Raymond Chandler, en su casa de La Joya
Raymond Chandler, en su casa de La Joya

“En todo lo que se puede llamar arte hay algo de redentor. Puede que sea tragedia pura, si se trata de una tragedia elevada, y puede que sea piedad e ironía, y puede ser la ronca carcajada de un hombre fuerte. Pero por estas calles bajas tiene que caminar el hombre que no es bajo él mismo, que no está comprometido ni asustado. El detective de esa clase de relatos tiene que ser un hombre así. Es el protagonista, lo es todo. Debe ser un hombre completo y un hombre común, y al mismo tiempo un hombre extraordinario. Debe ser, para usar una frase más bien trajinada, un hombre de honor por instinto, por inevitabilidad, sin pensarlo, y por cierto que sin decirlo. Debe ser el mejor hombre de este mundo, y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Su vida privada no me importa mucho; creo que podría seducir a una duquesa, y estoy muy seguro de que no tocaría a una virgen. Si es un hombre de honor en una cosa, lo es en todas las cosas”.

“…Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno lo trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberlo conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad”.

“El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que le asombra a uno, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él”.

“El simple arte de matar” (Debolsillo), de Raymond Chandler
“El simple arte de matar” (Debolsillo), de Raymond Chandler

Con estos párrafos, Raymond Chandler cierra su célebre texto El simple arte de matar, publicado por primera vez en 1946 (está incluido en la recopilación homónima publicada en De bolsillo, 2014). Chandler nació en Chicago el 23 de julio de 1888 y murió en La Jolla, California, el 26 de marzo de 1959, hace casi sesenta años. Un motivo para desgranar aquel texto icónico y programático de uno de los principales representantes del género negro, autor de novelas célebres como El sueño eterno o Adiós muñeca, muchas de ellas llevadas al cine, protagonizadas por aquel detective duro, seductor e insobornable Philip Marlowe. Chandler fue además un gran guionista de Hollywood. Un solo ejemplo: Extraños en un tren (1951), dirigida por Alfred Hitchcock, sobre libro de Patricia Highsmith.

La pregunta para hacerle a ese texto de no ficción es por qué Chandler considera que el mejor detective es un varón duro y recio que está bien que “seduzca” a una duquesa (mujer que pertenece a la nobleza) porque, claro, total no se mete con una virgen: es una cuestión moral. De paso, así, deja de lado a toda una diversidad de otros investigadores de ficción posibles: por empezar, a todas las mujeres. Un dato curioso, teniendo en cuenta que, para el momento en que Chandler publicó ese texto, las escritoras de policiales y detectives mujeres de ficción eran, ya para entonces, legión. Vale preguntarse además por qué desde hace añares venimos tragándonos ese texto, siendo seducidas y seducidos por él como duquesas, sin haber planteado nunca su poderosa misoginia.

Son hipótesis: por un lado, Chandler necesita eliminar la competencia (“En mis momentos menos pomposos yo también escribo relatos de detectives, y toda esa producción proporciona un exceso de competencia”, escribe). Por otro, el realismo sucio que cultiva necesita anclarse. Para eso hace falta un padre: Chandler entrona al creador del género negro, Dashiell Hammett (1894-1961), y eso le permite construir una genealogía que lo explica y sostiene a él mismo y a su producción (una breve genealogía que, según exageró Ricardo Piglia, empieza con Hammet y termina con Chandler). Para eso, tendrá que “ocuparse” de un par de señoras molestas que escriben y compiten, sobre todo porque vienen de la “madre” patria inglesa. La competencia es doble: de género y de nación. Es el hijo que mata a la madre (Estados Unidos a Inglaterra). Casi un anti Edipo anticipado, pero sin la impronta de Deleuze.

Dashiell Hammett, el padre de la novela negra
Dashiell Hammett, el padre de la novela negra

El texto de Chandler comienza con una serie de críticas a los bestsellers en general y a la novela de crímenes o de detectives en particular (lo que hoy llamamos género de enigma). Escribe Chandler: “Generalmente se trata de mercadería de segunda categoría que sobrevive a la mayor parte de narrativa de alta velocidad que se produce, y muchas de las novelas que jamás habrían debido nacer se niegan, lisa y llanamente, a morir. Son tan perdurables como esas estatuas que hay en las plazas, e igualmente aburridas. Esto resulta muy molesto para la gente que posee lo que se llama discernimiento… en tanto que las ancianas se empujan y amontonan ante la estantería de las novelas de misterio para atrapar un título del estilo El caso del triple asesinato o El inspector Pinchbottle acude a la cita“.

Detengámonos en este punto. El ataque es contra aquellas ancianas lectoras (un tiro por elevación a las ancianas escritoras): mujeres viejas descartables y no prohibidas como las vírgenes (que se desean pero no se pueden tocar por una cuestión de “honor”), indeseables como esas novelas de “segunda categoría” que “se niegan a morir”.

Luego critica la “novela de detectives tradicional, clásica, directamente deductiva o de lógica o deducción”: “El investigador científico tiene un bonito y reluciente laboratorio, pero lo siento mucho, no puedo recordar las caras”.  Todo el tiempo, Chandler echa mano a dos armas: la ironía y el sarcasmo. Un humor que eleva de costado la comisura de los labios, pero no provoca la carcajada.

Raymond Chandler
Raymond Chandler

Sigue Chandler: “El experto en conocimientos raros vive, en términos psicológicos, en la época de las faldas de miriñaque”. Referencia al siglo XIX (no por casualidad, cuando se ubica el nacimiento del género que hay que atacar), a través de una prenda típicamente femenina y antigua (una prenda “represora” del cuerpo femenino; sin embargo, Chandler no apunta a la liberación de la mujer). Las imágenes que simbolizan el universo femenino continúan: “Si uno sabe todo lo que debería saber sobre cerámica o sobre costura egipcia, no sabe nada sobre la policía”. Luego afirma: “Si sabe que el platino no se funde por debajo de los mil quinientos grados, pero que sí lo hace bajo la mirada de un par de ojos intensamente azules, no sabe cómo hacen el amor los hombres y las mujeres del siglo XX”.

Chandler utiliza silogismos falsos. Una cosa no tiene por qué eliminar a la otra (pero él necesita eliminar al policial de enigma para entronar su policial negro). En su propio texto, más adelante, dirá qué cuestiones sí es muy importante saber para escribir un policial, y en esa lista habrá bastantes elementos técnicos, vinculados al funcionamiento de la Justicia (un supuesto universo masculino), y a lo que Chandler se empecina en llamar “realidad”.

La metáfora del platino fundiéndose “bajo la mirada de un par de ojos intensamente azules”, por otra parte, parece remitir a una mujer. Mientras que el escritor que utiliza metáforas e hipérboles (una figura que Chandler ama utilizar, por ejemplo, en la descripción de peleas de varones y muy lejos del realismo que proclama), el poeta de la novela negra, es un varón: no sabe nada de costura egipcia ni de la temperatura de fusión de los metales pero sabe un montón de ojos azules que derriten la materia y de cuestiones jurídicas. En ese binarismo falso, el que sabe cómo hacen el amor los hombres y las mujeres del siglo XX parece ser el propio Raymond Chandler. Y a juzgar por sus novelas, no sería un formato basado en el deseo femenino ni en su goce sino en una seducción histérica.

Sherlock Holmes, la gran creación de Sir Arthur Conan Doyle (iStock)
Sherlock Holmes, la gran creación de Sir Arthur Conan Doyle (iStock)

Chandler reconoce que “todos los escritores del género cometen errores”. Y pone como ejemplo al más grande de todos: Conan Doyle, a quien de paso, también minimiza: lo único que hizo de bueno fue crear a Sherlock Holmes, después, sus tramas, en fin… (recordemos que padre hay uno solo y ese padre es Hammett). “Los que realmente me deprimen son las damas y caballeros de los que Howard Haycraft (en su libro Murder of Pleasure) llama la Edad de Oro de la ficción detectivesca. Esa edad no es remota. Para Haycraft, empieza después de la Primera Guerra Mundial y dura más o menos hasta 1930. Para todos los fines prácticos, todavía existe. La mayoría de las narraciones detectivescas publicadas todavía siguen la fórmula que los gigantes de esa era crearon, perfeccionaron, pulieron y vendieron al mundo como problemas de lógica y deducción”.

Después de dejar en claro que el género de enigma es malo, errado e inferior al nuevo género policial duro, comienza con los ejemplos. ¿Y quiénes constituyen el principal blanco de sus dardos envenenados? Las escritoras de novelas policiales más “famosas” y vendedoras para la época. Sus verdaderas enemigas: Dorothy Sayers y Agatha Christie (a esta altura podría decirse que pegarle a Agatha Christie se ha convertido en una tradición literaria per se).

Chandler se refiere a una novela de Sayers “en la cual un hombre es asesinado de noche, en su casa, por medio de una pesa que se suelta mecánicamente, y que funciona porque él siempre enciende la radio en tal y cual momento, siempre se mantiene en tal y cual posición delante del aparato, y siempre se inclina hasta tal y cual punto…. Esto es lo que vulgarmente se conoce como tener a Dios a nuestro lado; un asesino que necesita tanta ayuda de la Providencia debería dedicarse a otro oficio”. Parece decir que la que debería “dedicarse a otro oficio” es la propia Sayers.

Agatha Christie y Dorothy Sayers
Agatha Christie y Dorothy Sayers

Lo mismo hace con Christie, siguiente blanco de sus ataques, a través de su detective Hércules Poirot, “el ingenioso belga cuyos parlamentos son una traducción literal del francés escolar”, en un argumento “que puede desquiciar la mente más aguda. Solo un idiota podría adivinarlo”. ¿Quién es idiota aquí? ¿Poirot o su creadora, Christie? Chandler entrelaza una ingeniosa lista de argumentaciones contra estos policiales de enigma aburridos, inverosímiles, tanto ingleses como norteamericanos (los hijos bobos de esa madre vieja), que considera incapaces de escribir “sobre los asesinatos que ocurren en realidad… sobre el auténtico sabor de la vida, tal como es en la realidad”.

Entonces, después de dejar sentada su posición, vuelve contra Dorothy Sayers, ya debilitada, para darle la estocada final. O, seguramente preferiría Chandler, el tiro del final. Porque: ¿dónde se ha visto a un detective duro usar un arma blanca? Las armas de los duros hacen mucho ruido, como el texto de Chandler. Claro: matar es un arte simple con un arma de fuego y una buena práctica de tiro previa. Más simple si la víctima es una mujer.
Entonces, la mata. Comienza destruyendo una idea ciertamente errónea de Sayers sobre el género detectivesco como “literatura de evasión” para llegar a la conclusión de que “lo que en realidad la torturaba era la conciencia de que su estilo de novela detectivesca era una fórmula árida que ya no podía satisfacer siquiera sus propias inferencias, una literatura de segunda porque no se refería a las cosas que podían constituir una literatura de primera…. Cuando (sus personajes) hacían cosas irreales, dejaban de ser personas reales. Se convertían en maquetas, amantes de cartón y villanos de cartón y detectives de exquisita e imposible cortesía”.

Lo único que le reconoce es su habilidad para construir personajes secundarios (una habilidad secundaria). La cuestión aquí no es que Chandler sea un mal lector. Todo lo contrario. Lo mejor que tiene el artículo son algunas consideraciones sumamente inteligentes sobre la literatura y sobre el vínculo literatura-sociedad. Lo peor es cómo ataca por el lado más débil. Y el “lado” más débil es la mujer.

En el párrafo siguiente habla del Detection Club de Londres, una institución a la que Christie y Sayers pertenecieron, y cuyos autores “eran tan tradicionalmente ingleses como los adornos victorianos”. Y cuenta que en un ensayo, Robert Graves y Alan Hodge sostienen que en la década posterior a la Primera Guerra, “un solo escritor de primera línea escribió novelas de detectives. Un norteamericano, Dashiell Hammett”. No es un detalle menor que esa afirmación no llegue al comienzo del artículo de Chandler. Como buen autor de novelas policiales experimentado (para 1946 ya ha escrito El sueño eterno, La ventana siniestra, Adiós muñeca y La dama del lago), sabe dosificar la información, y manejar los hilos sensibles de los lectores que ya tienen las defensas bajas, porque ya nos convenció de que todo eso que viene antes que Hammett es malo y ya fue superado, está lleno de madres viejas, y que en cambio, el género renovado tiene un padre joven.

Por otra parte, Hammett no fue el único, se encarga de escribir Chandler, el hijo dilecto. No hubiera habido Hammett sin Hemingway, dice. No fue taaan original. Ya todo estaba en Walt Whitman. Al final, prácticamente toda su virtud es haber tenido “información de primera mano” porque, como es sabido, el mismo Hammett fue detective privado (aunque se idealice su función en la agencia Pinkerton). Sin embargo, ese haber bebido de las fuentes sí lo hace único. Porque todos esos ingleses y esas señoras gordas “aunque escribían sobre duques y jarrones venecianos, sabían tan poco de ellos, por propia experiencia, como el personaje adinerado de Hollywood sobre los modernistas franceses que cuelgan de las paredes de su mansión de Bel-Air o sobre el Chippendale, que usa como mesita ratona”.

Entonces estamos listos para grabar para la eternidad la frase que arranca aplausos, carcajadas, hace temblar a las tribunas y todo lo anterior bien desmerecido está, porque papá “Hammett extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón; no tiene por qué permanecer allí para siempre, pero fue una buena idea empezar por alejarlo todo lo posible de la concepción de una Emily Post acerca de cómo roe el ala de pollo una joven de alta sociedad”.

Whitman, Post y Hemingway
Whitman, Post y Hemingway

“Hammett extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón” ya se ha convertido en lugar común de la defensa del género negro contra el policial de enigma, una dicotomía que ha dejado por mucho tiempo del lado de los buenos (escritores machos) a los que votan por el callejón, hombres rudos de honor, detectives necesarios, seductores de duquesas, y del lado de los malos a aquellos polvorientos creadores de acertijos (damas y caballeros anticuados) que se ocupaban de improbables jarrones venecianos. Y, no es casual: de duques. Seducir duquesas o escribir sobre duques, es la cuestión: el género.

Pero, quién es Emily Post, la que explica “cómo roe el ala de pollo una joven de la alta sociedad”. Una norteamericana que vivió entre 1872 y 1960 y se dedicó a escribir sobre cuestiones de “etiqueta” o protocolo, textos destinados al comportamiento de las mujeres en sociedad. En términos de Chandler, podría considerarse una duquesa que merecería ser “seducida” por nuestro varón moral y valiente.

Es interesante cómo Chandler habla del verosímil refiriéndose a los lectores de Hammett (no sería taaan original pero al fin y al cabo era un genio papá): “Personas con una actitud aguda y agresiva hacia la vida. No les inquietaba el lado turbio de las cosas; vivían de ese lado. La violencia no los consternaba, porque tenía lugar en su propio barrio. Hammett devolvió el asesinato a esa clase de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, no con pistolas de duelo cinceladas a mano, curare (N. de la R: venenos de flechas de América del Sur) y peces tropicales. Describió a esas personas tal como son y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente hablaban”.

Raymond Chandler
Raymond Chandler

Arriesgado: el lector de Hammett era, según Chandler, un varón delincuente de clase baja, tal vez femicida (un hombre puede matar a una mujer “por algún motivo”, jamás “por el solo hecho de proporcionar un cadáver”), que usa cuchillo, revolver tumbero o de los que en Estados Unidos se compran a la vuelta de la esquina.

Al mismo tiempo, era un poco mentiroso (un poquito nomás) Hammett, porque “tenía estilo pero su público no lo sabía, porque lo elaboraba con un lenguaje que no parecía capaz de tales refinamientos”. Y también sentimental: “Se dice que a Hammett le faltaba corazón, y sin embargo el texto que a él más le gustaba era la descripción del afecto de un hombre por un amigo”.

“Y hay también por ahí algunas personas que dicen que Hammett no escribía novelas de detectives sino simples crónicas empedernidas del hampa, con un superficial elemento de misterio como la aceituna de un Martini. Ellos representan a las ancianas mojigatas -de ambos sexos (o de ninguno) y de casi todas las edades- que prefieren esos misterios perfumados con capullos de magnolia y que no les agrada que se les recuerde que el asesinato es un acto de infinita crueldad, aun cuando los que los cometen sean a veces jóvenes de la alta sociedad, profesores universitarios o encantadoras mujeres maternales, de cabello delicadamente canoso”.

Esta vez el disparo es doble y definitivo: esas ancianas mojigatas con sus preferencias pueden ser aquellas lectoras que se abalanzaban sobre las estanterías de libros con títulos graciosos e irónicos o las autoras de esos mismos libros (Agatha Christie, Dorothy Sayers). ¿Pero qué significa “una anciana mojigata de ambos sexos o de ninguno”? ¿Una imposibilidad? Sin duda es un comentario misógino y acaso homofóbico.

Luego, esas mismas ancianas mojigatas además son asesinas (hacen de todo): “Encantadoras mujeres maternales de cabello delicadamente canoso” parecería ser otra forma de nombrar al sujeto-objeto de los disparos del artículo de Chandler. Por otra parte, todo esto está dicho por un Chandler que pisa los sesenta años, una edad que en 1946 podía calificarse de vejez o ancianidad. Pero el problema no son los hombres rudos, o los hombres que construyen hombres rudos de papel. Cierto.

Chandler define el mundo en el que se circunscribe el policial deseado y varonil en un largo párrafo que acaso sea el mejor del artículo, “un mundo en el que los maleantes y matones pueden gobernar naciones y adueñarse de ciudades; en que los hoteles, departamentos y restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regenteando burdeles…” Y así sigue su texto, que resulta de una abrumadora actualidad. Salvo (Chandler no puede consigo mismo, tiene que denigrar, que insultar una vez más) hacia el final del párrafo, cuando critica la Justicia y habla de un “jurado de retrasados mentales”.

Entonces sí, esos párrafos finales de El simple arte de matar se resignifican, se cargan de pesos pesados. Ese detective duro lo bien que hace en seducir a una duquesa. Después de todo, ella se lo merece (ser seducida). Tanta colección de jarrones venecianos, tanta etiqueta, tanto protocolo, tanto libro inglés aburrido y lleno de errores, para qué. Si lo que importa, lo que realmente tiene valor es un tipo al que lo que más le gusta, lo que más lo sensibiliza, es el afecto de un hombre por un amigo. Y que le habla al ignorante en su propio idioma sin que el otro se dé cuenta de que todo es una construcción.

 

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