Desde casi finales de julio de 2013, cuando el flamante papa Francisco dijo “¿Quién soy yo para juzgar?” en el avión que lo llevaba a Roma desde Brasil después de su monumental convocatoria por la Jornada Mundial de la Juventud (tres millones de almas de 178 países), los periodistas que lo acompañaban sintieron, con razón, que empezaba un antes y un después en la larga, complicada y polémica historia Iglesia–sexo.

Porque esa pregunta y afirmación al mismo tiempo, se refería nada menos que a los homosexuales. Una bomba en el corazón del Vaticano, y en 1.300 millones de católicos.

Algo más de cinco años después, el 31 de agosto pasado, el columnista Timothy Egan disparó en la edición del New York Times un artículo no menos explosivo: “La Iglesia Católica está enferma de sexo”.

Luego de citar algunos ejemplos non sanctos –un papa padre de diez hijos con distintas amantes; Alejandro VI en escandaloso affaire con una de sus hijas, y Julio II prohibiendo la novela Madame Bovary y el tratado de John Stuart Mills sobre la economía de libre mercado–, señala “la incapacidad milenaria del catolicismo para entendérselas con el tema”, y el peligro de un retorno a los conceptos de sexualidad reinantes en la Edad Media.

Un modo de comprender las marchas y contramarchas de la iglesia en esa materia tan central, tan básica como la sexualidad, es recorrer la historia del celibato, la obligación de los sacerdotes a la soltería: una posible razón, según muchos expertos, de gravísimas desviaciones como la pedofilia, cuyos miles de casos se conocieron en los últimos años en forma de avalancha.

¿Cómo no poner el tela de juicio el celibato, si Pedro, el primer papa, y los apóstoles elegidos por Jesús, eran casi todos casados? 

Recién a partir del siglo IV, todos los concilios dejaron la semilla de la condenación a los no célibes. “Todo clérigo que sea hallado en la cama con su esposa será excomulgado y reducido al estado laico”; “Nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer” (San Agustín, año 401); “Todo deseo sexual es malo en sí mismo” (papa Gregorio, años 590 a 604).

Juan Pablo II
Juan Pablo II

Pero alguien pateó el antiguo y rígido tablero… En julio de 1993, Juan Pablo II fue tajante:

–El celibato no es esencial para el sacerdocio. No es una ley promulgada por Jesucristo.

Y mucho antes, en 1930, Pío XI también fue a fondo:

–El sexo puede ser bueno y santo.

Dato clave: siete papas fueron casados, y engendraron otros papas y miembros del clero…

A principios de mayo de este año, el chileno Juan Carlos Cruz, gay y víctima de abusos sexuales, fue invitado al Vaticano por el papa Francisco. Al final de una larga entrevista, y luego de que Cruz le confesara su homosexualidad, la respuesta volvió a desatar fuertes vientos en el ala más conservadora de la iglesia:

–No importa. Dios te hizo así, Dios te ama así.

Papa Francisco y Juan Carlos Cruz (Reuters)
Papa Francisco y Juan Carlos Cruz (Reuters)

La indulgencia de Francisco hacia los homosexuales –más allá de que les niega el derecho a abrazar el sacerdocio– le costó un implacable enemigo: el arzobispo italiano Carlo María Viganò, que desplegó ataques como “las redes sociales de homosexuales deben ser erradicadas, porque pueden subvertir la doctrina católica respecto de esa condición”.

Y para apoyar aún más su ataque, citó la muy polémica carta de 1986 dirigida a los obispos por la Congregación para la Doctrina de la Fe (nombre actual de la Santa Inquisición), que definió (y condenó) a la homosexualidad por considerarla “un desorden moral”.

Esa actitud fue comentada sin filtro por Thimoty Egan en su artículo del New York Times: “Esa carta promete hacerle a los herejes lo que les hizo alguna vez la Inquisición…, pero sin quemarlos en la hoguera”.

En este punto del duro enfrentamiento, vale la pena recurrir a un escrito del médico psiquiatra chileno Cristián Barría Iroumé, en que afirma que el pensamiento tradicional católico quedó rezagado en varios campos, y entre ellos, la medicina y la sexualidad. Y cita varios casos: la vacuna contra la viruela fue prohibida en Roma por un Papa, porque “ofendía a Dios”. Con el mismo argumento fueron rechazados, al principio, los trasplantes de órganos y las muestras de semen para análisis, “porque dependían de la masturbación”, considerada “delito abominable”.

Recuerda también Barría Iroumé que a pesar de la oposición de la iglesia, “un 95 por ciento de fieles católicos usan anticonceptivos orales, y más de 5 millones de niños han nacido gracias a las técnicas de fertilización asistida, también condenadas por la jerarquía eclesiástica”.

Alineado en la modernidad, un brillante cardenal, Carlo María Martini (murió en 2012, a los 85 años), declaró que “en temas de moral sexual, la iglesia está atrasada 200 años, y debe ponerse al día incluso reconociendo y aceptando la realidad de las parejas homosexuales”.

Carlo María Martini
Carlo María Martini

En ese sentido, quienes dieron un notable paso hacia adelante fueron tres obispos alemanes que en 1993, con independencia de las normas, publicaron una carta pastoral autorizando la comunión de personas divorciadas y vueltas a casar.

Hacia el final de sus reflexiones sobre iglesia, sexo y cultura moderna, Barría Iroumé dijo:

–El aparato institucional de la iglesia es como un gran transatlántico navegando hace veinte siglos. Cambiar unos grados su dirección es lento y difícil…

En octubre de 2014, en sintonía con el cardenal Martini y con el psiquiatra chileno, el Vaticano difundió un resumen de lo ocurrido en un sínodo extraordinario convocado por el papa Francisco para determinar la mejor forma de presentar sus enseñanzas sobre matrimonio, familia y sexualidad.

El documento, firmado por el cardenal Peter Erdo, contiene un apartado: “Acoger a las personas homosexuales”: relación de la iglesia con los gay. Que, si bien no incluye cambios en la condena al matrimonio o a las relaciones homosexuales, admite que esas personas “a menudo desean encontrar una iglesia que sea acogedora para ellas. ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo, aceptando y evaluando su orientación sexual sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?”

Sobre ese punto, monseñor Bruno Forte, de la Asamblea General del Sínodo de Obispos, dijo que “la iglesia debe recibir a los gay basándose en la dignidad que tienen como personas. El hecho de ser homosexual no significa que su dignidad no sea reconocida y promovida”.

A pesar de que el documento no implica cambios en la doctrina de la iglesia, varios grupos de defensa de los derechos de los homosexuales lo calificaron como “revolucionario”.

Sin duda, ese episodio, que mereció el aplauso de los católicos LGBT (iniciales en inglés de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero), fue una consecuencia y un eco directo de aquellas palabras de Francisco:

–Si una persona es homosexual, ¿quién soy yo para juzgar?

Una manera de volver a su discurso de 2013 en el que narró esta anécdota: “Recuerdo la historia de una chica joven que le confió a su maestra ‘la novia de mi madre no me quiere’. Esas situaciones representan nuevos desafíos. ¿Cómo anunciamos a Cristo a una generación que cambia? Debemos tener cuidado de no administrarles una vacuna contra la Fe”

Sin embargo, en cuanto a la aceptación de homosexuales en la carrera del sacerdocio, Francisco no se apartó de la línea de Benedicto XVI: “A los hombres con tendencias homosexuales profundamente arraigadas no se les debería permitir estudiar esa carrera”.

Retrocedamos. Noche de los Tiempos…

Dios pone en manos de Moisés los 10 mandamientos, y Cristo, judío, “los ratifica y diviniza”, según el catecismo de la iglesia católica. Pero Cristo nunca dijo a quién amar. Ni a hombre ni a mujer. Dijo “amarás a tu prójimo”. Sentencia unisex…

Entonces… ¿cuándo y por qué el Antiguo Testamento y las cartas de San Pablo ven en la mujer la causa de la perdición? ¿Cuándo y por qué condenan el homosexualismo?

Los ejemplos son terribles y claros.

“No te acostarás con un varón como con una mujer: es una abominación” (Levítico 18:22)

“Los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos” (Romanos 1:27)

“Es bueno que el hombre no toque mujer” (Corintios 7:1)

Jesucristo defendía la monogamia…, pero también predicaba el perdón por sobre todas las cosas. Cuando le preguntaron si una mujer adúltera debía ser lapidada, respondió: “El que de ustedes esté libre de pecado, sea el primero en tirar una piedra” (Juan 8:7).

Acaso la raíz de la aversión y hasta el odio a la mujer haya que buscarla en Agustín de Hipona (San Agustín), teólogo del siglo IV, que reformó desde la raíz la visión del sexo. Postuló que “el deseo sexual, la lujuria, impulsó a Adán a aceptar la tentación de Eva y comer la fruta prohibida del Árbol de la Sabiduría”.

Es decir, unió el deseo sexual con el pecado de modo indisoluble, y llegó a decir que “el matrimonio es apenas un grado menos grave que la fornicación”. Palabra original del sexto mandamiento (“No fornicar”), y su continuación en el noveno (“No desear la mujer de tu prójimo”), que en las modernas versiones del catecismo fueron cambiadas por “No cometerás actos impuros” y “No consentirás deseos y pensamientos impuros”, que suenan más vagas y menos condenatorias…

Volvamos al siglo XXI. Ahora y aquí.

Francisco, en su difícil batalla contra 2 mil años –salvo excepciones– de anatema sobre toda inclinación y ejecución del deseo sexual fuera del matrimonio, y más allá de las presiones del ala conservadora, sigue su camino… pero con una sugestiva omisión corte político: estrategia.

El 17 de septiembre último, en Grenoble–Vienne, Francia, recibió a un grupo de jóvenes, y les dijo: “La sexualidad, el sexo, no es un tabú: es un don de Dios. Tiene dos objetivos: amarse y generar vida. Es una pasión, es el amor apasionado”. Pero no hizo la menor referencia a la sexualidad en sus otras formas: homo, lesbianismo, transgénero.

Y algo similar sucedió un mes antes en su viaje a Irlanda…

Allí, en el avión de regreso a Roma y en una de sus habituales ruedas de prensa, volvió a hablar del tema gays, pero algo apartado de su famoso “¿quién soy yo para juzgar?”.

Dijo que cuando “eso –la homosexualidad– se manifiesta desde la infancia, hay muchas cosas que hacer por medio de la psiquiatría. ¿Qué les diría a los padres que detectaran esa orientación? “Que recen, que no condenen, que dialoguen, que entiendan, que les den espacio al hijo o a la hija. Pero otra cosa es cuando se manifiesta después de los 20 años. Nunca diré que el silencio es un remedio”.

Y ardió Troya en el mismísimo Vaticano, que borró la palabra “psiquiatría” del texto oficial publicado más tarde, y a través de la oficina de prensa explicó que “con esa palabra, el Santo Padre no quiso decir que el homosexualismo es una enfermedad psiquiátrica, sino algo psicológico“. En la línea del popular dicho “no aclares que oscurece”, las asociaciones de homosexuales franceses salieron al cruce, indignadas: “¡Tratar la homosexualidad como una enfermedad es absolutamente irresponsable!”.

Y por supuesto, el obispo Viganó, el enemigo número uno de Francisco y ex nuncio del Vaticano en los Estados Unidos, no perdió tiempo: aprovechó la ocasión y el traspié para lanzar una carta pública acusándolo de proteger al ex arzobispo de Washington, el cardenal Theodore McCarrick, denunciado por abuso sexual.

Y no fue todo en un 2018 especialmente difícil para Francisco: en enero desestimó las acusaciones de abusos sexuales contra menores cometidos por el cura chileno Fernando Karadima y ocultados por Juan Barros, obispo de la ciudad de Osorno (“No hay prueba alguna”, dijo), y en abril pidió perdón por su error.

Es evidente que en la larga historia de la iglesia, ese transatlántico que navega hace 20 siglos, hay cada vez más marchas, contramarchas y necesidad de algunos golpes de timón…

Por qué no, entonces, buscar la luz en 2 Corintios 3:17: “Donde está el espíritu de Jehová, hay libertad”.

Libertad: libre albedrío. La divina y sagrada facultad de elegir. Porque al fin y al cabo, en materia de sexo –ese “escollo” que la iglesia a veces elude y contra el que otras tropiezas– siempre se elige. Tanto en la indiferencia de muchos católicos como en su relativa o total obediencia a los preceptos.

Siempre. Y nada hay que pueda torcer esa íntima decisión. Feliz o desdichada, pero personal. Palabra que deriva de Persona: “Ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de una identidad propia”.

Algo tan simple y maravilloso.



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