Las gotas de la intensa lluvia se estrellaban contra el piso de las calles convirtiéndose en millones de globitos sin consistencia ni poder. El agua caía vertical e incesante dejando tras los ventanales la postal de personas apuradas y automóviles lentos. Eran cerca de las cuatro de la tarde del jueves 12 de Diciembre de 1968 y “el mundo seguía andando” sin sospechar que quince argentinos se habían transformado en esperanzados jinetes de una quimera: que el boxeador (uno de los 15) lograre en pocas horas más el campeonato mundial de peso medio mediano liviano.

Nicolino Locche había partido desde Argentina con escasas expectativas de la “cátedra”. Decían algunos profundos conocedores del boxeo: “su estilo es de entrecasa; enamora al público del Luna Park y nada más…”.  Y sentenciaban: “Cuando vaya al exterior con un referí neutral y un jurado independiente, chau… lo liquidan”. Que era como decir que su arte incomparable mezcla de una defensa invulnerable y una estética sensual, no alcanzarían para seducir o conquistar a otros públicos y jueces.

Antes de partir hacia el estadio Kuramae, un templo del Sumo, quedamos en compartir un té a las cinco de la tarde. Mucho antes estábamos todos sentados a una mesa que esforzadamente pretendía mostrarse serena y hasta indiferente.

Fue en tales circunstancias que el Jorge “Cacho” Fontana, el locutor comercial –un número uno- de la transmisión radial desplegó su pequeña carpeta con los textos publicitarios. Pero fuera del anillado sobresalían dos hojas con visibles títulos manuscritos en letra de imprenta grande. Uno decía “En caso de ganar”; el otro, lo contrario: ” En caso de perder…”. Su contenido refería al saludo de los sponsors ( Bodegas “Peñaflor” y la sastrería que nos había dado la ropa “Thompson y Williams”) para una y otra alternativa una vez finalizado el combate.

La lectura no fue ajena a la vista de Locche tan pronto llegó a la mesa.

Cacho – dijo Nicolino dirigiéndose a Fontana– usted sabe que lo respeto, usted es un ídolo para mí y para todos los argentinos, pero perdóneme Don Cacho, esto no va, no corre.-

Ante la azorada mirada de todos nosotros Nicolino tomó la fina cartulina titulada “En caso de perder…” y la rompió al medio en dos pedazos que luego estrujó buscando un cesto.

Fue un momento de alto estímulo para todos. El actor nos transmitía una confianza ilimitada para lograr su éxito. Un mundo al revés en la intimidad de las concentraciones pues por lo general son los acompañantes quienes se esfuerzan por generar fe en el o los protagonistas.

Cerca de las seis de la tarde, dos autos Datsun negros de alta gama se estacionaron en la puerta del Akasaka Prince Hotel frente al Palacio Imperial residencia del entonces Emperador Hiroito. Los demás enviados especiales – éramos nueve en total- ya habían partido hacia el estadio unos 45 minutos antes.

Se realizó el clásico repaso de la “check list”: el balde, el agua propia comprada al azar en un almacén, los cicatrizantes, la vaselina, vendas, guantes, botitas (dos pares), medias, bata, toallas, guantines para calentar, protectores bucales (tres), tela adhesiva para ajustar los guantes, todo el tocador para la ducha post pelea, champú, jabón, desodorante, colonia…si estaba todo.

-Nos vamos, ¿falta alguien?, preguntó Don Paco Bermúdez, el incomparable maestro mendocino.-

-Sí.-le respondió Tito Lectoure, dueño del Luna Park y factor fundamental para conseguir esta postergada pelea ante la Asociación Mundial de Boxeo.-

-¿ Quién falta?, preguntó Bermudez

– Y falta Locche, contestó Lectoure

– No se preocupen, yo lo busco, se ofreció Juan ” Mendoza” Aguilar un extraordinario ex campeón de los Medio Pesado que viajó para ayudar a Locche como su principal “sparring”.

Los choferes vestidos con traje azul, camisa blanca y corbata celeste esperaban, la lluvia no cesaba, eran las seis y media de la tarde, llevábamos media hora de atraso y Locche no aparecía.

Diez minutos después Aguilar y Nicolino aparecieron presurosos desde un pasillo señalándonos la puerta para ir saliendo.

¿ Dónde halló Juan Aguilar a Nicolino? Lo encontró en el baño de hombres del lobby del hotel fumando en cuclillas sobre la tabla de un inodoro. Así partimos hacia el estadio.

Para ingresar al Kuramae había que quitarse el calzado en la puerta y dejarlo prolijamente al lado de otros miles de pares. O sea que conservando nuestro uniforme de blazer con corbata y un piloto, pero en medias, fuimos primero al vestuario del campeón mundial, Paul “Takeshi” Fujii.

Nos resultó imposible hablar. Mis compañeros Osvaldo Caffarelli , el grandísimo relator, Juancito De Biase de “Clarín”, el “Turco” Emilio Feres de “La Nación” y Horacio Monzó de “La Razón – a quien afortunadamente también tenemos hoy 50 años después al alcance del afecto cotidiano- fuimos testigos de aquel desenfreno. Fujii le pegaba con furia desatada a los guantines colocados sobre las manos de su entrenador. Tras cada golpe exclamaba un agónico “¡¡Haa!!, ¡¡Haaa!!, ¡¡¡Haaaa!!! Lo hacía tratando de acompañar la música hard rock de “Deep Purple”, una banda inglesa de Hartford que hacía furor. Pero el sonido nos pegaba en el pecho y lastimaba los tímpanos. Gritaba Fujii cada vez más furioso, transpirado y severo; la música era insoportable a los oídos, los acompañantes del japonés le hacían coro y vociferaban con él mientras del parlante emergían sonidos cada vez más duros y ensordecedores.

Los fotógrafos Tolentino Alegre Reyes enviado por “Crónica” y Juan Abálsamo de “La Razón”, pugnaban por un espacio al borde del ring, lugar del que eran expulsados cada vez que lo intentaban. Abálsamo les pedía a los acomodadores japoneses “un pícalo logar”, hasta que tal como nos ocurre siempre lograron posiciones para sacar sus estupendas fotografías.

Girando en medias y ante la imposibilidad de dialogar con aquel ser vigoroso, inexpugnable, impiadoso, un verdadero “samurai” fuimos en procura del otro camarín, el de Nicolino Locche. Golpeamos la puerta con austeridad. Nos abrió Tito Lectoure quien llevó presuroso su dedo índice de la mano derecha a la boca de manera vertical hasta atravesar sus labios. Parecía la foto de la enfermera pidiendo silencio en los hospitales.

– ¿ Qué pasa Tito ?, pregunté con una mínima cuota de curiosidad.

– Entren despacio, sin hacer ruido, Locche se quedó dormido en la camilla.

Resultó asombrosamente cierto. A una hora de la pelea Paul Fujii descargaba su tensión pegando con inusitada fuerza sobre los guantines del entrenador al tiempo que se dejaba aturdir por el rock pesado para no pensar.

A veinte metros en el otro vestuario, el profundo sueño de Nicolino quien se tiro en la camilla para relajarse con las manos entrecruzadas sobre el pecho y se quedó dormido.

Luego, sobre el ring, estas asimetrías quedaron plasmadas en las dos diferentes actitudes de los actores: el frenesí, la furia, la agresividad, la potencia y el ataque sistemático de Fujii quedaron esterilizados ante el talento de Locche que hizo todo a la perfección. Fue tan grande Nicolino que dominó los nueve asaltos, pegó siempre con su apertura de zurda a la zona alta y el gancho a la región abdominal. Lo dominó en todos los aspectos y le produjo una herida en el arco superciliar derecho que le quitó la visión periférica primero y directa después.

Cuando Fujii –nacido en Hawai, pero ciudadano nipón desde niño por la condición de padres japoneses- comenzó a mover la cabeza en señal de no poder más por no ver a Locche antes del comienzo del 10° asalto, la gente se enloqueció. Y cuando efectivamente oficializó el abandono comenzaron a llover los cojines de los asientos sobre el ring.

Fue tal la queja del público que mientras Juancito Aguilar subía a Nicolino en sus hombros y Don Paco se abrazaba emocionadamente con Tito, la gente seguía tirando cosas sobre el ring. Resultaba imposible hablar, no se escuchaba nada ni abajo ni sobre el cuadrilátero hasta donde trepó Caffarelli para la nota triunfal de una quimera hecha realidad.

Cuando logramos salir del estadio, nuestros zapatos estaban en fila y prolijamente colocados tal como los habíamos dejado al ingresar cuatro horas antes.

De regreso en el hotel, unas dos horas después – en la Argentina serían las 11 de la mañana – todo el personal del “Akasaka Prince” esperó en doble fila a Nicolino con alfombra roja, flores y aplausos. Otra vez las lágrimas.

Tres, cuatro y hasta cinco horas después nadie podía conciliar el sueño: Una botella de whisky presidía la tertulia de la distensión. Todos estábamos allí, incluyendo a Emilio Lafferranderie ( “El Veco”) quien había llegado directamente al estadio desde el aeropuerto cuando Locche y Fujii ya estaban sobre el ring. Es que el enviado especial de El Gráfico venía desde Filadelfia donde 36 horas antes Joe Frazier había derrotado a Ringo Bonavena en dramática pelea.

Una vez que todos brindábamos reiteradamente por el gran triunfo de Nicolino, éste bajó de su habitación y asombrado preguntó: “Perdón, ¿ustedes brindan y se emocionan porque no creían en mí verdad?…les voy a decir una cosa – espetó ante el nuevo silencio general- ” siempre supe que el día que me dieran la oportunidad ante quien fuera y yendo a su propio país iba a ganarle así, salud”.

Con el primer sol unas horas después emprendimos el regreso. Traíamos con nosotros la lata con el video de la pelea pues no había aún satélite (se inauguraría al año siguiente, 1969). El itinerario sería Tokio, Los Angeles, cambio de avión para continuar a México, Lima, cambio de avión para llegar a Santiago y el último cambio para arribar a Ezeiza el sábado 14 de Diciembre a las 14.25 hs en Aerolíneas Argentinas. En el Aeropuerto Pistarini nos esperaría un remise para que Cacho Fontana, Osvaldo Caffarelli, Edgardo Mermet- el coordinador de todo el emprendimiento- y yo fuéramos a “Sábados Circulares de Mancera”, el más exitoso programa ómnibus de la época con picos de 30 puntos de ráting conducido por el inolvidable Pipo Mancera.

No fue posible: tras 25 horas de vuelo en tres diferentes compañías y otras 14 horas para las conexiones, nos enteramos que Ezeiza se hallaba inoperable por tormentas eléctricas. Una de las alternativas era Corrientes. Y allí fuimos. Nos esperó José Antonio ” Pocho” Romero Feris, quien era diputado, accionista del canal de televisión, dueño del diario ” El Litoral” y más tarde gobernador entre tantas otras exitosas actividades. Insólitamente la pelea de Locche se estrenó en Corrientes.

Fue recién el lunes 16 –cuatro días después de la pelea- que pudo verse a través de “El Mundo del Espectáculo” conducido por Héctor Larrea, tan ansiada hazaña. Esa noche el Canal 13 alcanzó 27 puntos de rating y alentó una llegada apoteótica de Locche y su comitiva al día siguiente .

Resuena aún la sirena del camión de los Bomberos desde Ezeiza con gente a lo largo de todo el itinerario: Ricchieri, Gral Paz, Juan B. Justo, Corrientes hasta llegar a un Luna Park con más de 20.000 personas a las 15 horas de un martes laborable.

Ni hablar de Mendoza al dia siguiente – el 18 de Diciembre- desde el aeropuerto de “El Plumerillo” hasta la puerta de la Intendencia en el pleno centro de la ciudad. La gente convertida en eufórica multitud colmó todos los espacios de las calles por donde Locche paseó su sonrisa de agradecido ídolo.

Hoy es una estatua. El bronce parece moverse para que nadie olvide que hubo un boxeador “intocable” que hace 50 años llevó a cabo la más grande obra de arte que jamás haya brindado el boxeo.

No habrá ninguno igual, no habrá ninguno…

La pelea Locche-Fujii, relatada hoy por Walter Nelson y comentada por Ernesto Cherquis Bialo



Source link