(Foto: Nicolás Aboaf)
(Foto: Nicolás Aboaf)

El voto de la mujer fue determinante en el triunfo de Raúl Alfonsín del 30 de octubre de 1983. Y de la primera derrota peronista en condiciones democráticas. Reconociendo este dato, Herminio Iglesias, el derrotado para la gobernación de la provincia de Buenos Aires, dijo, en tono acusatorio, que el discurso y la propaganda radical habían dividido a las familias peronistas. Desde la sociología, Artemio López dijo: “Las mujeres residentes en hogares empobrecidos votaron a Alfonsín, en tanto los hombres permanecían fieles a su trayectoria justicialista familiar y/o personal”.

Sería una exageración decir que la cuestión del género fue el determinante del resultado, aunque nadie puede negar que cerrara un programa progresista que sensibilizó al electorado femenino. En las campañas estuvieron las diferencias. Mientras que el peronismo, con apoyo de la democracia cristiana y el comunismo, se comprometía a la auto-amnistía, el radicalismo hacía eje en la unidad nacional, la sanción a los genocidas y la patria potestad compartida.

Entonces militaron miles de mujeres. Fue en una condición de ruptura histórica en las condiciones de participación y el rol que nos asignaba el partido machista y patriarcal. La calidad y cantidad de la participación femenina no se reflejaron, no obstante, en candidaturas. Las que resultaron electas para el Parlamento, las Legislaturas y los Consejos fueron en lugares secundarios de las boletas.

El presidente de la Unión Cívica Radical (UCR) anterior, ante el requerimiento acerca de la participación de la mujer, supo decir: “Nuestras mujeres nos acompañan con el cuidado de nuestros hogares mientras nosotros estamos en la lucha para todos.” Y las más de las veces varias mujeres radicales se subordinaban gustosas a ese rol cuando eran poseedoras de valiosos secretos políticos o valientes asistentes en tiempos de maridos o hijos perseguidos. Pero hasta allí y no más y las más de las veces en condiciones de relaciones familiares.

Afrontando esas condiciones llegaron mujeres que jugaron un papel central para la agenda del Partido o la del Presidente electo. Los casos de Florentina Gómez Miranda, Norma Allegrone, María Teresa Merciadri de Morini y Margarita Malharro de Torres para nombrar solo cuatro.

La decisión de avanzar desde la patria potestad compartida era por su significado. Se trataba del más patriarcal, machista y discriminador de los institutos de nuestro orden jurídico. Desde la sanción de la ley 23264 de 1985 la madre comparte con el padre el conjunto de derechos y obligaciones sobre las personas y los bienes de sus hijos hasta la mayoría de edad.

Una crucial reforma del Código Civil fue la que posibilitó el divorcio vincular. Acá la resistencia de los sectores clericales fue mucho más visible e inclusive en el propio parlamento. La Basílica de Luján fue, como en otros hitos de la historia política argentina, un centro de movilización contra la laicidad de nuestro Estado. Alfonsín era católico y con esa autoridad resistió esa embestida para someter la cuestión a los representantes del pueblo y de las provincias en el Congreso de la Nación. En el Presidente argentino su catolicismo no incluía condiciones para el Estado y su gobierno.

Entonces, en la gesta del 30 de octubre de 1983 debe reconocerse un ADN progresista para el ulterior desarrollo de la democracia argentina. En esa tendencia, y con resultados distintos, la participación de representantes radicales en el debate del matrimonio igualitario y el reciente sobre el aborto legal, obligatorio y gratuito. Que la mayoría de los senadores radicales hayan votado en contra del proyecto aprobado en la Cámara de Diputados es un accidente histórico que no nos descalifica. Tampoco reconocer el origen de nuestra derrota en la jerarquía clerical. Ambas cosas políticamente nos afectan, pero jamás nos disminuye. Son las cosas pendientes a rectificar.

Alfonsín jamás hubiera aceptado una imposición de su Iglesia. Menos acompañado en decisión que alterara la tradición laica radical. Y esto sin tener la menor idea de su voto respecto a estas cuestiones cuyo debate siempre favoreció.

Y que no le iba a permitir a la jerarquía eclesiástica sermonear a su Gobierno porque sí lo evidenció desde el atrio para contestar a monseñor Medina, el vicario castrense que había insinuado situaciones de corrupción. Le exigió explicaciones. Una actitud distinta la del clero respecto a la corrupción si tenemos en cuenta la reciente misa en Luján, siempre la Basílica, y con los jerarcas sindicales y clericales presentes.

El Gobierno radical y alfonsinista fue innovador para nuestros derechos. Pensión al viudo, pensión a la cónyuge divorciada, igualdad de los hijos extramatrimoniales, derechos de la mujer a usar su apellido de soltera, pensión a la concubina y al concubino, etcétera, son las otras decisiones que acompañaron al divorcio vincular y la patria potestad compartida.

Finalmente, fueron mujeres incidentes y protagonistas de la gesta de octubre de 1983 las que corrigieron ese dato dicho al principio de que la participación central femenina en la lucha por la democracia no se expresó en la representación política. Desde esa discriminación la movilización de mujeres radicales entre las principales promotoras de la ley de cupos. Todas ellas fueron en vida o son alfonsinistas. Una categoría de valores dentro de la UCR. El de la libertad para todas y todos. El de la no discriminación. Las que fuimos decisivas con la institucionalización del matrimonio igualitario y esperando la oportunidad legislativa para el aborto libre y gratuito. Por la libertad de otras y otros.

La autora es Diputada Parlamentaria del Mercosur (UCR-Cambiemos).



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