Rufino Varela, en los estudios de Infobae

“El Newman planea cambiar el tradicional escudo del león rampante y agregarle una corona en honor al presidente electo, ex alumno del colegio”. Rufino Varela (54) leyó la noticia en noviembre de 2015, pocos días después de que Mauricio Macri venciera en las elecciones a Daniel Scioli. Por primera vez en la historia del país, llegaba a la Casa Rosada un egresado de la educación privada, que hizo el secundario en aquella institución tradicional de la localidad de San Isidro. De origen irlandés, católico, sólo para varones y propiedad de la Congregación de los Hermanos Cristianos, el Colegio Cardenal Newman celebraba que uno de sus ex alumnos se convirtiera en el primer mandatario del país.

Rufino, que también pasó por las aulas del Newman, vivió inquieto esos días. Vio que la institución quería celebrar que uno de sus egresados llegara a la presidencia mostrando todos sus pergaminos, aunque eso significara contar sólo una parte de la historia. En el caso de Rufino, se trataba de algo que marcó su vida, un lugar que le recordaba al infierno que vivió cuando era apenas un niño.

Rufino Varela, con el uniforme del colegio Cardenal Newman, durante su primera comunión
Rufino Varela, con el uniforme del colegio Cardenal Newman, durante su primera comunión

En paralelo, la institución empezó a estar en boca de todos porque varios miembros del Gabinete que acompañaría al presidente electo, así como personalidades que ocuparían lugares de poder, habían pasado por sus aulas. Los medios hablaron de los “Newman Boys” y señalaron al economista Alfonso de Prat Gay, a Rogelio Frigerio, a José Torello y al “hermano de la vida” de Macri, en empresario Nicolás Caputo, entre otros, como algunos de los personajes que se habían educado en el edificio de la calle Eliseo Reclus, en Boulogne, San Isidro.

Rufino Varela acepta que en el Cardenal Newman estuvieron los mejores años de su vida (“los del equipo invencible de rugby, los de las visitas a la casa de las cinco esquinas de uno de mis compañeros y los de las primeras novias, tan importante”), pero también afirma que en ese lugar se levantaba el templo donde se escondían sus peores fantasmas.

Allí estaba la capilla que no pudo volver a pisar hasta los 40 años. La sacristía y la llama colorada del cuerpo presente de Jesús. También el recuerdo de aquella mañana en al que acudió al padre Alfredo, el hombre más misterioso y carismático que caminaba esos pasillos: “El padre Alfredo era grandote, robusto y usaba unos anteojos verdes cada año más gruesos, como de carey. Era un tipo que tenía muy feo olor, olía a transpiración. Y tenía una particularidad: en sus misas contaba unas historias increíbles, cuentos de guerra, situaciones de trinchera. Para un chico de once, doce años, un representante de Dios, todo vestido de negro, que te contaba esos cuentos alucinantes, era un ídolo, un referente que te emocionaba”, recuerda Rufino.

“Si la institución sigue pensando el escudo y poner una corona dorada, creo que antes deberían agregar un látigo o una corona de espinas en recuerdo de las aberraciones cometidas en el colegio muchos años atrás”, escribió Rufino en un mensaje a las autoridades del Newman
“Si la institución sigue pensando el escudo y poner una corona dorada, creo que antes deberían agregar un látigo o una corona de espinas en recuerdo de las aberraciones cometidas en el colegio muchos años atrás”, escribió Rufino en un mensaje a las autoridades del Newman

En 1977 Rufino Varela tenía 12 años y cursaba séptimo grado en el Instituto Cardenal Newman. Por eso días, sufría un problema tan grave en su casa que no se lo podía contar a su madre ni a su padre. ¿En quién iba a confiar más que en el sobre protector padre Alfredo?

“Lo encaré en el recreo, se agachó, me acercó el oído para escucharme y me puso la mano en el hombro. ¿Y qué siente un chico de 12 años? Protección total. Voy donde quieras, te sigo hasta el fin del mundo. La capilla era muy linda, recuerdo la luz de la sacristía roja… entonces me dice: ‘vamos a un lugar más tranquilo’. Y me lleva a la puerta de atrás del altar por una escalerita que bajaba a una puerta corrediza. Era un cuarto muy chiquito donde había una tele. Eso es inolvidable, un filtro, una pantalla azul, una cama, una silla y una bolsa de caramelos masticables“, detalla Rufino en la redacción de Infobae.

El padre Alfredo era grandote, robusto y usaba unos anteojos verdes cada año más gruesos, como de carey. Era un tipo que tenía muy feo olor, olía a transpiración. Y tenía una particularidad: en sus misas contaba unas historias increíbles, cuentos de guerra, situaciones de trinchera. Para un chico de once, doce años, un representante de Dios, todo vestido de negro, que te contaba esos cuentos alucinantes, era un ídolo, un referente que te emocionaba

Rufo, como le dicen sus más cercanos, trata de poner en palabras lo que guardó por más de cuarenta años. Describe la foto de su comunión y analiza: “Era el más bajito de mis compañeros”. El blazer oscuro, los pantalones cortos y su cara que denota la inocencia más pura. Y se da cuenta de la desprotección total que vivía él y al menos 23 chicos más que con el tiempo le confesarían haber sido abusados. “No entra en la cabeza el nivel de perversión de estos tipos. ¿Entendés que se excitaban con esos chiquitos? Pero no puedo culpar a mis padres ni a nadie. Nadie pensaba que podía suceder semejante cosa”, piensa en voz alta.

Rufino va y viene en los recuerdos. Entra en su infancia, mezcla situaciones y trata de explicar la diversidad en la que se crió con sus amigos de familias acomodadas de San Isidro y los del barrio con los que se metía en un basural a jugar. Todo, hasta regresar –otra vez, como lo hizo en los últimos cuarenta años– al cuarto del padre Alfredo. Entonces continúa con la parte más cruda de su historia: “No hace falta llegar al morbo, saber si me manoseó mucho o poco, o si me masturbó… Con decir que me llevó por la escalera a su cuarto y me pidió que me desnudara, debería ser suficiente”. Y, solo, vuelve a avanzar: “No hace falta decir mucho más… me desnudó en su cama y me pegó diez cinturonazos. Siempre digo diez pero quizá fueron cinco o veinte… ¿Qué hice? Me quedé petrificado porque el que te está pegando es Dios. Y pensás: ‘Dios, por qué me hacés esto’. Estás en un cuarto subterráneo, donde apenas se ve a la altura del pasto, con un tipo que te apoya la almohada y te traba con la mano. De golpe sentís que te hace algo, no importa qué, y después te quema las nalgas. Y, en un momento, como si se hubiera transformado te dice: ‘Vestite rápido, esto no se lo contás a nadie, es un secreto entre vos y Dios, estás en paz'”.

Cuando Rufino quiso contarle las aberraciones que sufría en su casa a uno de los sacerdotes del colegio, el religioso lo llevó a su cuarto y abusó de él
Cuando Rufino quiso contarle las aberraciones que sufría en su casa a uno de los sacerdotes del colegio, el religioso lo llevó a su cuarto y abusó de él

El padre Alfredo sacó la mano de encima de Rufo y le ofreció caramelos. Había una bolsa grande, algo que a Varela siempre le hizo pensar en la cantidad de víctimas que habría tenido ese cura. Cuando se sintió liberado, Rufino le tiró un codazo y salió corriendo. Subió las escaleras temblando y con un nudo en el pecho. También las subió sintiendo que ahora tenía otro secreto más. Y que nunca más en su vida iba a poder confiar en nadie.

EL SECRETO QUE QUERÍA CONTAR

Rufino recuerda su niñez de una manera muy romántica. La primera infancia, en la casa de sus abuelos paternos. Al refinado Tata, coleccionista de antigüedades, y a Lela tejiendo. El dulce de guayaba, las sopas, los olores de aquella casa gigante y los viajes en bicicleta hasta el colegio en San Isidro. También el contraste de la siguiente etapa, cuando se mudaron con su familia a una pequeña vivienda en Don Torcuato: “Era una cajita de zapatos al lado de la casa donde vivíamos. Calles de tierra con cunetas de aguas verdes repletas de ranas”.

Según cuenta Varela, por esa casa que construyeron en lo que era una zona de viveros pasaron decenas de albañiles pero hubo uno que logró meterse en la familia. “Se llamaba José y era un chico de unos 16 años con una historia muy dura. Mi papá lo adoptó como uno de la familia y lo trajo de casero”.

Desde muy pequeño, Rufino fue abusado por un casero que cuidaba la casa de su familia
Desde muy pequeño, Rufino fue abusado por un casero que cuidaba la casa de su familia

José le enseñó a hacer asados a Rufo, lo llevó a pescar por primera vez y no tardó en convertirse en su ídolo. “Me acuerdo el día que lo vi volver con el uniforme de la colimba, era lo más. Me cuidaba, me protegía hasta que un día le pidió permiso a mi mamá y nos fuimos de camping. Sacamos unos peces, los comimos a la parrilla, llegó la noche y nos fuimos a dormir. Pero esa noche me desperté con José arriba mío”.

Desde ese momento, Rufino empezó a sufrir los abusos y las amenazas de un pervertido, el primero que se cruzó en su vida. “Y lo que siguió fue una tortura: pasó una vez, se repitió dos, tres, cuatro veces en distintos lugares. Y comenzó una dominación perversa: aún con su ignorancia y falta de información, José sabía muy bien por dónde manipularme. Con la vergüenza: me decía que no iba a poder jugar más al rugby, ‘imaginate si se entera tu papá cómo va a quedar delante de todo el mundo'”, recuerda Rufino.

Me quedé petrificado porque el que te está pegando es Dios. Y pensás: ‘Dios, ¿por qué me hacés esto?’. Estás en un cuarto subterráneo, donde apenas se ve a la altura del pasto, con un tipo que te apoya la almohada y te traba con la mano. De golpe sentís que te hace algo, no importa qué, y después te quema las nalgas. Y, en un momento, como si se hubiera transformado te dice: ‘Vestite rápido, esto no se lo contás a nadie, es un secreto entre vos y Dios, estás en paz’

Mientras se ganaba el cariño de Martha Elena y Florencio Manuel, los padres de los siete hermanos Varela, José acentuaba el dominio sobre el chico. “Se metió en mi familia a tal punto que mi padre le consiguió un trabajo en el Instituto para ciegos Román Rosell. Lo increíble es que seguía abusando de mí pero yo no podía dejar de idolatrarlo”, nos cuenta el hombre más de cuarenta años después.

“Newman. Un colegio, los abusos y los límites del encubrimiento” (Editorial Planeta) es el libro en el que Varela cuenta el infierno que vivió en su infancia
“Newman. Un colegio, los abusos y los límites del encubrimiento” (Editorial Planeta) es el libro en el que Varela cuenta el infierno que vivió en su infancia

Un día José invitó a Rufino a una Olimpíadas para Ciegos. “Él manejaba la caldera, que hoy sigue estando en el mismo lugar… (Describe Rufino y se le quiebra a la voz)… debajo de una chimenea. Pasamos una puerta azul y ahí fue la primera vez que me abusó“.

Lo paradójico de esto es que Florencio Manuel Varela, el padre de Rufo, era juez de minoridad. Y en un momento llegó a asistir al Newman para asesorarlos por algunas versiones que hablaban de abusos. Nunca hubiera pensado que uno de los abusados era su hijo.

Rufino nunca le contó a su padre. Es que, el día en que tomó fuerza para hablar con el capellán del colegio (conocido como el padre Alfredo, aunque su verdadero nombre era Finnlugh Mac Conaister y pertenecía a la Congregación Pasionista), lejos de ayudarlo, el hombre de dios volvió a someterlo. Entonces, ya no tenía a quién recurrir.

Florencio Manuel Varela, el padre de Rufino, era juez de minoridad. Y en un momento llegó a asistir al Newman para asesorarlos por algunas versiones que hablaban de abusos. Nunca hubiera pensado que uno de los abusados era su hijo
Florencio Manuel Varela, el padre de Rufino, era juez de minoridad. Y en un momento llegó a asistir al Newman para asesorarlos por algunas versiones que hablaban de abusos. Nunca hubiera pensado que uno de los abusados era su hijo

DESATANDO NUDOS

Rufino estuvo años sin poder pasar por Lynch, la calle lateral del Instituto Rosell, desde donde se ve la famosa chimenea. “Cuando pasaba por ahí, recordaba ese horno y sentía que había vivido mi propio Auschwitz“, le confesó al papa Francisco, el día en el el Sumo Pontífice que lo llamó para pedirle disculpas por lo que había sufrido a manos del padre Alfredo.

Tampoco podía mirar la cruz gigante que se levanta en el frente del Newman, quizá porque le recordaba a la que lucía el sacerdote que abusó de él. Y recién le pudo contar su historia a su mujer, Mariu, cuando ya llevaban 18 años de casados. “Ella y mis hijos, Camila y Matías, son mi gran sostén y los que me alentaron en todo este proceso”, cuenta Rufino que, desde que decidió denunciar públicamente el abuso que sufrió en el en el tradicional colegio comenzó a recibir amenazas (“que atribuyo a algún estúpido, ni al colegio ni a la iglesia”, sostiene) y se quedó sin trabajo: “Y no creo que vuelva a conseguir laburo, ¿quién me va a tomar después de esto?”, sostiene Varela, quien era dueño de una importadora que fundió en 2017 y hoy maneja un remise: “En el futuro me imagino viviendo de escribir cuentos. También me gustaría tener una fundación”.

“Mariu (su esposa) y mis hijos, Camila y Matías, son mi gran sostén y los que me alentaron en todo este proceso”, cuenta Rufino
“Mariu (su esposa) y mis hijos, Camila y Matías, son mi gran sostén y los que me alentaron en todo este proceso”, cuenta Rufino

Hace unos años, Rufino empezó a destrabar algunas cuestiones: “No quería ir a un psiquiatra, alguien que me medicara, lo fui trabajando solo. Hablé con representantes de todos los cultos, algún psicólogo pero tenía una negación que me impedía pasar por esos lugares“, apunta. “Un día me invitaron a un aniversario con los egresados del Newman y tuve que entrar a la capilla: ahí estaba estaba la puerta de la habitación de Alfredo. Y fue aliviador”, sigue Rufino, que más tarde se animó a mirar de frente la cruz y, por último, pasó por la calle Lynch: “Si no lo hacía me iba volver loco”, le explica a Infobae el hombre que acaba de contar su historia en el libro Newman, Un colegio, los abusos y los límites del encubrimiento (Editorial Planeta, 2019).

-¿Antes de hacer pública tu denuncia hablaste con las autoridades del Newman?

-Sí, en diciembre de 2015 me puse en contacto con ellos: “Si la institución sigue pensando el escudo y poner una corona dorada, creo que antes deberían agregar un látigo o una corona de espinas en recuerdo de las aberraciones cometidas en el colegio muchos años atrás”, les escribí. Me respondieron en mayo de 2016 y me dijeron: “Vos no estás en condiciones de ayudar, tenés que tratarte”. Me querían hacer pasar por loco y me tuvieron cinco meses de reunión en reunión. Ahí, con mi familia nos dimos cuenta de que lo único que les importaba era encubrir todo. Pero después de mi denuncia aparecieron 22 víctimas más. El colegio sólo reconoció a cinco y pidió disculpas cuando había explotado todo. El viernes pasado, cuando presenté el libro, conocí a la víctima 23. Sabés lo que es escuchar llorar como un chico a un hombre de cincuenta años que solo necesita un rato de atención.

“Lo único que quiero es ayudar. En la presentación me encontré con otra de las víctimas del Newman, el número 23. Nos vimos y supe quién era, no necesitamos hablar. Él no tuvo mi suerte, tuvo una vida más complicada. Este libro también demuestra eso: yo fui abusado y pude formar una familia, tener una vida normal, salir adelante”, afirma Varela
“Lo único que quiero es ayudar. En la presentación me encontré con otra de las víctimas del Newman, el número 23. Nos vimos y supe quién era, no necesitamos hablar. Él no tuvo mi suerte, tuvo una vida más complicada. Este libro también demuestra eso: yo fui abusado y pude formar una familia, tener una vida normal, salir adelante”, afirma Varela

-¿Sentiste apoyo en la charla con el papa Francisco?

-La primera vez que me llamó pensé que era una cargada y le corté porque en esos días me habían amenazado. Me vuelve a llamar y me dice: “Le pido perdón en nombre de la Iglesia”. Me preguntó cómo estaba, yo me sentía aturdido porque, a la semana de mi denuncia, recibí el llamado de 90 víctimas. “Usted es un eslabón de una cadena rota. Depende de usted el grosor y el largo de la cadena y desde qué lugar lo quiere hacer”. Me dejó helado, me quedé sin habla, estaba emocionado. En ese momento elegí creerle. Después, con los pocos avances que vi en tres años, tengo mis dudas.

-¿Qué querés que pase con tu libro?

-Yo quiero que se lea en las escuelas, lo lean los profesores y los gobernantes para que esto no vuelva a pasar. Lo único que quiero es ayudar. En la presentación me encontré con otra de las víctimas del Newman, el número 23. Nos vimos y supe quién era, no necesitamos hablar. Él no tuvo mi suerte, tuvo una vida más complicada. Este libro también demuestra eso: yo fui abusado y pude formar una familia, tener una vida normal, salir adelante. Y que tomemos conciencia: quizá el grande que tenés al lado fue abusado. O le está pasando al chiquito ahora mismo. Hay que tomar conciencia, le puede pasar a cualquiera.

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