La fecha lo merecía, eran varios actos, yo tenía invitación solo para uno, para los organizadores de los otros mi historia no debe de ser bien vista.

Fui a Tucumán sabiendo que era importante buscar una salida para la crisis del partido. Sabiendo también que coincidía con algunos pero no con todos, que en alguna medida, según mi mirada, superar al kirchnerismo de los Alperovich era un paso importante para intentar otro camino. Y el interior mantiene una lealtad política distinta a la Capital, y también al conurbano. Córdoba y Rosario son una cosa, Mendoza se les parece, zonas de clase media donde se alternan los gobernantes, donde no hay partido dominante. Tucumán es el norte, espacio donde la cultura es más fuerte, donde se percibe la unidad con el resto del continente. Donde no existe esa pretensión de ser Europa, una mezcla de sangres y de razas arraigadas a la tierra, una geografía que impone su peso en todos aquellos que la habitan. Junto con Salta sostienen una fuerte tradición, y una democracia vigente que los obliga a gobernar con aciertos o transitar la derrota.

En las últimas elecciones el PRO estuvo cerca del triunfo, el cristinismo de los Alperovich había dañado mucho al peronismo. Luego se cruzaron dos procesos, una mejora del oficialismo y los errores del gobierno nacional que lastimaron y mucho a los sectores humildes. Se rompió la dialéctica entre el kirchnerismo y el PRO, esa confrontación entre una izquierda falsa y una derecha real que nos invadieron en tiempos de crisis. No hablo de superaciones, solo de cambios que permiten imaginarlas. Esa confrontación que inventó Duran Barba para intentar parasitar la decadencia.

Fue una jornada de encuentros con muchos conocidos, muchos a los que no veía hace años. Una mezcla de militantes y burócratas, de luchadores y no tanto; hubo abrazos sentidos y miradas distantes pero no todo fue afecto: son años marcados por las diferencias.

Decidí nuevamente meterme entre la gente, caminé largo rato junto con ellos, como tantas otras veces, ese conjunto gregario y disperso, ese desorden donde algunos van mientras otros ya vuelven, familias y solitarios, como en los actos de antes, cada uno transitaba según su deseo. Y me asombraron los sulkys, los caballos, los tractores con acoplado, los camiones, todos los medios de transporte se desparramaban por ese espacio de campo.

No había euforia ni tampoco agresividad, era una marcha digna y respetuosa, era un pueblo cumpliendo su ritual de pertenencia a una causa, más allá de la misma coherencia de sus dirigentes. Yo caminaba más rápido, intentaba llegar al palco, no era fácil de lograr, habían comenzado los discursos y debía ocupar mi lugar. No era cuestión de jugar al distraído, participar implica hacerlo públicamente, más allá de que a algunos les guste o no, más allá de tantas críticas vigentes. Me pidieron fotos en el camino, no sufrí una sola agresión, las multitudes suelen ser respetuosas con los conocidos cuando las recorren en soledad. Y era pueblo en serio, no universitarios ni profesionales, era pueblo de ese que no recorremos muy seguido. Me acordé de tantos analistas políticos que nos dan cursos de “populismo” y de cuánto desprecio tiene este individualismo codicioso y de moda por todo aquello que expresa la conciencia colectiva, esa que diferencia a los pueblos de los consumidores.

Volví al palco donde tenía una silla a mi nombre, me costó entrar porque no era un acto de esos donde los grupos están definidos, controlados, esos donde la izquierda impone su reglas o la derecha sus cuidados. Era una multitud peronista, de esos que no se enamoraron nunca del imperio de turno, de esos cuya identidad no es una moda sino una forma de vida.

Las dirigencias pueden fallar, eso no altera la convicción de los pueblos. Guevara no podía hacer la revolución en Bolivia, ellos esperaban a su Evo Morales, y hoy son un ejemplo para el continente. Cuando hay patriotismo, las ideologías no alteran las costumbres. Los chinos son un ejemplo, pueden ser recorridos por el comunismo o el capitalismo, eso no altera su identidad. Lo mismo con los europeos o los rusos, con todos los pueblos que tienen definido su lugar en el mundo. En ese pueblo de la patria transitan las variantes de la historia, los errores de la dirigencia, de la aduana que siempre intenta sustituir lo que producen por lo importado. Este gobierno es un nuevo ejemplo donde los intermediarios se imponen a los productores.

Fui a Tucumán y estoy contento de haber ido y pude caminar en  medio de una zona donde la modernidad es tan solo lo pasajero, donde la identidad sigue tan firme como siempre, donde el gobierno y el cristinismo retroceden, y ese hecho me deja una cuota de esperanza.



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