Papá Noel llega dos horas y media tarde a la Asociación Agentes de Propaganda Médica de la República Argentina (AAPMRA) seccional Bernal. El sindicato lo contrató para que se encuentre con los hijos de los visitadores médicos afiliados. La demora no se debe a algún problema con los renos sino a algo mucho menos mágico, más terrenal. El tren que lo traía desde Constitución salió con retraso. Diluvia y hay tormenta eléctrica en Buenos Aires. Pero a pesar de los contratiempos nada detiene a Carlos Bige, uno de los cientos de hombres de barba blanca que todos los diciembres en nuestro país se disfrazan de este personaje que fascina a chicos de todo el mundo.

No llegan a los niños porque recibieron sus cartas sino porque hay agencias que hacen castings permanentes y reclutan a aquellos con las características requeridas. Parecerse a Papá Noel cotiza. El don más preciado no es la panza ni la risa, es su barba. Tiene que ser blanca como la nieve, suave como el algodón y tupida como un copo de azúcar. Para ello, Carlos, por ejemplo, extrema sus cuidados. Probablemente sea el más coqueto de todos. Se afeita sólo una vez al año, cada 25 de diciembre. Cuando se acerca la fecha de su temporada de trabajo, se tiñe la barba para conseguir el punto de blancura más anhelado. Hace lo mismo con su pelo. Sabe que durante un mes se tendrá que abrazar y fotografiar con cientos de chicos, por lo cual se perfuma diariamente y cuida su higiene bucal.

Cualquier olor humano podría romper el hechizo. “Si yo interpreto un Papá Noel que en el medio va y se fuma un cigarrillo y vuelve con olor, al nene lo afecta”, afirma Carlos y agrega con la claridad comercial de un especialista en marketing: “Yo soy mi producto, tengo que brindar la imagen que la gente tiene en la cabeza“.

Néstor Frenkel, documentalista y director de “Todo el año es navidad”, extraordinaria película que muestra los entretelones de más de una decena de estos “Papá Noeles”, observa que algunos tienen notables semejanzas físicas como Carlos, otros sobresalen por su performance, y otros resultan adorables por su fascinación por los chicos. Es el caso de Ricardo Castro, modelo, actor y ceramista que desde hace 10 años destina sus diciembres a sus presencias en reconocidos shoppings. Pasa jornadas completas, de lunes a lunes, sentado frente a una interminable fila de sus fanáticos.

“Pensé que era un trabajo más pero cuando vi al primer nenito me apasioné. Me fascina ser Papá Noel”, dice Ricardo. Le gusta que le pregunten por los renos, interactúa con los chicos, les pregunta cómo se portaron y promete volver a verlos la noche del 24.

Estos hombres trabajan de Papá Noel pero a su vez son guardianes de la fantasía. Porque la Navidad puede ser una celebración religiosa, una fiesta del consumo y también, como dice Néstor Frenkel, “un llamado al juego”. Personalmente, me quedo con esta última interpretación, la que nos invita a participar de una confabulación de adultos para mantener viva la magia y reeditar nuestra infancia aunque sea por una noche.



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