(Charly Diaz Azcue / COMUNICACIÓN SENADO)
(Charly Diaz Azcue / COMUNICACIÓN SENADO)

Cristina Kirchner pronunció esta semana un sustancioso discurso ante un grupo de líderes e intelectuales de un sector de la izquierda latinoamericana, el que se denomina “progresista” y se referencia en los gobiernos de la primera década del milenio. De ese discurso se reprodujo su convocatoria a unir, bajo un mismo proyecto opositor, a los pañuelos verdes y celestes. Sin embargo, tiene una riqueza que supera ese detalle porque allí anidan las obsesiones, el carácter y algo de la visión del futuro de la inminente candidata presidencial.

En el párrafo más llamativo de ese discurso, Cristina se pelea con el sistema de división de poderes establecido por la Revolución francesa. Debe ser difícil encontrar en estos tiempos un líder relevante en el mundo occidental que sostenga esa posición. Al fin y al cabo, esa experiencia notable, la Revolución francesa, dio origen a la instalación de las democracias en el mundo.

Así lo expresó la ex Presidenta: “Esta división entre Poder Judicial, Poder Legislativo y Poder Ejecutivo data de 1789, de la Revolución francesa, cuando se cae el ancien régime, la aristocracia, la oligarquía el clero y el ejército, que eran los que gobernaban. Al surgir el pueblo, la burguesía, surge este concepto de izquierdas y derechas, por cómo se ubicaban en la asamblea legislativa los más revoltosos o revolucionarios y los menos revolucionarios. De allí surge esta idea de la división de poderes, uno de los cuales además es vitalicio, que es el Poder Judicial, rémora de la monarquía. Quiere decir que estamos con el mismo sistema de gobierno de cuando no existía la luz eléctrica o el auto. ¿A alguien se le ocurriría hoy sacar una muela o hacer una operación de apéndice, si es que existían las apéndices en 1789, supongo que no, con los métodos de 1789?”.

El párrafo anterior está vinculado con un episodio poco conocido por fuera de la intimidad del instituto Patria. Hace dos semanas, Gabriel Sued publicó en La Nación un documento de La Cámpora donde anunciaba que, de volver al poder, el kirchnerismo iba a reformar la Constitución y transformar de raíz el Poder Judicial. Cristina se irritó mucho con esa nota hasta que le señalaron que reproducía textualmente palabras escritas por su gente. En el microestadio de Ferro, Cristina dejó en claro que la modificación del sistema de división de poderes era una idea suya, no solo de la organización que conduce su hijo Máximo.

Los medios y la Justicia siguen, como entonces, en el centro de las obsesiones de Fernández de Kirchner. Ningún tema fue tan recurrente en el discurso como sus referencias a los medios de comunicación y los periodistas. “Estos días hubo inundaciones de aquellas en la provincia de Buenos. En agosto del año 2015 también había llovido mucho. Los periodistas de distintos medios se subieron a canoas y recorrían remando el Gran Buenos Aires. En esta oportunidad no se vio a ningún medio de comunicación militando la inundación como me la militaban a mí”, dijo la ex Presidenta.

“Perdimos por apenas dos puntos luego de 12 años y medio de un bombardeo mediático sin precedentes”; “Ustedes recordarán lo que era la militancia ante la variación de precios del tomate. Ahora uno puede encender la televisión y encuentra a periodistas militando el ajuste y recomendando que los vecinos se junten, alquilen una combi, y vayan juntos al Mercado Central”. “El blindaje mediático tiene un problema: te ayuda, pero en algún momento te confunde de tal manera que, cuando finalmente aparece, aparece todo de golpe”.

Una y otra vez, a cada paso, la misma Cristina de siempre, con las mismas obsesiones y la misma capacidad de autocrítica. No hay experiencias democráticas en la región de un cambio radical en el sistema de división de poderes. Las más cercanas a la ambición de Cristina fueron las llevadas a cabo en Perú, cuando Alberto Fujimori cerró el Congreso, en la Venezuela de Nicolás Maduro o en algunas provincias argentinas, entre ellas Santa Cruz, donde el Poder Ejecutivo copó directamente el Poder Judicial. Las insistentes referencias al periodismo la ubican a Cristina en la misma línea de pensamiento que otros líderes de la región, como el propio Maduro, Donald Trump o Jair Bolsonaro. Ni siquiera Dilma Rousseff incluyó el asunto en su extenso discurso en ese Foro, tampoco el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, o los intelectuales más destacados, como el portugués Boaventura de Sousa.

Por lo demás, el discurso fue muy ambicioso en referencias a fenómenos variados y complejos. Cristina se refirió a la diferencia esencial entre los animales y los seres humanos: “Los gatos son todos gatos, los perros son todos perros, las yeguas son todas yeguas. Pero los seres humanos no, los seres humanos necesitamos sentirnos diferentes para ser. Si no sos diferente al otro, no sos”. También explicó el origen del nazismo. “Hitler llegó al poder en Alemania por las condiciones humillantes que los aliados les impusieron a los alemanes por el tratado de Versalles, no por la inflación”. Dio su versión sobre la caída del muro de Berlín: “¿Ustedes creen que fue porque los Estados Unidos tenían más poderío económico? ¡No! Se cayó porque la gente del otro lado quería vivir y consumir lo que se consumía de este lado”. Y comparó lo que ocurre en las democracias actuales con algunos métodos que se aplicaban en Alemania Oriental: “Estamos en una sociedad donde a través de los medios digitales te estudian como rata de laboratorio y te mandan a tu computadora lo que vos querés escuchar. Es cierto que no es igual a lo que contaba la película La Vida de los Otros, pero, ¿no se parece demasiado a La Vida de los Otros?”.

Cristina expuso en un foro que intentó reunir a algunas de las estrellas que condujeron el continente desde el año 2000 hasta el 2015. A pesar de que el encuentro se definió como Foro del Pensamiento Crítico, hubo dos temas tabúes. Uno de ellos fue Venezuela. La izquierda latinoamericana —el progresismo, para ser más abarcativos— tiene un problema tan serio con ese tema que ni se atreve a nombrarlo. Tácitamente lo reconocen: hubo invitados argentinos, brasileños, bolivianos, paraguayos, colombianos y hasta del Vaticano, pero solo hubo un participante venezolano. Esa admisión, sin embargo, no es capaz de producir ni una sola reflexión. Es un foro que denuncia al neoliberalismo porque es un sistema de hambre y represión. Sin embargo, en ningún país se generó tanta hambre y represión como en la petrolera Venezuela. ¿No hay nada para discutir sobre el punto?

El segundo tema tabú es la corrupción. Dilma Rousseff, otra de las expositoras, y Cristina Kirchner fueron derrotadas en las elecciones entre otras razones porque gran parte de la población les recrimina la corrupción de sus gobiernos. ¿No sucedió nada de lo que se dice? ¿No hay autocrítica al respecto? Solo silencio. En los discursos de las principales personalidades no aparece el tema ni de lejos.

Nada de eso quiere decir que esta corriente del progresismo esté terminada. Aun con sus negaciones, sus complicidades o la permanencia de líderes que ya fueron derrotados, tiene una chance. El más interesante de los discursos fue el del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, quien sostuvo que no cree que “la noche neoliberal” dure demasiado. “El neoliberalismo que ha triunfado en algunos países de América Latina está repitiendo las mismas recetas que hace veinte años fracasaron y llevaron a esos países al desastre económico y social. No hay inventiva, ni creatividad, ni esperanza. Es una vieja repetición mal formulada, mal adobada, de viejas decisiones que ya fracasaron en el continente”, argumentó García Linera.

Para algunos, ese párrafo de García Linera será una advertencia, un riesgo, un escenario temido. Para otros, una esperanza o un alivio.

Para cualquier persona criteriosa, es básicamente un escenario posible. Experiencias como las que está viviendo en estos tiempos la Argentina han sido muy traumáticas. Y la democracia, como se sabe, es un sistema de opciones.



Source link