El prístino significado de ideología, desde fines del siglo XVIII bajo las figuras de Condillac o Destutt de Tracy, refiere a una disciplina cuyo objeto es el análisis de las facultades e ideas producidas por aquellas, no necesariamente como hechos psicológicos, gnoseológicos o epistemológicos, sino en tanto conocimiento. Si bien a partir de Napoleón dicho término tuvo connotaciones políticas y luego peyorativas, sinonimizándolo a ‘doctrinario’, debido a la oposición política de algunos de aquellos ideólogos a dicho emperador, ya Maquiavelo en su afán de justificar ideológicamente el absolutismo monárquico categoriza al hombre como príncipe o súbdito, advirtiendo el devenir de la ideología como disciplina hacia un conjunto de nociones y percepciones colectivas de carácter normativo y referidas a algún aspecto de la conducta humana bajo una representación ideal y un programa de acción que acerque el sistema real al ideal pretendido. Más aún, este filósofo pragmático patentiza la tendencia política al desvío como falseamiento de la realidad por medio de la idea.

En este sentido y posteriormente el mismísimo Marx, señala el falseamiento de la conciencia en la ideología, donde esta deja de ser el pretendido moderno conjunto de ideas compatibles y coherentes entre sí, explicativas de la realidad en función de uno o más de sus aspectos específicos, deviniendo ahora en una representación nebulosa que se opone al conocimiento. Por ende, si la realidad social determina la conciencia, ante una realidad contraria al conocimiento científico y su patencia, se producirá una falsa conciencia, una alienación donde lo verdadero no es sino el mito que refleja el interés de un grupo determinado, autojustificando su programa de acción. En términos de Nietzsche, un ocultamiento de la realidad necesitado de un desenmascaramiento. Incluso Georges Sorel, padre de la nueva izquierda, aunque más específicamente su contemporáneo Vilfredo Pareto, aportan a su vez la crítica basada en que dicho accionar se origina en un carácter impulsivo, emocional y desiderativo, y por ende irracional, pero manifiestos como interés colectivo deviniendo en pseudoteoría por la natural tendencia humana a fundar racionalmente su conducta.

En otras palabras, dicho por autores imposible de atribuírseles un teologismo o derechización política, la ideología ha devenido de una disciplina científica que estudia las ideas a un comprehensivo conjunto descriptivo y explicativo de la realidad, finalizando hoy en una mera fraseología aforística, provocativa y extravagante, que la hace popularmente atractiva y altamente citable por su efecto picante y espirituoso más que por su consistencia argumental. Así, revistiendo juicios valorativos subjetivos con ropajes de juicios objetivos, algunos grupos sociales propugnan dichos lemas a modo de ideología, con carácter prescriptivo para toda la sociedad.

Más contemporáneamente es Habermas, quien lejos de un pensamiento conservador, señala en las hoy llamadas ideologías el factor de la violencia y la dominación que distorsionan la comunicación, carente de reflexión y utilizada bajo intereses instrumentales. A tal punto ha llegado dicha degradación de la ideología que el sociólogo Lewis Feuer clama por retomar el uso científico-filosófico de dicho término, y no como mero conjunto de ideas o frases, evitando otorgarle el mismo peso de veracidad, distinguiendo el hecho que esta última responde frecuentemente a una proyección del inconsciente o del mismo principio freudiano del placer. En este sentido y siguiendo a Marx, para evitar el falseamiento de la realidad y luego de la conciencia, la ideología debiera guardar una estrecha relación cuando no su fundamento en la propia ontología.

Pero hoy la sociedad de bienestar y de conocimiento es amenazada por un grupo de individuos que utilizan sus derechos individuales bajo el postulado de un hedonismo superlativo donde el cumplimiento de todo deseo de placer propio y de cualquier índole es el valor supremo, provocando un oscurecimiento de la inteligencia.

Así, desde la propia ontología, la llamada ideología de género, una mera y fragmentaria pulsión desiderativa o de placer pansexual formulada fraseológicamente y devenida en programa político, pretende asemejar el juicio y hecho biológico objetivo y patente del sexo, dado por razones cromosómicas desde la concepción, al juicio subjetivo a partir de la apariencia, la cual incluso ni siquiera demanda una fenomenología genital, sino tan solo un travestismo o autopercepción. Pretende igualar bajo el mismo peso de veracidad el “quién es” con el “cómo se identifica”, obliterando la imposibilidad fáctica que el género sea sujeto de preferencia.

El conocimiento queda tan anulado por esta pulsión que variadas bibliografías expresan “sexo asignado al nacer”, como si fuera una construcción sociocultural, cuando en verdad es una característica biológica objetiva establecida desde la concepción, conllevando toda su respectiva carga cromosómica, fisiológica, anatómica y hormonal, conformando el género y no a la inversa. Es por ello que ninguna genioplastia y menos un mero travestismo cambia lo constitutivo del género. De hecho, la intervención quirúrgica ni siquiera cambia el sexo biológico. Implantar siliconas en el pecho masculino no lo transforma en senos, y muchos menos las mera vestimenta y comportamiento definen el género. En este sentido, debiera focalizase los esfuerzos en poder identificarse y aceptar su yo real para quien padezca disforia de género, dado que no puede cambiarlo, en lugar de pretender tergiversar la realidad objetiva definiéndola en función de aquella disforia. De lo contario, el yo real, en lugar de afirmase naturalmente bajo una de las genotípicas características esenciales de la especie humana y del género animal, será ahora predicado como algo distinto del cuerpo físico, obteniendo incluso un contradictorio materialismo fenoménico por medios quirúrgicos o simples modales y travestimos, pero que de todas formas no es fáctica ni funcionalmente aquel que dice ser. Esta obliteración de la diferencia entre lo fenotípico y lo genotípico resulta también en la contradicción por la cual al predicar un individualismo y relativismo extremo que define la verdad bajo su libre querencia se la intenta imponer al resto de la sociedad como única, descalificando toda otra diferente.

Más aún, existe un absurdo implícito en la utilizada expresión “sentido interno de género” contrario al físico, dado que carece de todo asidero real y metafísico el experimentar un género distinto al sexo biológico, y a fortiori cuando se predica sentir un género fluido o directamente no sentir ninguno. En todo caso, si se tratare de sentimientos, por qué limitarlo al sexo, masculino o femenino, y no extenderlo determinando también nuestra edad o talla, así como también otros atributos del ser dados biológicamente, incluso la posibilidad de ser de una especie animal distinta a la humana. Luego, podría exigirse recibir tratamiento para modificar la edad conforme a la autopercibida, o simplemente aparentarla mediante ropajes o conductas y así demandar haberes jubilatorios o quedar exento de determinadas obligaciones o responsabilidades en función de la edad afirmada subjetivamente como sentimiento interno. Huelga analizar las consecuencias de autoproclamarse de otra especie animal que la humana y exigir el tratamiento médico o social acorde. Estas son solo algunas consecuencias de enarbolar como idearios políticos los deseos y las pasiones contrarias a las más básicas y manifiestas objetividades. Así, persiguiendo lo instintivo y renunciando al control de las pulsiones, enajenando y frustrando lo humano, se recuerda la relevancia y vigencia del bíblico mandato “y no sigan tras sus corazones ni tras sus ojos, porque se pervierten tras ellos, a fin que recuerden y cumplan todos Mis mandamientos, y sean santos para su Dios”.

El autor es rabino y doctor en Filosofía. Es miembro titular de la Academia Pontificia para la Vida, Vaticano. Mención de Honor “Domingo F. Sarmiento” (2018) del Senado Nacional, por su contribución académica a la sociedad.



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