(Foto: cortesía)
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Por Ivonne Acuña

Se veía venir. Poco a poco el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha cavado su propia tumba. La incapacidad de renovarse y adaptarse a las exigencias de una nueva sociedad lo ha llevado a cometer un grave error tras otro. El anunciado triunfo del ex gobernador de Campeche, Alejandro Moreno Cárdenas, ‘Alito’, en la elección interna del nuevo dirigente nacional, es un clavo más al ataúd que muestra, una vez más, la naturaleza corrupta de un partido sin vocación democrática.

Pero, no se piense que los desaciertos priistas tuvieron lugar sólo en el último sexenio, los clavos que van cerrando el ataúd del otrora partido hegemónico han sido atornillados de manera lenta y continuada. La certeza de haber conformado una sociedad a su imagen y semejanza, el control sobre ésta, las décadas de supuestos triunfos electorales, la fidelidad de su voto duro y su vuelta en el año 2012, les cegaron. La soberbia hizo su aparición, la convicción en torno a su experiencia y el “saber cómo hacerlo”, les llevó a pensar que podían recuperar la presidencia y mantener diversas gubernaturas y asegurar, mediante el manejo corrupto del presupuesto, su permanencia en el poder.

Llegaron incluso a creer que un presidente “guapo, joven, delgado, bien vestido y peinado” cubriría la falta de conocimientos y preparación que el máximo puesto de poder político en el país requiere, a final de cuentas, no hay nada que un grupo asesor (de Atlacomulco) no pudiera resolver.

Mala decisión haber permitido que el grupo Estado de México, mejor conocido como Grupo Atlacomulco, se hiciera con el control del partido, para luego imponer a uno de sus miembros, no el más destacado, por cierto, como presidente de la República, fue como “darse un tiro en el pie, agregando un enorme clavo al ataúd.

La duda sobre si podrían mantenerse en el poder o no, llevó al grupo del expresidente Peña a “asegurarse” un futuro halagüeño vaciando las arcas públicas, aunque eso sí, manteniendo estable la macroeconomía como reza el credo neoliberal.

Hoy, las consecuencias de tales acciones están a la vista: la enorme derrota electoral de 2018 y 2019; los conflictos al interior del PRI por el control del partido; la falta de recursos económicos del partido, al punto de no poder pagar al INE 230 millones de pesos para que esta institución realizara la elección para sustituir a la dirigencia nacional; las acusaciones de corrupción y el inicio de investigaciones en contra de funcionarios de la anterior administración como Rosario Robles Berlanga, Emilio Zebadúa González, Emilio Lozoya Austin; la salida reciente de importantes y antiguos militantes; además de la desbandada previa y, probablemente, futura hacia Morena, ¿movimiento en camino de convertirse en partido hegemónico?, no lo sabemos aún, lo que sí es un hecho es la debacle innegable del anteriormente invencible partido posrevolucionario.

Se puede observar también como, décadas atrás, el PRI comenzó a trazar la ruta que lo llevaría al desastre, como podrá leerse enseguida.

Cronología de los clavos que van cerrando el ataúd priista:

Entre 1940 y 1968, como documentara Gilberto Guevara Niebla, en su artículo “El 68 y la democracia”, del 1 de julio de 2018 en la revista Nexos, los gobiernos emanados del PRI reprimieron brutalmente a todo aquel movimiento que se atrevió a cuestionar la rigidez del sistema y su incapacidad para democratizarse, así como las desigualdades sociales creadas por un Estado benefactor incapaz de incluir a todos.

Se reprimió por igual: “A los obreros de la industria militar (1942), a los estudiantes politécnicos (1942), a los trabajadores ferrocarrileros (1946), a los mineros de Nueva Rosita (1950), a los estudiantes politécnicos (1956), a los empleados de telégrafos (1958), a los ferrocarrileros (1959), a los maestros (1959), a una manifestación estudiantil a favor de Cuba (1961), al pueblo de Chilpancingo (1962), a la Universidad de Michoacán (1963), a la universidad de Chihuahua (1965), a los estudiantes capitalinos que protestaban contra la guerra de Vietnam (1965), a la Universidad de Sonora (1966), a la Universidad de Michoacán (1966), a la Universidad de Tabasco (1967), etcétera”.

A los anteriores habrá que agregar al movimiento de los médicos (1964-1965), considerado como el primer movimiento social moderno y analizado por Ricardo Pozas Horcasitas en su obra La democracia en blanco. El movimiento médico en México, 1964-1965.

1958-1968, durante 10 años, dos gobiernos emanados del PRI, el de Adolfo López Mateos (ALM) (1950-1964) y el de Gustavo Díaz Ordaz (GDO) (1954-1970), reprimieron. No escaparon a la brutalidad gubernamental ni siquiera los grandes sindicatos priistas. Un análisis detallado de esta década puede encontrarse en el texto escrito por Ilán Semo: “El ocaso de los mitos”, tomo 6 de la colección “México: un pueblo en la historia”, coordinado por Enrique Semo.

1968, el 2 de octubre “no se olvida”. GDO, presidente en funciones, y Luis Echeverría Álvarez (LEA), próximo mandatario, reprimieron sangrienta y violentamente el Movimiento Estudiantil. El asesinato de cientos de jóvenes preparatorianos y universitarios manchó para siempre al partido que algún día se concibió como el hacedor de una nación.

1971, ya como presidente en turno, LEA ordenó una nueva masacre estudiantil y el jueves 10 de junio, Jueves de Corpus, tiene lugar El Halconazo. Episodio en el que nuevamente cientos de estudiantes fueron agredidos y asesinados por Los Halcones, grupo paramilitar entrenado por la CIA para el caso. No se podía permitir que se manifestaran en apoyo a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León, que pretendieron democratizar el gobierno de su institución.

Sin embargo, la represión visible en dos momentos históricos concretos, el 2 de octubre y el 10 de junio, fue sólo una muestra de lo que se conoció como La guerra secreta o la guerra sucia, que para algunos inició en la década de los 50 y para otros al final de los 60, encabezada por LEA y que le permitió a éste ejercer un control férreo sobre la disidencia política con terribles y fatales consecuencias; cientos de desapariciones forzadas, crímenes, violaciones, torturas, intimidaciones, vidas y familias destruidas, etc. Un recuento de la represión a las guerrillas urbana y rural puede leerse en La guerra secreta, 1970-1978, de Gustavo Hirales, en la revista Nexos, del mes de junio de 1982.

1988, con la llegada de Carlos Salinas de Gortari (CSG) a la presidencia de la República, el PRI abandonó definitivamente su compromiso con las mayorías, para mirar y beneficiar tan sólo a las élites. El partido abandonó el proyecto nacionalista que lo había caracterizado y el nuevo presidente comenzó a desmontar, en su beneficio, parte de la estructura corporativa del partido con el encarcelamiento de Joaquín Hernández Galicia (‘La Quina’), la sustitución de Carlos Jonguitud Barrios, líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y el nacimiento de dos nuevos líderes sindicales: Elba Esther Gordillo, en el SNTE, y Francisco Hernández Juárez, en Teléfonos de México (Telmex), este último ‘gran facilitador’ de la privatización de una de las más importantes empresas del Estado.

El desmantelamiento parcial de la estructura corporativa bien puede considerarse un paso necesario para la privatización de gran parte de las empresas paraestatales, iniciada en el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado, con la asesoría del entonces secretario de Programación y Presupuesto, el mismo Salinas de Gortari.

1989, el PRI decide cederle una gubernatura al PAN, la de Baja California, en favor de Ernesto Ruffo Appel reconociendo, a partir de una ‘concertacesión’, que para continuar en el poder necesitaba negociar con la oposición representada por cierta fracción del PAN, de la que formaba parte destacada Diego Fernández de Cevallos. Cabría preguntarse si la crisis de legitimidad y credibilidad en la que fue cayendo llevaron al PRI a negociar la presidencia de la República, vía otra ‘concertacesión’, en el año 2000.

1994, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la Presidencia de la República, dio a saber que algo no marchaba bien dentro de la cúpula del poder y que había que tomar medidas extremas: o el candidato había sido mandado a asesinar por el presidente Carlos Salinas de Gortari para frenar a quien pretendía un viraje de la naciente política neoliberal o por la ‘nomenclatura’ del partido, para evitar que CSG extendiera su poder más allá de un sexenio.

1997, comienza a desmoronarse la hegemonía que el PRI había mantenido desde 1929 al perder la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. La oposición le arrebató, además, otros dos importantes bastiones: la izquierda, con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano al frente, ganó los comicios por el gobierno de la Ciudad de México, mientras el Partido Acción Nacional (PAN) se quedó con el gobierno del Estado de Nuevo León.

2000, el PRI pierde por primera vez en su historia las elecciones presidenciales, quedando como segunda fuerza, con la obtención del 36.11% de los sufragios por parte de su candidato Francisco Labastida Ochoa, el mismo que hace unos días afirmó que Enrique Peña Nieto (EPN) había sido el peor de los presidentes en dos siglos, el XX y lo que va del XXI, esto es, durante los 90 años de gobiernos priistas. En esa misma elección, Vicente Fox Quesada, del PAN, obtuvo el triunfo con el 42.52% de los votos y el entonces perredista Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano captó tan sólo el 16.64%, quedando en tercer lugar.

2006, un sexenio después de la derrota, el PRI vuelve a perder la elección presidencial y esta vez de manera más humillante. El tabasqueño Roberto Madrazo Pintado, quien previamente se había adueñado del partido junto con la maestra Elba Esther Gordillo, con quien acabo enfrentado, fue víctima de una crisis priista que él mismo gestó. Nunca el PRI había obtenido una votación tan baja en una elección presidencial, con Madrazo sólo logró el 22% de los votos.

El PRI cayó al tercer sitio de la votación en la elección presidencial con sólo 9.3 millones de votos, debajo del entonces candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, que sumó 14.7 millones de sufragios (el 35.29%), contra Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, del PAN, quien supuestamente obtuvo 15 millones de votos (el 35.91%). La sombra del fraude electoral y la supuesta ilegitimidad de Calderón, llevaron a este último a declarar la guerra al narco, dando comienzo el baño de sangre que ha sumido a México en una de las más graves crisis de seguridad y violencia en toda su historia, equiparable sólo a las grandes gestas revolucionarias en cuanto a grado de violencia y brutalidad. Esto por supuesto, no es achacable al PRI, sino a quien ahora pretende fundar un nuevo partido tomando a la libertad como pretexto.

2012, el PRI se preparó para recuperar la presidencia de la República después de seis años de cobertura mediática en torno a Enrique Peña Nieto. El candidato a quien se construyó una imagen de galán de telenovela y a quien se casó con la actriz de moda. Un individuo que a todas luces no estaba a la altura del reto histórico que el país enfrentaba.

El triunfo del candidato priista fue el inicio de un sexenio plagado de escándalos de corrupción y errores de gestión y comunicación política. La ‘Casa Blanca’; los 43 estudiantes de Ayotzinapa; la ejecución extrajudicial de Tlatlaya; la Estafa Maestra, etc., son sólo algunos de los sucesos que se ligarán irremediablemente al nombre de EPN y las siglas del ‘nuevo’ PRI. Sin olvidar por supuesto la represión en San Salvador Atenco, hacia el inicio de la administración de Peña como gobernador del Estado de México, en 2006.

En seis años, el PRI fue el actor principal de una escandalosa y vergonzosa corrupción que incluyó al presidente de la República Enrique Peña Nieto y al menos una decena de gobernadores priistas a quienes él mismo había reconocido como ‘la nueva generación’; entre ellos: Javier Duarte (Veracruz), César Duarte (Chihuahua), Roberto Borge (Quintana Roo), Andrés Granier (Tabasco), Rodrigo Medina (Nuevo León), Roberto Sandoval (Nayarit), Mario Anguiano (Colima) y Egidio Torre Cantú (Tamaulipas).

El cinismo, la indolencia, el abandono de las causas del pueblo, la ineptitud, las complicidades mafiosas fueron minando la poca confianza que el PRI había inspirado en su vuelta a Los Pinos. Al final, quedó claro que ese partido no era lo que el país necesitaba.

2017, el PRI volvió a las andadas, demostrando nuevamente su naturaleza corrupta con el enorme derroche de recursos y compra de votos en favor de Alfredo del Mazo Maza, durante la elección a gobernador por el Estado de México. Cabe anotar que, a pesar del enorme despliegue de recursos y triquiñuelas, sin los votos del PVEM, el PANAL y el PES, del Mazo no le habría ganado a Delfina Gómez Álvarez, candidata de Morena.

2018, ante la falta de liderazgos “limpios, confiables y creíbles” que ofrecer a la ciudadanía, el PRI de EPN se decantó por elegir como su candidato a la presidencia a un funcionario externo al PRI, José Antonio Meade Kuribreña (JAMK). Su falta de carisma y experiencia, unidos a una pésima campaña electoral, convirtieron a JAMK en el peor de los candidatos, en el peor de los momentos. El resultado, un escaso 16.4% de los votos.

No hubo manera, fue imposible levantar una campaña mal planeada con la que se buscó revivir el gastado esquema de ‘AMLO un peligro para México’, sin reconocer que la emoción a la que había que apelar no era el ‘miedo’, sino el ‘enojo’. Como si no bastara, desde diversos medios de comunicación se atacó a Ricardo Anaya Cortés, candidato del PAN, con la esperanza de que los votos que él perdiera se sumarán a los de Meade, sin contemplar la posibilidad de que una parte importante de estos se sumaría al porcentaje de votos que Andrés Manuel López Obrador, el actual presidente, obtendría al final de la contienda electoral.

2019, en las elecciones intermedias, el PRI no ganó ni un municipio en Tamaulipas ni en Baja California, Morena se lo llevó todo. Jaime Bonilla Valdez logró el 50.3%; en Puebla, ganó Miguel Ángel Barbosa, candidato de Morena, con 44.7% de los votos, pero no sólo eso, en desbandada la Confederación Nacional Campesina (CNC) de ese estado junto con su lideresa moral Maritza Marín Marcelo abandonaron al PRI para unirse a Barbosa; en Aguascalientes se llevó un municipio y otro en Quinta Roo; sólo en Durango ganó en 16 municipios, contra Morena que sólo obtuvo dos. El PRI tocó fondo al convertirse en una lejana tercera fuerza política, después de Morena y el PAN, muy cerca de la llamada ‘chiquillada’, compuesta por el PRD, MC, el PVEM y el PANAL.

De hecho, existen lugares en donde el PRI ya no tiene militantes como Baja California Sur, y en otros, como Durango tiene tres; en seis o siete entidades tiene menos de mil; en otras tiene entre 20, 30 y 40 mil militantes para hacer un total de un millón 200 mil militantes, de acuerdo con información proporcionada por el periodista de Proceso José Gil Olmos.

Por si fuera poco, el PRI debió ‘depurar’ su padrón ante el INE, pues desde hace cinco años afirmó que ascendía a seis millones 545 mil 923 militantes, pero recientemente tuvo que admitir, que “no es cierto, que son menos, algo así como únicamente un millón 159 mil 320 militantes debidamente registrados”, ante la posibilidad de pagar una multa de 51 mil 740 pesos por cada militante falso o indebidamente afiliado.

Remata esta breve cronología, la cuestionada elección de su nuevo dirigente nacional, el domingo 11 de agosto. Durante el proceso se denunció que la elección estaba amañada en favor de Alejandro Moreno Cárdenas, ‘Alito’, a quien incluso se ha acusado de tener una fortuna que no se corresponde con el poco tiempo que ha ocupado cargos públicos y de haber aumentado en 35 mil el número de pobres en su administración como gobernador de Campeche.

La denuncia de cargada en favor de ‘Alito’ motivó la salida de José Narro Robles, exrector de la UNAM, no sólo de la contienda por la dirigencia, sino del PRI, después de 46 años de militancia. Con él salió también la periodista Beatriz Pages Llergo Rebollar, quien durante el sexenio de EPN defendía al PRI y al mismo presidente con pasión y vehemencia.

Su cuestionado triunfo motivó que su principal adversaria, Ivonne Ortega Pacheco, ex gobernadora de Yucatán, también decidiera abandonar las filas del PRI afirmando, en un video publicado en sus redes sociales, el viernes 16 de agosto: “El resultado para el PRI es que lo ‘refundieron’. Si se insiste en las viejas mañas y las prácticas deshonestas mostradas durante la elección, el PRI de la mano de la cúpula, sólo tiene una ruta, la extinción (…) En lo personal, tengo claro que el PRI que se vio el domingo 11 de agosto no es el partido que me representa (…) En congruencia con mis convicciones democráticas, hoy he presentado mi renuncia al PRI, después de 29 años de militancia”.

Un error tras otro, y el ataúd del PRI se va llenando de clavos, hasta convertirse en una estructura hueca sin propuestas, recursos, mayorías, militantes, liderazgos, aliados, prestigio, importancia. De hecho, llama la atención la poca cobertura mediática y de análisis político que el triunfo de Moreno Cárdenas y la salida de Ivonne Ortega generó.

Después de esta larga o corta lista, según se vea, de yerros y agravios, clavos al ataúd, cabe preguntarse: ¿Tiene futuro el PRI en el país que construyó, explotó, secuestró, reprimió, violó, atracó, subastó y finalmente colocó al borde de una de las más grandes crisis de su historia?

*Académica del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana

Lo publicado aquí es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio



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