Museo Nacional de Bellas Artes (Fotos Manuel Cortina)
Museo Nacional de Bellas Artes (Fotos Manuel Cortina)

La historia empieza con que se suspendió el superclásico. ¿Qué más podía funcionar si no lo hacía la gran final de la Libertadores? La lluvia, incesante, daba la pauta de que La Noche de los Museos iba a ser un fracaso.

Sin embargo, sucede que fue todo lo contrario. Dado el panorama, comenzaron a salir los paraguas a la calle y decenas de miles de personas visitaron los más de 280 instituciones que abrieron sus puertas a partir de las 20 horas. Hubo fiesta en la Usina del Arte, tocó Pedro Aznar en la Facultad de Derecho, pasaron más de 16 mil personas por el Bellas Artes y otras tantas por la Confitería El Molino… Y hubo, además y como cada Noche de los Museos, varias postales extrañísimas. Algunas de ellas, sucediendo frente a las cámaras de Infobae.

El Molino volvió a abrir sus puertas por un rato

Fernando es uno de los restauradores que trabaja en la emblemática confitería El Molino. Es electricista pero hace de todo. Tanto, que en La Noche de lo Museos tuvo que hacer de mozo. O más bien, de actor. Como todo el equipo que trabaja en la obra, le tocó cumplir un rol. Junto a dos compañeros les dieron un uniforme de camarero como los de antes y estuvieron encargados de posar para la gente y pedirle que no pase del otro lado de la cinta.

El Molino
El Molino

Su zona de custodia es la que en su momento funcionó de confitería, hasta que en 1997 El Molino cerró sus puertas. Hoy, 21 años después, las volvió a abrir para mostrar los avances. La restauración comenzó en el 2014, cuando se sancionó la Ley que recuperó el edificio y lo dejó en órbita del Estado.

Está previsto que se termine de acá a 3 años y una de las principales complicaciones está en el tercer subsuelo, que está completamente inundado (tal es así que tuvo que sumergirse un grupo de buzos tácticos de AySA para chequear que se pudiera desagotar).

En La Noche, fue uno de los lugares más visitados. Las dos colas para entrar a recorrerlo se extendían toda una cuadra por Callao, y otra por Rivadavia. ¿El detalle? Una de las nietas del pastelero original de El Molino se acercó a los encargados de la restauración para decirles que quiere entregar las recetas de su abuelo.

Museo del audífono

A dos cuadras de El Molino llegamos al Museo del Audífono, en Perón al 1600. Es el universo opuesto a la confitería: no hay cola, no hay atolondramiento, no hay inundaciones.

Museo del Audífono
Museo del Audífono

Nos recibe Gabriel Beker, director del lugar. Vengan por acá, dice. Estamos solos en un museo pequeño pero fascinante, y su director es de pronto un anfitrión privado. En las paredes se alteran fotos de Gabriel con famosos y distintos tipos de audífonos. En una de las fotos está el mimo francés Marcel Marceau. “Vino una vez a dar un show a la Argentina, se le rompieron los audífonos y vino acá a que le hiciéramos uno nuevo de urgencia”, cuenta orgullo Gabriel.

Es que en el fondo del museo hay una sala para hacer audiometrías a partir de las cuales luego hacen audífonos. La historia y la técnica conviven en el lugar. “Empecé con esto porque tenía una pequeña colección de 15 audífonos y cuando mí viejo los vio me dijo: tenés un museo ahí. Y cuando falleció me acordé de él y comencé el museo”.

Gabriel Beker
Gabriel Beker

Según cuenta, hay cuatro lugares en todo el mundo dedicados a la historia de los audífonos: dos en Estados Unidos, uno en Dinamarca, y el suyo. Su pieza preferida es un audífono nacional de 1910. “Pero era solo para personas de muchísimo dinero. Cada batería, por ejemplo, salía cerca de los mil dólares”.

El museo de las aguas (y de los inodoros)

“¿Esto qué es?”, pregunta un chico en el segundo piso del Palacio de las Aguas, en Córdoba y Riobamba. “Un inodoro, hijo”, le responde la madre. Entonces se entromete un guardia de seguridad y corrige: “Disculpe, pero eso es un bidet”.

Museo del Agua y de la Historia Sanitaria
Museo del Agua y de la Historia Sanitaria

La situación sucede en la parte del Museo dedicada a los distintos tipos de inodoros y bidets que hubo a lo largo de la historia. Antes, en la recepción, nos reciben dos actores que, caracterizados de 1800, anuncian para qué se armó ese palacio: ser un centro de distribución del agua para toda la Ciudad de Buenos Aires. Se terminó en 1894 y si bien durante la construcción se ganó el odio de los vecinos, una vez terminado se convirtió en uno de los edificios más admirados de la ciudad. Algunos de sus piezas decorativas, que se ven desde la vereda, están expuestas en ese mismo piso donde se presentan los inodoros. Luego, siguiendo el recorrido, aparece el corazón del edificio, lleno de caños y tuberías gigantescas.

“¿Nadie hace pis en los inodoros estos?”, le pregunta entonces el chico al guardia. Se ríe. Se indigna un poco pero se ríe. “Nadie. Pero estamos acá porque nunca se sabe a quién se le puede ocurrir”, responde al fin. Y el chico sigue su camino contento, junto a cientos de curiosos que, pese a la lluvia, se acercaron a visitar las entrañas de esa joya de la arquitectura.

El museo del cuerpo humano

En Uriburu 951, dentro del edificio de la Facultad de Medicina, funciona el museo de anatomía. Durante la noche se mantuvo permanentemente repleto de gente: si el año pasado superó las 15 mil personas (según dijeron), este año el número debe ser apenas inferiror. La bienvenida al recorrido sorprendió a muchos. Sobre una especie de stand, Santiago (un estudiante de quinto año de medicina) ofrecía a la gente la posibilidad de ver un feto de 9 semanas de gestación. Si bien se ve minúsculo, en el microscopio se ve en detalle. “Hasta ese estadío es donde se puede interrumpir el embarazo con la pastilla”, dice Santiago.

Según él, la incorporación de ese “stand” no tuvo nada que ver con el debate por el aborto que se dio a lo largo de todo el año. “Si en un museo de anatomía no hay fetos, es que estamos haciendo algo mal”, explica. Y dice, el microscopio está ahí para el que quiera mirar, sin inclinación por ninguno de los dos pañuelos.

Ahí al lado se da una de las situaciones más disparatadas de la noche, Agustín tiene un delantal blanco y muestra, sobre el cuerpo de medio maniquí, cómo se realiza la reanimación cardio pulmonar (RCP). Un chico y una chica están tomando la lección. Agustín explica: tiene que hundirse el cuerpo hasta cinco centímetros. La chica pregunta:
-¿Y si la paciente tiene siliconas? ¿No pueden explotar?
Agustín responde: Bueno, es mejor que exploten y le salves la vida.
La chica retruca: ¡Pero seguro le salieron un huevo!

Museo de Anatomía J.J. Naón
Museo de Anatomía J.J. Naón

Se ríen todos, pero ella y Agustín y todos saben que la pregunta fue más bien en serio. Entonces, el médico continúa: hay que hacerlo al ritmo de la canción. La canción es The Wall, de Pink Floyd. Según explica, hay ciertas canciones que tienen el ritmo exacto. Muchas de ellas están compiladas en una playlist de Spotify que hizo el hospital de Nueva York. ¿La canción que falta? “La marcha de San Lorenzo”, dice Agustín. “Si alguien tiene que hacer la reanimación, puede tararearla en su cabeza”.

El hit de siempre: el Bellas Artes

En la Noche de los Museo del 2017, en una noche azul de primavera, pasaron por el Bellas Artes cerca de 18 mil personas. Este año, bajo la tormenta perfecta, sorpresivamente el número no bajó tanto. Hasta las 2 de la mañana había visitado el museo 16.875 personas. La mayoría, atraídas por la muestra de acuarelas del artista inglés Turner (la primera del Museo que, fuera de la noche, cobra entrada).

Museo Nacional de Bellas Artes
Museo Nacional de Bellas Artes

Para Carlos sin embargo no es la muestra más interesante. Es guía para sordos desde el 2005, cuando empezó en el Museo Quinquela Martín. Luego pasó al Bellas Artes y allí hace, una vez por mes, recorridos en lenguaje de señas. También lo hizo en la Noche, para un grupo de por lo menos quince personas, que preguntaban y se sorprendían con las respuestas sin que el resto de los visitantes lo entendieran.



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