Marcelo Martinessi empezó a escribir su primera película en 2013. Atrás había quedado la crisis política que terminó con la eyección de Fernando Lugo, único presidente no colorado de los últimos 70 años de historia de Paraguay, del Palacio de López. Pero el estallido que generó la masacre de 17 personas en una finca del interior y que dio lugar al juicio político contra el ex obispo católico todavía sobrevolaba en la cabeza del director, que durante ese paréntesis progresista creó y dirigió la TV pública paraguaya. A partir de una serie de reflexiones sobre su país nació Las herederas, su ópera prima, que se estrenó en salas argentinas.

“Me enojé mucho con la clase social privilegiada, de la que vengo y de la que viene la mayoría de la gente que hace cine en América Latina —recuerda Martinessi ante Infobae en el lobby de un hotel boutique del barrio porteño de Recoleta en el que se hospeda—. Esa clase apoyó el golpe de Estado y siempre va a hacer cualquier cosa para mantener sus privilegios”.

Ganadora de dos Osos de Plata en Berlín, Las herederas es una película sobre el derrumbe de una clase social. La protagonizan Chela y Chiquita, dos mujeres de más de 60 años que alguna vez tuvieron buen pasar y que hoy atraviesan un proceso de desclasamiento. Para sobrevivir se ven obligadas a vender sus pertenencias, a desprenderse de su pasado y de su estatus. Muebles. Juegos de copas. Cubiertos. Casi todo en la casa está a la venta. En plena crisis, la vida las lleva por distintos rumbos: una de ellas queda presa acusada de fraude y la otra se convierte en remisera de otras señoras.

Cuenta Martinessi que se crió en un “mundo femenino” conformado por su madre, tías, tías abuelas y hermanas y que por eso prefirió que esta historia fuera contada por mujeres. Quería, también, expresar su lectura sobre una tradición que, considera, todavía asfixia a Paraguay. “Hay un estado de opresión permanente. No es que Stroessner se fue y empezamos a sentirnos libres. Esa opresión se quedó en la sociedad, en la universidad, en la escuela, en las familias… En todos lados”, explica.

—Es una película narrada por mujeres y se presentó en Berlín, en una edición que estuvo de alguna manera marcada por el Me Too.

—Sí, realmente no podíamos pensar eso en 2013 cuando empecé a escribir la película. Solo estaba el hecho político de que en Paraguay las mujeres son las que construyen la fibra interna de la sociedad y no tienen una presencia fuerte pública y mediática. A pesar de ser un país de una fuerte presencia femenina en su historia, eso no se siente en la vida pública. Las calles siguen teniendo nombres de mariscales, capitanes y sargentos. Las mujeres reconstructoras del país tienen muy poco reconocimiento. Me parece políticamente importante más que el Me Too. Ahora pienso que el Me Too es una moda y me parece también eso peligroso. Puede que de acá a cinco años se esfume.

—¿No le parece positivo el movimiento?

—Sí, puede traer cambios positivos, pero tiene un lado un poco careta que sea una moda. A veces uno siente que también la pelea de la mujer viene de mucho tiempo antes y a veces se embandera gente con algo, con una moda. Me parece que los cambios son buenísimos, las conquistas que se lograron en este período son importantes, pero yo creo mucho más en las luchas sostenidas en el tiempo y creo que hay mujeres que vinieron luchando desde hace décadas.

—¿Se puede pensar “Las herederas” como un llamado de atención a un sector de la sociedad paraguaya?

—Creo que es un retrato de una clase social que para mí está un poco invisible en el cine. Paraguay tiene muy poco cine. La mayoría de las cosas que se producen en el país son guaraní parlantes, son acerca de la vida rural. Yo mismo hice cortos en guaraní. Y la intención con la que empieza Las herederas es acercar la cámara a la sociedad en la que uno se mueve. Y me parece que aparte del sistema de relaciones, la película me hizo pensar en muchas cosas. La relación que tuvo la burguesía con Stroessner, que estuvo 35 años. Es una relación de protección y opresión, pero también de romance. Un dictador no puede durar 35 años si no hay un romance con él. Al analizar la historia te das cuenta de que es pequeña burguesía de Paraguay es culpable de todas esas cosas. Hoy parecen decir: “Oh, el torturador…”. Y esa burguesía estaba enamorada de Stroessner porque los protegía y les mantenía sus privilegios. Cuando Stroessner se va, esa clase en vez de renovarse empieza a pudrirse aún más y hoy es una clase social muerta. Y es la clase que está a cargo de mi país. Vivir en un país cuya élite está muerta es muy terrible.

—Cuando recibían una distinción, en el Senado de Paraguay una legisladora insultó a las actrices. ¿Cómo recuerda este episodio?

—Era la primera vez que Paraguay tenía una película en Berlín. Era una celebración. La gente no sabía ni de qué iba la película. Las actrices fueron recibidas como rock stars y el Senado nos quería dar un reconocimiento. Cuando fuimos, una senadora gritó groserías en guaraní: “Lesbiana, andate de acá”. Yo creo que no es una cuestión individual. Esa senadora fue electa porque hay gente que piensa como ella. Paraguay tiene gente que piensa así y también tiene gente que piensa que al diversidad hace rica a una sociedad y que hay que mirar al futuro. Estamos todavía en ese duelo entre el que no quiere morir, los últimos pataleos de la barbarie, y un país que quiere mirar al futuro.

—Llama la atención, además, que haya indignado la homosexualidad cuando no está ni cerca de ser el tema de la película, ¿no le parece? 

—Creo que ese comentario vino de la mayoría de la gente que no la vio y de alguna gente que cuando la vio solo vio aquello que le molesta. Yo hablo siempre de una historia universal a partir de una pareja de mujeres lesbianas. La película es sobre la edad, el paso del tiempo, la pérdida de estatus, y otras cosas. Me parece absolutamente loco todo lo que pasó con la película y la manera en que fue tomada por la sociedad. Incluso me parece bueno hacer una película de mujeres sin que sea el núcleo. Porque mucho del cine queer se produce alrededor de la orientación sexual, y acá no era para nada el centro.

—Hablaba recién de una disputa entre un sector conservador y otro que mira hacia adelante, ¿qué salida le ve?

—Creo que eso nomás, que no sea todo lo mismo, ya es positivo. Hay gente que está tratando de transformar el país, que quizás no está mucho en lugares de poder, pero está presente. Yo tengo esperanza de que Paraguay tiene gente que puede construir otro modelo de sociedad. Hay que ver de qué forma. Es evidente, con todo lo que está pasando en América Latina, que el sistema democrático hace agua por todos lados. Me parece que lo que está pasando ahora nos muestra que hay demasiado trabajo por encontrar formas de construir. No estamos construyendo la sociedad que queremos, todo se quedó como una idea. No se cuál es la solución. Creo que en Paraguay teníamos y seguimos teniendo una historia muy rica en otros modelos culturales, otro modelos de liderazgo. Pero nos empeñamos en copiar modelos foráneos en vez de aprovechar lo que heredamos de una cultura guaraní muy rica que se anuló. En la vida política de Paraguay no hay presencia de Paraguay, sino que se imponen modelos extranjeros sin pensar en el potencial propio. Siento que hay posibilidades muy ricas de cambios.

—Sin embargo hay 70 años casi ininterrumpidos de una misma tradición política…

—Sí, pero me parece que de alguna manera en Paraguay mucha de esa culpa tiene esta clase social dominante que no ha permitido que el país aproveche lo que tiene como riqueza y lo utilice para bienestar de todos. Paraguay es un país de gente muy solidaria y cálida. Un país que tiene un potencial muy grande. Creo que no lo estamos viendo y no lo estamos aprovechando.

—¿Cómo impactó esta hegemonía política en la historia del cine?

—La consecuencia fue la oscuridad. No tenemos un cine de Paraguay. Yo crecí sin ver el acento paraguayo en el cine, sin ver paisajes de mi ciudad, sin ver gente en la que yo me pudiera reconocer. Ustedes en Argentina, o Brasil o Cuba que tienen una riquísima historia cinematográfica, yo creo que crecieron con otra manera de reconocerse y pensarse que debe ser muy linda. A nosotros no nos sucedió. Parte de una película de propaganda del 1978 que se llama Cerro Corá, hubo hitos puntuales en el 68, el mediometraje El pueblo, de Carlos Saguier, y trabajos de otros cineastas que pudieron hacer cositas, un corto o un mediometraje. Me parece que para una sociedad es muy grave eso. Porque no te da una posibilidad de reconocerte en ese espejo grande que es el cine y de esa manera pensarte. Nos llevó mucho tiempo darnos cuenta lo que significa haber tenido tanto tiempo de oscuridad.

—¿Cómo analiza en este sentido el fenómeno “7 cajas”?

—Fue fundamental por la fiebre hermosa que generó en la gente. Creo que demostró que el cine es posible en Paraguay. Y que es posible también hacer un cine que conecte con la gente, que creo que es un problema que tienen muchos países de América Latina, en los que el cine de autor va por un lado y se separa casi siempre de la posibilidad de acercarse a la gente. Y creo que 7 cajas, con esa fuerza que tiene, con esa temática que tiene alrededor de un mercado y una historia con la que cualquier podría sentirse identificado, generó una cercanía hermosa con la gente. Y eso empezó a hacer que mucha más gente quisiera contar historias y puso al cine en la agenda publica inmediata. Hoy cuando se habla de cultura de Paraguay se habla de cine. Y eso me parece muy importante. Nos benefició a todos.

—¿Cómo es hacer cine en un país sin industria, donde, además, el Estado no ofrece fondos como los que hay en la Argentina?

Hay algunas formas porque somos parte de Ibermedia, hay formas de gestionar en Paraguay una contrapartida, fondos muy mínimos, no como los que hay en Argentina. Nosotros hicimos la película con seis países para conseguir los fondos. Pero la contracara de no tener industria, cinemateca, ni escuela pública es que hay un país que sigue sintiendo que es un milagro hacer una película. Y eso es genial. Los actrices de Las herederas han sido generosas, vinieron a ensayar a mi casa las horas que eran necesarias. Hay una entrega y un entusiasmo gigante. Eso hace que hayamos filmado la película en orden cronológico y en ocho semanas. Pudimos crear nuestras propias reglas y eso es muy rico. Estar en un país en el que todavía no hay un formato es muy interesante.

 

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