El Papa recibió el pasado viernes a los miembros de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios. La Orden fue creada por Joao Cidade Duarte, nacido en Portugal y crecido en Andalucía. Tuvo una vida ejemplar, de un amor incondicional, de una gran pasión por ayudar a los enfermos, de un incansable servir a los otros, por todo lo cual fue ungido santo. La Orden bien conocida en nuestro país hoy se encuentra expandida por el resto de América, Europa, África y parte de Asia.

El Papa habló con ellos y más adelante tomamos algunas de sus expresiones que nos servirán para adentrarnos en el pensamiento de Francisco sobre el amor incondicional. Ahora queremos hacer una reflexión que me permite comprender mejor la verdad, la belleza y el bien reunidos en la realidad del amor.

“La realidad es superior a la idea”

Vamos a hablar del amor y el amor es algo muy serio. No hablamos del amor de la novela rosa, tampoco del amor-nostalgia, ni del amor en general, ni de una teoría del amor. Partimos de pensar que solo el amor puede salvar al mundo del estado de escepticismo, de relativismo, de licuación de las relaciones, de disolución de la subjetividad del ser, del egoísmo individualista, de las muchas enfermedades psicológicas y sociales, de la soledad del solo, y de “la soledad de dos en compañía”. Del desamor. El amor misericordioso. Pero vayamos por el principio.

En esta sección de Infobae comentamos los cuatro principios sobre los cuales -como alguien dijo -Bergoglio cuelga su pensamiento: “el todo es superior a la parte y a la suma de las partes”; “la unidad es superior al conflicto”; “el tiempo es superior al espacio” y “la realidad es superior a la idea”. Este último nos ayuda a comprender que hay que diferenciar el mundo de las abstracciones, de los números, de las ideas, del mundo de la realidad, del comportamiento, del “pensamiento concreto”. Por eso creemos que Francisco es crítico de perderse en especulaciones y rechaza las ideologías que distorsionan la realidad.

El amor concreto

Enseña Bergoglio que el cristiano, en cuanto testigo, es como Nuestro Señor cuando aparece junto a los discípulos que huyen angustiados de Jerusalén después de su cruxificción. O como el Samaritano que asiste al herido “… se oculta, lleno de ternura, en esos pequeños gestos, de projimidad, donde toda la palabra está hecha carne: carne que se acerca y abraza, manos que tocan y vendan, que ungen con aceite y restañan con vino las heridas…carne que se acerca y acompaña, que escucha…manos que parten el pan” decía el Cardenal Bergoglio (Homilía del Arzobispo de Buenos Aires en la misa de clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia, Rosario, 8 de mayo de 2011).

En una más reciente conversación con al Padre Spadaro ya siendo Francisco, nos da una imagen más actual y oportuna para recordar al enfermero Joao Duarte: “a mí, la imagen que me viene (del cristiano-testigo) es la del enfermero, de la enfermera de un hospital: cura las heridas una a una, pero con sus manos. Dios se implica, se mete en nuestras miserias, se acerca a nuestras llagas y las cura con sus manos, y para tener manos está hecho el hombre. Es un trabajo personal de Jesús. Un hombre ha cometido el pecado, un hombre viene a curarlo. Cercanía. Dios no nos salva solo por un decreto, una ley; nos salva con ternura, nos salva con caricias, nos salva con su vida, por nosotros” (Papa Francisco, padre Antonio Spadaro Civilitá Católica 2013).

Una experiencia personal

Como soy oveja de su rebaño -acaso negra, a lo menos un tanto díscola -el hoy Santo Padre conoce mis graves pecados. Un día, en un breve encuentro en el atrio de una iglesia, me dio un abrazo diferente, apoyó su cabeza sobre mi hombro. En un instante impresionó mi alma, conmovió mi ser, calmó mis angustias, reconvirtió mi vida, redimió mis pecados. No había dignidades, cargos, honores, reproches, sermones, discursos, una desposesión absoluta. Pura bondad. Como la del enfermero que se acerca a nuestras llagas y las cura con sus manos. Doy fe y vienen al caso las referencias anteriores y mi experiencia personal porque paso a considerar algunas expresiones del Santo Padre de ayer en relación al amor incondicional.
Los pobres, el discernimiento y el amor samaritano

Las expresiones a que tomamos de las palabras del Papa ayer a los miembros de la Orden del San Juan de Dios son: a) “redes a favor de los más débiles, con atención particular a los enfermos pobres”; b) “Discernimiento” mirando el pasado, el presente y el futuro; y c) recordar “La parábola del Buen Samaritano”.
“…redes a favor de los más débiles, con atención particular a los enfermos pobres”
Los más débiles, los enfermos, los pobres son el signo de los tiempos, dice la Iglesia. El Papa ha reiterado que “las personas pobres y débiles son la ‘carne de Cristo’ que interpela a los cristianos de cualquier confesión, que los mueve a obrar sin intereses personales, siguiendo únicamente el impulso del Espíritu Santo … son los predilectos de Jesús, que quiso identificarse con las personas que sufren, sufriendo él mismo en su pasión” (Roma 1/10/2016).

Nuestra época está plagada de signos de los tiempos a través de los cuales se hace presente el Dios que salva la historia. Y se hace presente aún ante quienes no creen que haya resucitado. Y cuando hay grandes poderes en el mundo que como ahora quieren crucificarlo nuevamente expoliando a las naciones por la fuerza y arrebatándole los recursos que Dios creó.
El modo de involucramiento del buen cristiano

“…discernimiento” mirando el pasado, el presente y el futuro

El pontífice recordó en el encuentro que comentamos que “el discernimiento es una actitud fundamental en la vida de la Iglesia… Para ello, invitó a los concurrentes a discernir mirando al pasado, pasando por el presente y levantando la vista al futuro.”

El Santo Padre afirmó que el examen de conciencia radica en una dimensión histórica, por eso, les recordó que “mirando al pasado, el discernimiento lleva a la purificación de nuestra historia y de nuestro carisma, a separar el grano de la paja, a fijar nuestra atención en lo que es importante”.
Siguiendo las enseñanzas de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales de los que Francisco es un maestro, ante la realidad de los más necesitados tenemos que preguntarnos qué he hecho, qué hago y qué voy a hacer por Cristo, en ellos. En una traslación histórica debemos preguntarnos qué hacemos ante nuestros pobres para bajarlos de la cruz y que vamos a hacer para resucitarlos.
“…recordemos -dijo el Santo Padre -la Parábola del Buen Samaritano (o la categoría de la projimidad)

Un maestro o doctor de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerle a prueba le preguntó:
–Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jesús le contestó:
–¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?
El maestro de la ley respondió:
–’Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y ama a tu prójimo como a ti mismo.’
Jesús le dijo:
–Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida.
Pero el maestro de la ley, queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús:
–¿Y quién es mi prójimo?
Jesús le respondió:
–Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó fue asaltado por unos bandidos. Le quitaron hasta la ropa que llevaba puesta, le golpearon y se fueron dejándolo medio muerto. Casualmente pasó un sacerdote por aquel mismo camino, pero al ver al herido dio un rodeo y siguió adelante. Luego pasó por allí un levita, y al verlo dio también un rodeo y siguió adelante. Finalmente, un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, le vio y sintió compasión de él. Se le acercó, le curó las heridas con aceite y vino y se las vendó. Luego lo subió y lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, el samaritano sacó dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida a este hombre. Si gastas más, te lo pagaré a mi regreso.’  Pues bien, ¿cuál de aquellos tres te parece que fue el prójimo del hombre asaltado por los bandidos?
El maestro de la ley contestó:
–El que practicó con él la compasión.
Jesús le dijo:
–Ve, pues, y haz tú lo mismo.

Una breve exégesis de esta parábola nos acercará al pensamiento del Papa Francisco.

En el mandato del Antiguo Testamento “ama a tu prójimo como a ti mismo”, la palabra “prójimo” se usaba en el sentido de “próximo”, hermano, vecino, “con quien comerás el cordero pascual”. Sin embargo, cuando Jesús narra la historia personifica al que siente compasión por el herido como un natural de Samaría, un “extranjero” considerado “enemigo” por los judíos. Por la ley los únicos extranjeros que eran igualmente considerados “prójimos” (como próximos) eran los que vivían en Israel y estaban integrados a la Alianza, que como dije no era el caso de los samaritanos. Al extranjero puro y simple había que dispensarle un trato distinto, estaba permitido explotarle y no había obligación de darle ni siquiera agua en el desierto. Con lo cual Nuestro Señor habría realizado una interpretación distinta de los Libros Sagrados.

No obstante, es probable que si el erudito lo quería acorralar -cosa bastante frecuente -se apoyara en un texto del Antiguo Testamento que dice: “La misericordia del hombre se ejerce para con el prójimo, pero la del Señor se extiende a toda carne” (Eclesiástico 18,13) modificando, por esa vía, el sentido de la palabra prójimo y extendiéndola a todo otro, judío o no. La respuesta pone en el lugar del prójimo al lejano, al extranjero, aún al considerado enemigo, haciéndonos ver que no se trata de etiquetar a la gente por medio de la ley sino que antes está el corazón, la ley del amor.
Asimismo, el doctor de la Ley le plantea una cuestión desde el dogma (la norma, la idea) cuando le pregunta cuál es el concepto de “prójimo” y Jesús le contesta desde la realidad del comportamiento de los tres personajes que vieron al herido. Dos eluden el encuentro y el compromiso y uno lo ve, se acerca, siente misericordia, compasión palabra que en su traducción del griego συμπάθεια (sympathia) significa “que le remueve las entrañas” por la comprensión del sufrimiento de otro, le lava las heridas, las venda, con sus manos, brazos, su cuerpo, levanta el cuerpo del herido, lo carga en su cabalgadura, lo aloja en una posada, lo cuida, paga por su atención y se compromete a pagar más de ser necesario. Esta es la realidad desde la cual hace su pregunta final Jesucristo ¿cuál de aquellos tres te parece que fue el prójimo del hombre asaltado por los bandidos?

También es interesante observar que en el diálogo entre el Maestro y Jesús este provoca un cambio del lugar en que se coloca el Maestro cuando le pregunta: “Quién es mi prójimo” ubicándose en la esfera del yo herido, pero cuando Jesús le contesta “ve pues, y haz tú lo mismo” lo saca del yo colocándolo en la esfera del tú para que actúe él como prójimo ayudando al herido.

Los que no quisieron ver al herido, pero lo vieron se mintieron, optaron por la comodidad, por el camino insolidario y cómodo del hedonismo, al mismo tiempo que -no obstante su condición de sacerdote uno y funcionario del Templo el levita -con lo que hacían negaron a Dios.

En cambio, el samaritano aceptó la realidad del encuentro obrando con la verdad, haciendo el bien y componiendo una de las escenas más bellas de la narrativa evangélica. Como diría el Papa Francisco, “misericordiando”.



Source link