(Fotobaires)
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En un potrero del Gran Buenos Aires, ante un partido improvisado, faltaba un jugador. Mi papá se acerca, y con mis recién estrenados 6 años me dice: “Vení, cuidá el arco”. Dejo la muñeca y lo hago.

Me siento gigante, pero el arco es enorme. Hago lo que puedo hasta que un pelotazo me estalla en la cara y comprendo definitivamente y para siempre de qué se trata el fútbol. Pasión y violencia.

El fútbol no tiene miramientos. Hay que jugar, hay que ganar y es lo único que importa.

Desde ahí una vida repleta de escenas: mi hermano de 15 años llorando desconsolado cuando San Lorenzo perdía una copa, mi hijo, el futbolero, gritando desgañitado ante goles del contrario y vociferando los propios de River, mi marido dirigiendo Boca desde el sofá del living y toda la horda de amigos tirando audios por Whatsapp. Y otra vez el recuerdo de mi papá moviendo los pies entre las sillas y la mesa como si pudiese cambiar el destino de la jugada.

El fútbol forma parte de nuestro ADN, nos guste o no, y los términos para significarlo son siempre de orden bélico y sexual: “Los vamos a matar, los vamos a c…”, pero siempre se trata de matar, morir y gozar. Eros y Thanatos, para Freud, dos pulsiones en permanente lucha creando tensión, tanto en el individuo como en las masas y la cultura como construcción mediando entre ambas.

Para Hannah Arendt, filósofa y teórica política alemana, la violencia es una forma de acción humana exenta de palabras y racionalidad, tanto cuando es ejercida por una como por una pluralidad de personas. Es, por tanto, una forma de acción sin motivo, ni discurso.

Tanto en las canchas de fútbol como en los tribuneros programas dedicados al análisis, esta concepción es clarísima y puede verse la subjetividad desde donde se opina y una vez más desde donde se goza.

Sea la Copa Libertadores o un partido del ascenso, el fútbol nos despierta eso, lo más arcaico en nosotros mismos, eso que aprendimos desde la cuna, eso que se puede gritar sin pudor parado en el paraavalancha o escuchando la radio. Eso mismo que nos hermana y nos enfrenta y nos hace profundamente humanos.

La autora es psicoanalista, presidenta de Aralma.



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