno.

En este caso tendría que colocar la comunicación delante de la gestión.
El Gobierno tuvo una prueba de cómo se logra eso con el debate en torno al aborto. Para un lado, primero, para el otro, después: la opinión pública movió a la política.

Ese plan económico integral y de largo plazo, que en realidad faltó en el arranque de la gestión de Mauricio Macri, aun sobre el final de su mandato, podría regenerar las expectativas y derribar la percepción de la opinión pública -que coincide con la de los mercados- de que el gobierno va corriendo detrás de los acontecimientos y va gestionando con prueba y error permanentemente.

Además ese plan económico contribuiría a despejar la imagen que trata de imponer la oposición de que el único plan es el FMI, y que el Gobierno no tiene ideas propias para resolver el problema de fondo de la Argentina.

¿Es difícil reconocer ahora que faltó un plan menos gradual, que fuera al hueso con el problema del gigantesco gasto público, la carga impositiva asfixiante y los costos y riesgos laborales impagables para las Pymes?

Mauricio Macri ha demostrado que su gobierno no tiene inconvenientes con lanzar medidas y luego retractarse e incluso pedir disculpas. Sus comunicadores ya descubrieron que la opinión pública prefiere un líder que sabe a dónde va, pero que no tiene ningún problema en perdonarle a otro que se equivoca el rumbo, admite y corrige. Nadie espera ya líderes infalibles que no se equivocan nunca y que se deben hundir con el barco, si encallaron.

Más de un político objetará que no tiene sentido conseguir hoy el aval de la opinión pública para ese plan económico, por más fácil que le resulte al Gobierno obtenerlo con una buena estrategia de comunicación y la enorme cantidad de recursos comunicacionales desaprovechados que tiene a su disposición: el peronismo en el Congreso y los sindicatos no le aprobarían nada en medio de la debilidad política actual, la grieta cada vez más acentuada y apenas un año antes de las elecciones presidenciales.

Y a esta altura, llamémoslo “ocupar el Primer Metro Cuadrado” o colocar a la comunicación por una vez delante de la gestión.

Se trata de empezar a cambiar la agenda económica depresiva que hunde las expectativas.

¿Cómo se hace? Lanzándolo y poniendo a los economistas a debatirlo en los medios y redes sociales. No hay país en el planeta con tantos economistas-panelistas. El debate económico en Argentina es pasional. Es lo más parecido al fútbol: algo que a los asesores de comunicación del gobierno siempre les costó entender.

En la doctrina de Durán Barba, los temas económicos son exclusividad del círculo rojo de no más de 4% de la población. Pero el rating de los programas políticos y numerosas encuestas demostrado que esto no es así.

La crónica inestabilidad política y económica de 80 años de la Argentina han vuelto a los argentinos uno de los pueblos más politizados del mundo.

Tiene razón el que alguna vez dijo que la Argentina tiene 44 millones de directores técnicos de futbol y ministros de Economía.

El Gobierno solo puede ganar en ese debate y culpar a la tozudez del peronismo por no poder ejecutarlo antes de las elecciones. Aquí le juegan a favor los cuadernos: ese peronismo está cada vez más desprestigiado y la muy probable negativa a ejecutar un plan económico que resuelva el problema de fondo del país le puede servir al gobierno para tener un argumento más para arrinconarlo.

Ese plan no solo daría argumentos frescos a mucha gente para volver a creer en Cambiemos. También contribuiría sustancialmente a despejar las dudas de inversores y consumidores, de manera de acelerar la recuperación de la economía antes de que la marcha del año electoral sea irreversible para la suerte de Cambiemos.

Uno de los mayores consultores de campaña electoral de la historia, James Carville, puso a su equipo de redactores de discurso durante la campaña presidencial de Bill Clinton el famoso cartelito que decía: “Es la economía, estúpido”. Hoy eso sería un plan económico, estúpido.

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