Alberto Fernández y Cristina Kirchner (Foto: Nicolás Aboaf)
Alberto Fernández y Cristina Kirchner (Foto: Nicolás Aboaf)

En la era de la información el menor acontecimiento puede ser un hecho visible, aunque, en el siglo XXI, información no es sinónimo de comunicación.

La campaña de Alberto Fernández, candidato presidencial por el Frente de Todos, emite información que los receptores, cada vez más autónomos y críticos, decodifican de diferente manera, ya que perciben algo distinto de lo que dice. Por eso no logra una comunicación eficaz con el público al que desea llegar: los indecisos.

Las redes sociales, en particular, y los demás medios de comunicación en general, permiten poner en evidencia sus francas contradicciones, más allá de las ‘licencias’ éticas que suelen tomarse los políticos.

A todas luces resulta extraño que Fernández haya transformado los duros conceptos vertidos, sobre Cristina Fernández de Kirchner, Axel Kicillof, y la gestión de gobierno de ese entonces, en una candidatura presidencial, a la que fue ungido por la misma ex presidente de la Nación, hoy candidata a vicepresidente por dicho espacio.

Nadie duda que, en el hipotético caso que fuera electo, el poder real lo tendría CFK. Por ello, cabe preguntarse entonces: ¿Cuál ha sido el acuerdo alcanzado por las partes? ¿Con qué fines? ¿Desconocerán los hechos de corrupción? ¿Indultarán a los imputados, a quienes consideran presos políticos? ¿Intervendrán en el Poder Judicial? ¿Perseguirán a los jueces que tramitan las causas de corrupción? ¿Continuará habiendo libertad de prensa? ¿Hostigarán a medios y periodistas independientes? ¿Facilitarán los negocios de los empresarios amigos? ¿Volverá el país a cerrar su economía?

Subestimar la inteligencia del receptor, que no quiere volver al pasado, más allá de los cuestionamientos al gobierno de Cambiemos, atenta contra el objetivo comunicacional perseguido. Ello se debe a que ese público, como otros, sabe que Fernández ha sido un importante actor de la década kirchnerista, en su carácter de jefe de gabinete, entre mayo de 2003 y julio de 2008, y, por otra parte, da por seguro que no pudo desconocer los escandalosos hechos de corrupción acaecidos durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

Todo ello le quita credibilidad, ante quienes desea seducir.

A esta altura, por el estancamiento que muestran las encuestas, sabrá que esos receptores, cuando emitan su voto, lo harán a sabiendas de que el lobo, más allá de que se disfrace de cordero, no va a balar, sino que, contrariamente, va a aullar por convicción propia o ajena.

El autor es consultor.



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