El futuro del trabajo es un tema que desde fines del siglo pasado se ha instalado como una preocupación central en la agenda global que, ciertamente, interpela con más fuerza a los jóvenes. Si bien ello no significa que estemos en presencia del “fin del trabajo”, sin dudas el trabajo experimentará importantes transformaciones al mismo tiempo que continuará siendo el gran ordenador social.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) viene alertando sobre una desocupación juvenil que arroja índices preocupantes: en América Latina y el Caribe uno de cada cinco jóvenes que está buscando empleo no logra encontrarlo. En Argentina, el desempleo joven es más alto que el promedio regional; llega a un 23 por ciento. Un problema que se acentúa al ver las cifras de empleo joven no registrado, que supera el 60 por ciento.

La educación como fuerza dinamizadora de un país

Las posibilidades del desarrollo de una nación pasan cada vez más por el conocimiento. Puede hablarse así de un círculo virtuoso entre educación, empleo y desarrollo. La educación trae consigo mayores ingresos salariales: en nuestro país, según un informe del Ministerio Público Fiscal, el promedio de ingresos de quien tiene terciario o universitario completo es 159% mayor de quien percibe el salario mínimo.

Por ello, diversos organismos internacionales vienen planteando que uno de los desafíos para la región es lograr no solo que más ciudadanos accedan a la educación formal, sino que aquellos que comienzan puedan egresar. Hoy solo uno de cada dos jóvenes en la región termina sus estudios universitarios, y cuatro de cada diez argentinos que comenzaron el secundario en el ciclo 2011-2016 llegó al último año en tiempo y forma.

En este contexto, y más allá de que aún tengamos deudas pendientes en cuanto al acceso universal al sistema educativo, enfrentamos en paralelo el desafío de la calidad educativa y su vinculación con un proyecto de desarrollo nacional.

Convivimos con nuevas generaciones plenamente socializadas en un entorno digital, como los millennials y centennials, y ello no solo plantea un desafío para el mercado laboral, sino también para las políticas educativas, que no puede desligarse de la tecnología.

Ya hay carreras como las ingenierías, la robótica, las matemáticas, la informática y otras ciencias que se perfilan como centrales a la hora de no solo insertarse en el mundo laboral, sino de contribuir al desarrollo productivo y tecnológico de la nación. Son carreras “estratégicas”, y es por ello que deben ser promovidas activamente desde el Estado.

Argentina ha venido trabajando en modos de articular el empleo y la educación a través de la ley de educación técnico profesional n° 26.058. Las escuelas técnicas son puentes hacia el mundo laboral, ya que ofrecen contenidos orientados a prácticas y oficios que continúan teniendo salida laboral. Sin dudas, constituye una política que debe profundizarse y extenderse.

En definitiva, estamos ante la posibilidad de repensar juntos la educación que prepara a los jóvenes para afrontar el presente (garantizando la universalización) y encarar los desafíos del futuro (avanzando en la calidad y la pertinencia del sistema educativo en relación al desarrollo del país).

La clase política, la comunidad educativa y quienes tenemos responsabilidades dirigenciales en organizaciones de la sociedad civil, estamos en la obligación de dejar las mezquindades de lado y edificar consensos para planificar colectivamente un país más desarrollado y más justo. Tenemos una oportunidad histórica y no la podemos desaprovechar.

El autor es presidente de River Plate y empresario.



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