Los legionarios romanos eran los guerreros más duros del Imperio. Conocidos por su disciplina y orden, fueron el símbolo de la maquinaria militar durante siglos.

La sección Historia del diario español ABC reveló la extenuante rutina que seguían los legionarios romanos. Su entrenamiento se diferenciaba de otros ejércitos de la época, absolutamente indisciplinados. Según se detalla, la base de su éxito era la resistencia física, y el pilar para lograrlo eran las caminatas. El general romano Escipión el Africano detalló en su obra Legionario, el manual (no oficial) del soldado romano, que las caminatas eran “una de las primeras cosas que un recluta aprendía”.

Según documenta ABC, esas sesiones de marcha eran progresivas y se llevaban a cabo alrededor del campamento. Una vez que un pelotón demostraba ser capaz de caminar 30 kilómetros en cinco horas, debían andar 60 en doce horas. Y cuando lo lograban volvían a los 30 kilómetros, aunque cargados con la armadura completa.

Cada tres meses, los novatos y los veteranos volvían a la tarea y cargaban en sus caminatas peso de hasta 30 kilos. Se hacía así porque, en caso de peligro, era probable que tuvieran que recorrer más de 38 kilómetros en un solo día, y además construir un campamento al caer la noche, por lo que era sumamente importante que todos estuvieran bien entrenados y en forma.

A las caminatas, se le sumaban ejercicios de fuerza como derribar árboles. Además, realizaban “cursos de salto”, que consistían en superar una pista de obstáculos con la armadura puesta y llevando sus armas en la mano. Los legionarios cumplían con todo el entrenamiento bajo la atenta mirada del optio, el oficial encargado del adiestramiento.

El duro entrenamiento tardaba 4 meses completos, pero cuando se cumplían las fechas no había descanso, se volvía a empezar. Así una y otra vez.

ABC detalla que según el general e historiador judío Flavio Josefo, los entrenamientos de las legiones eran como batallas sin derramamiento de sangre, y las contiendas como “sangrientos entrenamientos”.

Dionisio Casio, escritor clásico que vivió durante el siglo II, también citado por el diario español, afirmó que hasta la dieta era determinante para ayudarlos a obtener la victoria: durante los primeros siglos del Imperio, los soldados debían consumir pan, vino y aceite como alimento básico. También comían carne, pero esta era considerada un suplemento.

La combinación de duro entrenamiento, disciplina y buena alimentación los diferenciaba del resto y los convirtió en una máquina de matar.

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