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Durante años, quienes fuimos militantes nos callamos porque “no convenía” hablar de abusos en las filas kirchneristas: no quisimos que quienes fueron nuestros compañeros, ni nuestros familiares o nuestros amigos, nos acusen de traidoras del Proyecto Nacional. Si nombramos a Juan Cabandié como uno de los más famosos acosadores de La Cámpora (conmigo lo hizo verbalmente y delante de todos en un campamento en Cañuelas), o a personajes menores como Julián Eyzaguirre (ya denunciado por violencia de género), nos condenan a la esquina donde yacen los “funcionales a la derecha”.

Las que nos fuimos en silencio hace años hoy denunciamos, no porque seamos anti kirchneristas, ni traidoras, sino porque no nos callamos más. Porque sabemos que no es apenas un “compañero” el que expuso sus “aprendizajes” en Facebook luego de haber sido denunciado mediáticamente. Ni una, dos o diez chicas las que sufrieron abusos. Es una estructura de poder machista que yo conozco bien desde sus inicios.

Y claro, yo soy una de las tantas mujeres que compartió (una de sus) historias de abusos: milité en La Cámpora durante poco más de un año (un poquito antes de que falleciese Néstor Kirchner, un poquito después del triunfo de Cristina Kirchner) y me fui sola, abusada, humillada.

En realidad yo no quería militar el territorio, sino que empecé a ir por obstinación ni bien me enteré que me excluyeron del grupo de comunicación de la incipiente “orga” (un lugar al que pedí ir pensando, qué inocente, que iría a ‘aportar’ en mi calidad de estudiante de Comunicación, bloguera, joven, kirchnerista, con cierta irreverencia narrativa que le gustaba a la gilada intelectual de esa época).

Me excluyeron y me avisó un amigo. Pero ya me había convencido de entrar a militar así que me mandé sola -con el solo contacto de una amiga que no veía hacía años, pero que estaba yendo allí- a Mataderos, el otro lado de la ciudad.

La primera o segunda reunión a la que fui hablaron del asesinato de Mariano Ferreyra y yo, sin saber que me estaba “desordenando”, dije que teníamos que ir a la marcha para pedir justicia, porque a mí no me importaba si era trosko o si era qué, porque era un militante de la misma edad que yo al que habían matado.

Me llevaron afuera por primera vez a “ordenarme” (para el que no conoce la jerga, sería algo así como ubicarme ideológicamente) y desde ahí fue todo rosca. Al toque se murió Néstor y todo lo que recuerdo después se puede sintetizar en escenas patéticas de un centenar de chicos que entraban de lleno en los veintes jugando a ser los aspirantes al poder real de la estratosfera del Proyecto Nacional.

Yo entré en esa. Todos entramos en esa. Los memes de esa época eran roscas de pascua enviadas por Blackberry (en La Cámpora el que poseía uno estaba en un nivel más elevado: al mío me lo compré yo).

Creyendo que nos preparábamos para ser los dirigentes del futuro, estábamos violentándonos entre nosotros, entre las cuatro paredes roñosas del “local” (con ese nombre se quiso rebautizar a las unidades básicas), con las dos palabras que conocíamos de la jerga política. Ahora pienso que esa idea de la juventud maravillosa era tan grande que se nos fue de las manos: no a “nosotros la juventud”, sino a nosotros los ilusionados; porque esa idea la agarraron los “conocidos de“, los “familiares de“, los que trabajaron de cerca con los cinco líderes de ese momento antes de formarse La Cámpora. Eran Juan Cabandié, Mariano Recalde, Wado De Pedro, José Ottavis y AndrésCuervo’ Larroque (después, cuando Cristina dijo que no podía ser que no hubiera una mujer en la conducción de La Cámpora, la sumaron a Mayra Mendoza).

En ese año obsceno volanteamos, hicimos kermesses, compras comunitarias, un montón de cosas mientras tejíamos telarañas para ser más que el otro barrio, para ser más que el compañero de al lado. Teníamos “referentes” de áreas: comunicación, acción social, y no me acuerdo qué más. “Referentes” de locales, “referentes” de comunas, de localidad, nacionales. Y era insoportable el peso simbólico de la “referencia”, que se medía según el nivel de “quilombos” que tenían, de los contactos que tenían, y en muchos casos, de los apellidos que tenían. Si estaban disponibles, “te atendían”.

Yo me cambié de local a los tres meses y fui a militar a Parque Patricios, y sin darme cuenta de lo vertiginoso de mi “ascenso”, estaba armando un equipo de comunicación comunal, una revista, una fiesta. Tenía un novio del mismo lugar de militancia, el “referente” de comunicación del barrio, que me llegó a decir que no tenía permiso para mandar mails a la comuna sin su autorización. El mismo que, tras haberle cortado, me empujó en el local, delante de otros compañeros, reiterándome que él era mi referente, por lo que yo debía ir a las reuniones que él ordenaba. También el que comenzó a ir al segundo local de Parque Patricios cuando yo comencé a ir ahí a dar apoyo escolar; a sentir que podía rearmar mi militancia en otro espacio, fuera del suyo, porque por supuesto el día que me empujó se fue a dirigir su reunión. Y después terminó de vocero o prensero de Mariano Recalde, porque el patriarcado los cría y La Cámpora los amontona.

Durante esa época, en la que dejé de escribir en mis redes sociales y en mi blog porque estaba “ordenada” (me despersonalicé, digamos), entré en el mundo donde las mujeres valíamos cuando éramos parejas de referentes (ese era el mejor escudo, en La Cámpora, para defendernos de abusadores: decían a viva voz que “no te metas con ‘tal'” porque es “la novia de” y te des-sexualizaban: eras el objeto de otro), o cuando éramos hermanas del jeque barrial.

Y yo, que nunca me concebí como mujer-delante-de-varones (en el sentido de que nunca me concebí a mí misma de segunda por la forma de mis genitales), sentía que reírme de otras mujeres con los varones que tenían algún tipo de poder simbólico estaba bien. Bah, no es que lo sentía: lo naturalizaba. Pero a mí nunca me “ascendieron” a nada, nunca me escucharon; más bien me ignoraron. Uno de los recuerdos más dolorosos que tengo de esas épocas son los mails kilométricos con propuestas, puntos de vistas, planes de acción, que ni siquiera fueron respondidos. Yo creía en Cristina Kirchner y en la militancia, y tenía una obstinación por crecer que no me la sacaba nadie. Ni los que me tocaban el culo en las fiestas, ni los que me gritaban guasadas delante de todos, ni los que me pedían que les cuente qué es lo que más me gusta de coger mediante mensaje de Blackberry.

Thelma Fardin habló el 11 de diciembre de 2018 y al otro día salimos miles de mujeres a hablar. A muchas nos pasó que todo lo que fuimos procesando a lo largo de los años lo pudimos poner en palabras. Lo pudimos contar. Yo empecé a contar.

Porque al precio de “abandonar el proyecto” lo sigo pagando al día de hoy. Nunca conté que fui parte de La Cámpora porque me fui tan sola, tan humillada y tan por la puerta de atrás que empecé a odiar esa parte de mi vida, porque la sensación del fracaso me persiguió durante años. Años en que vi ascender a un montón de varones que no necesariamente eran luces, pero sí los “protegidos” de algún “referente”. Por ejemplo, Julián Eyzaguirre Valderrama, que tiene una denuncia por violencia de género de su ex novia, y que a mí (a tantas, la verdad) me manoseó en una fiesta. Salió del Colegio Nacional con un currículum militante intachable, excelente capacidad de oratoria, formó parte de la mesa nacional de La Cámpora (ni la Mesa Redonda del Rey Arturo tenía tanto de misterioso y poderoso), tuvo su puesto de poder en la agencia Télam, y (leo en los medios que) lo contrató Recalde en la Legislatura porteña.

Estamos en una época en donde dejamos de ver a nuestro silencio como una “ayuda” para Cristina y el proyecto, como nos hicieron creer. Hoy sabemos que nuestro silencio es funcional a un sistema machista que públicamente reclama la paridad de género en las listas electorales, a una mayor participación de las mujeres en la política, pero por dentro sigue viendo a las mujeres solo en su calidad de relación afectiva o sanguínea con políticos varones.

Pero no es un varón, o dos, o tres pelotudos que se comieron “la poronga” en La Cámpora: es el sistema patriarcal que, en el ámbito de la militancia, nos quiso ver pelear en el barro por la pija de un referente, que sexualizó nuestras conversaciones en un ámbito político, que nos usó para ponernos en el ring del puterío personal; adentro de la básica, mientras ellos, los “referentes” varones, salían afuera para hablar con el funcionario.

Escribo esto casi sin dar nombres propios porque sé que muchas chicas vivieron cosas peores que yo y sé que, si me queda algún vestigio de militancia, quiero que sea para mis hermanas: expongo este relato para animarlas a que no se callen más.

 

La autora es periodista y ex militante de La Cámpora.



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