Mientras los brotes de sarampión están aumentando entre grupos de niños no vacunados en Estados Unidos, principalmente en los estados de Washington, Nueva York y Texas, un nuevo y extenso estudio publicado esta semana no encontró ninguna relación entre la vacuna contra el sarampión y el autismo, razón a la que con frecuencia aluden los padres para rechazarla.

Esta nueva investigación confirma lo que la comunidad científica ha aceptado ampliamente desde hace mucho tiempo, y se suma a los descubrimientos de un estudio de 2002 realizado por miembros del mismo equipo de científicos acerca de la vacuna conocida como SRP porque protege contra el sarampión, la rubéola y las paperas.

Sin embargo, estos descubrimientos llegan en un momento en el que resurgen las sospechas acerca de la seguridad de la vacuna, las cuales se han divulgado en todos los rincones del internet y en sitios más conocidos como Amazon, Facebook y Pinterest. Muchas de esas empresas han tomado medidas en las últimas semanas para eliminar los contenidos antivacunas, pero el 4 de marzo, el presidente de la Academia Estadounidense de Pediatría, Kyle E. Yasuda, escribió a los directores ejecutivos de Google, Facebook y Pinterest, para exhortarlos a que tomaran otras medidas en “una solicitud urgente para trabajar juntos a fin de combatir la peligrosa desinformación relacionada con las vacunas difundida en internet”.

Con palabras enfáticas, los investigadores, quienes dieron seguimiento a 657.461 niños daneses nacidos entre 1999 y 2010, expresaron en la revista Annals of Internal Medicine: “Este estudio sostiene rotundamente que la vacuna SRP no aumenta el riesgo de sufrir autismo, no detona el autismo en niños susceptibles, ni se relaciona con el aumento de casos de autismo después de la aplicación de la vacuna”.

Dinamarca ofrece un programa de vacunación a nivel nacional que es gratis y voluntario. A intervalos regulares, un equipo dirigido por Anders Hviid, del Departamento de Investigación Epidemiológica en el Statens Serum Institut en Copenhague, dio seguimiento a los niños, 31.619 de los cuales se quedaron sin vacunar.

Los investigadores formaron subgrupos de niños según otras vacunas que hubieran recibido y si tenían hermanos con autismo.

Con el tiempo, 6517 niños recibieron el diagnóstico de autismo. Los investigadores no encontraron ninguna incidencia mayor proporcional de diagnóstico entre los niños vacunados y los no vacunados. Esta conclusión se suma al hallazgo de su estudio de 2002 con 537.303 niños daneses publicado en The New England Journal of Medicine.

Al señalar que los brotes de sarampión se están volviendo más comunes tanto en Estados Unidos como en Europa, Hviid comentó: “Los investigadores estadounidenses concluyeron que incluso una reducción del cinco por ciento en la cobertura de vacunación triplicaría los casos de sarampión, ocasionando importantes costos económicos en salud. Una razón importante por la que los padres no vacunan a sus hijos o tienen inquietudes al respecto ha sido la supuesta relación con el autismo”.

Los resultados de su estudio, afirmó, proporcionaron tanto seguridad como datos confiables de que esa relación no existe.

En un editorial que acompaña al estudio, Saad B. Omer, investigador en salud pública de la Universidad Emory, e Inci Yildirim de la Escuela de Medicina Emory, señalaron que ya pasó casi una década desde que se refutó y se retiró el pequeño estudio que activó la alerta acerca de una posible relación entre la vacuna y el autismo. Sin embargo, continuamente se dedican recursos a estudios como este último a fin de recalcar la inexactitud de ese primer fracaso.

“En un mundo ideal”, escribieron, “solo se realizarían investigaciones sobre la seguridad de la vacuna para evaluar hipótesis con bases científicas, no como respuesta a la conspiración del día”.

Señalaron que los médicos y los funcionarios de salud pública tenían que calificar categóricamente como “mito” esta relación.

“Es complicado derribar los mitos”, señaló Sean T. O’Leary, vocero de la Academia Estadounidense de Pediatría y profesor adjunto de Pediatría en la Universidad de Colorado en Denver. Cuando repetimos el mito, comentó, “nos arriesgamos a fortalecerlo. Todo lo que recuerdan los padres de la complicada explicación sobre por qué las vacunas no son causantes de autismo es que de alguna manera ambos están relacionados. Así que los pediatras deben concentrarse en la enfermedad que estamos tratando de prevenir y si se tiene que hablar sobre un mito, que quede claro que eso es precisamente lo que es”.

O’Leary, quien investiga los desafíos de la aplicación de las vacunas, mencionó que en especial debido a que los médicos clínicos están presionados por el tiempo, tienen que disponer de información sólida para los padres que quieren saber más sobre el tema.

“Tal vez sea difícil que los padres distingan lo que es real de lo que no lo es”, comentó.

Copyright: 2019 New York Times News Service



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