Una foto exagerada de porteñismo: una postal del pasaje Agnaco, en el barrio de Boedo
Una foto exagerada de porteñismo: una postal del pasaje Agnaco, en el barrio de Boedo

Pasajes, cortadas, callejón, callecitas. Tengan el nombre que tengan, son la evidencia de la ruptura del trazado proporcional de las calles o síntomas del fracaso en la regularidad del damero que inspiró la organización de Buenos Aires. Hoy, siglos después de su concepción, son pequeños pasillos, pulmones, tesoros de la arquitectura urbana contemporánea que se dedica a revalorizar los rincones menos corrompidos por la modernidad.

En forma de “U”, de “L” o de “I”, el cul de sac o callejón sin salida. Públicos o de acceso restringido, cubiertos o a cielo abierto, peatonales, vehiculares o mixtos; consecuencias de inversiones privadas o gubernamentales. Testigos del trazado colonial, fruto morfológico o dimensional de decisiones judiciales. Los pasajes porteños son arterias improvisadas, nacidas cuando Argentina no era Argentina.

Buenos Aires, como colonia española, asimiló las legislaciones promulgadas por la corona para arbitrar, regular y urbanizar la vida social de los imperios nacientes

Buenos Aires, como colonia española, asimiló las legislaciones promulgadas por la corona para arbitrar, regular y urbanizar la vida social de los imperios nacientes. Las Leyes de Indias incluían una serie de normativas sobre el trazado cuadricular de las ciudades coloniales: establecía un diseño ortogonal en forma de damero con precisas indicaciones medidas y localizaciones para plazas y establecimientos públicos. En 1530, las plazas de la ciudad debían medir 185 metros de largo por 122 de ancho, las calles no podían superar los doce metros de ancho y el diámetro de las manzanas -divididas en cuatro solares, uno correspondiente a cada familia- oscilaban entre 117 y 122 metros.

Graciela Mariani, arquitecta con título de posgrado como Planificadora Urbana y Regional en la Universidad de Buenos Aires, dijo que los pasajes surgieron por razones múltiples. Son accidentes geográficos, surgieron por necesidades comerciales en concepto de inversión y por las subdivisiones hereditarias.

Las familias patricias eran numerosas y su tierra urbana se debió subdividir muchas veces, algunas, dando lugar a calles interiores o pasajes, a veces con salida a dos calles y a veces no, para dar lugar al acceso de todos los solares -explicó-. También quedaron calles truncas o discordes con la traza original, que fueron rastros de algún camino interior de antiguas quintas, que al ser subdivididas y loteadas quedaron fuera de las mediciones patrimoniales como largas fajas de terreno sin dueño”.

Construidos entre 1880 y las primeras décadas del siglo XX, los pasajes nacieron como respuesta a un incipiente problema habitacional

Hubo un tiempo en el que también era menester ventilar e higienizar la ciudad. Producto de esa condición humanitaria, se fundaron conductos internos en las manzanas. Lo desarrolla el Gobierno de la Ciudad desde su departamento de turismo: “Construidos entre 1880 y las primeras décadas del siglo XX, los pasajes nacieron como respuesta a un incipiente problema habitacional. A raíz de la epidemia de fiebre amarilla, en 1871, las clases altas abandonaron el sur de la ciudad y se dirigieron a la zona norte, iniciándose así un proceso de densificación urbana. Entonces, hacia 1880 la inclusión de calles interiores que permitan aumentar el número de viviendas se advirtió como una solución”.

El licenciado en Urbanismo Rodrigo Martín Silva ensayó una reflexión sobre el diagrama de un trazado reconstruido por exigencia de la vehicularización de las ciudades: “Los pasajes son el resultado de superponer una ciudad creada originalmente para el caballo y la carreta sobre otra que se debió adaptar a la tecnología de los vehículos y una mayor densidad. Los planos de mensura de tierra y los agrimensores, bajo supervisión y visado de la Dirección de Catastro de la Ciudad de Buenos Aires, a medida que se realizaban materializaciones del uso de las parcelas, fueron exigiendo a los privados que cedieran a título gratuito el espacio destinado a circulación, espacio verde y reservas para equipamiento comunitario”.

Los pasajes son el resultado de superponer una ciudad creada para el caballo y la carreta sobre otra que se debió adaptar a la tecnología de los vehículos y una mayor densidad

Así como ayer fueron necesidades geográficas, hoy se conservan como patrimonios indemnes a la avanzada arquitectónica de las grandes ciudades. Son una suerte de oasis, remansos, escondites ajenos al frenesí urbano, paisajes retros que preservan la memoria de los inicios de una ciudad en transformación constante, vestigios de cierta atemporalidad, zonas de romanticismo, intimidad y calidez, nuevas reliquias de la especulación inmobiliaria, o barrios privados entre cien barrios porteños.

Estos rincones de Buenos Aires son testigos del paso del tiempo. Conservan el encanto de seguir siendo expresiones de la construcción primitiva de la ciudad, la combinación de lo clásico y lo moderno, las inspiraciones europeas, caminos breves, refugios del ruido.

Juan Vacas, director general de Patrimonio, Museos y Casco Histórico del Ministerio de Cultura de la Ciudad, los resume: “Los pasajes configuran ámbitos singulares dentro de la trama urbana de Buenos Aires. Muchos de ellos se constituyeron en lugares de gran riqueza espacial en el que se conjuga escala, perspectiva y homogeneidad. Pasadizos arbolados en medio de manzanas densamente edificadas; viviendas señoriales de varios patios que abandonan su destino de origen y pasan a convertirse en conventillos, galerías comerciales,o departamentos, enriquecen aún más el panorama, ya de por sí vasto”.

Lo vasto de los pasajes, cerca de 500, permite clasificar a los más singulares.

Pasaje de La Piedad: donde “vive” el fantasma de Alberto Olmedo

Desde 1997 el camino interno de la manzana fue incluido dentro de las Áreas de Protección Histórica de la ciudad de Buenos Aires (Estrella Herrera-gv/GCBA)
Desde 1997 el camino interno de la manzana fue incluido dentro de las Áreas de Protección Histórica de la ciudad de Buenos Aires (Estrella Herrera-gv/GCBA)

Su ingreso está en Bartolomé Mitre 1525 y su egreso se ubica en la misma calle, a la altura 1573. El pasaje de La Piedad es el único en forma de herradura en la ciudad. Es, a su vez, uno de los primeros edificios de renta. Su denominación proviene del nombre de la Iglesia de la Señora de la Piedad del Monte Calvario que se encuentra enfrente. Presenta su propia numeración, conserva carteles azules que señalan la entrada y salida de carruajes, mantiene las arcadas, los trabajos de herrería, las puertas de madera, retazos que comprueban su trayectoria e invitan a sumergirse en un aura sereno y de época, a ocho cuadras del Obelisco.

De acuerdo a sus registros históricos, fue habilitado en 1888 y terminado de construir para comienzos de siglo. Fue encomendado por Arturo Gramajo, un abogado argentino que después de oficiar de diplomático ocupó el cargo de intendente de Buenos Aires, a los arquitectos genoveses Nicolás y José Canales. Lo concluyó en 1909 el arquitecto piamontés Juan Antonio Buschiazzo, director del Departamento de Obras Públicas de la Municipalidad y referencia en el embellecimiento de la ciudad. Tiene 114 unidades; apenas 49 presumen de acceso a un pasaje hoy vallado con rejas y que mantiene la actividad comercial en el frente y la función residencial en su interior.

“Al ingresar se observa una marcada influencia italiana y las fachadas del conjunto que dan a Bartolomé Mitre, Montevideo y Paraná demuestran cómo empiezan a incorporarse en nuestra arquitectura elementos de influencia francesa. Como resultado, este singular pasaje es un ejemplo de eclecticismo característico de la arquitectura del 1880 en Buenos Aires“, describió la dirección general de Patrimonio, Museos y Casco Histórico del Ministerio de Cultura porteño.

El pasaje es en verdad una calle interna que penetra en el corazón de la manzana. Está compuesto por edificios de tres cuerpos con retiro de fachada y una antesala común de jardines. Su piso es de adoquines y su atmósfera envuelve una escenografía dispuesta para el cine y la televisión. En los argumentos de la diputada Carla Pitiot para declararlo de interés cultural para la Cámara de Diputados de la Nación (expediente 6762-D-2016), enumera que sirvió de inspiración para el escritor Jorge Luis Borges, que allí vivieron glorias del tango como Juan D’Arienzo y Miguel Caló, y que fue habitada por el bailarín Jorge Donn, el actor Alberto Olmedo, el director cinematográfico Enrique Carreras y el animador de televisión Andrés Percivale.

El pasaje adopta una impronta europea: es una combinación de estilos afrancesados e italianos. Se construyó en dos etapas: en 1888 y en 1900

Luis Eduardo Balbachán escribió en el libro Los ignorados pasajes de Buenos Aires que de La Piedad fue escenario de infinitas películas argentinas como Fiebre de primavera, La orquídea, Un guapo del 900, Pobre mi madre querida, Mi noche triste y El infierno tan temido. Además, allí se filmó Assassination Tango, el filme escrito, dirigido y actuado por Robert Duvall presentado en 2002. Oculto en la arquitectura del paisaje, también se esconde el Teatro de la Piedad, donde actuaron figuras del calibre de Alfredo Alcón y Libertad Lamarque. Dicen que quienes se someten a la mágica neutralidad y el misterio novelesco del pasaje, pueden ver levitando sobre el empedrado y disfrutando de la calma quietud urbana al fantasma de Alberto Olmedo.

Pasaje Roverano: el de la barbería de Jorge Bergoglio

Entre Avenida de Mayo 560 y la calle Hipólito Yrigoyen 561, vive una calle interna donde su escenografía natural y abstraída de cierta modernidad sirvió para ambientar La Señal, una película protagonizada por Ricardo Darín y estrenada en 2007
Entre Avenida de Mayo 560 y la calle Hipólito Yrigoyen 561, vive una calle interna donde su escenografía natural y abstraída de cierta modernidad sirvió para ambientar La Señal, una película protagonizada por Ricardo Darín y estrenada en 2007

Conecta la Avenida de Mayo, junto al patio del Cabildo, y la calle Hipólito Yrigoyen, frente al costado de la Legislatura porteña, a la altura 560. El pasaje Roverano el pasillo del hall de un edificio que fue construido en 1878 y remodelado con la apertura de la Avenida de Mayo. La reconstrucción de su frente a cargo del arquitecto francés Eugenio Gantner demandó seis años y adquirió su fisonomía definitiva en 1918.

La confitería de Monguillot fue la sede donde los hermanos Ángel y Pascual Roverano inauguraron en 1878 este edificio de dos plantas: en la primera se desplegó una galería de locales con habitaciones de renta en el fondo y en el segundo nivel. Su nombre corresponde al apellido de sus primeros propietarios y residentes. Adopta un estilo neoclásico que transmite directamente misceláneas del pasado: el mármol en las columnas, el panel de exhibición e indicadores, la singularidad de sus vitrales, las perfilerías de bronce se conjugan con la actividad comercial y el tránsito de los abogados.

Tal vez su mayor distinción sea la comunicación independiente del pasaje con la estación Perú del Subte A, que no tiene otro edificio en la ciudad. En 1915 los propietarios negociaron una autorización oficial que permitió un enlace especial con la boca del subterráneo. A través de dos ascensores y desde una escalera de la planta baja se accede a la estación.

Como agregados de influencia cultural, aún se mantiene una antigua barbería y un café que presumen la asistencia de su cliente más reconocido, el ex cardenal Jorge Bergoglio, actual Papa Francisco. La historia también anuncia que en 1970 se concretó la reunión entre Ricardo Balbín con Jorge Paladino, delegado de Perón, para oficializar la alianza denominada La Hora del Pueblo. De acuerdo a información provista por el gobierno porteño, en la década del treinta Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, trabajó en las oficinas del segundo piso para la Compañía Aérea Nacional.

Pasaje Rivarola: el más exclusivo de la Ciudad

El pasaje que es un espejo de París fue declarado Área de Protección Histórica (APH) (Estrella Herrera-gv/GCBA)
El pasaje que es un espejo de París fue declarado Área de Protección Histórica (APH) (Estrella Herrera-gv/GCBA)

Ocho edificios, cuatro de cada lado, y tres departamentos por piso en cada uno de ellos. El Pasaje Rivarola condensa un escenario exclusivo en Buenos Aires. La guía interactiva de la arquitectura argentina reproduce la descripción del célebre arquitecto argentino Julio Valentino: “Conforma un lugar único en la trama urbana. Es una calle vehicular que divide en dos una típica manzana de la ciudad; su particularidad reside en sus fachadas espejadas, simétricas, idénticas, sobre ambas veredas”. Es una arteria con carácter y distinción: la homogeneidad estilística hace del pasaje Rivarola un sitio de interés cultural.

Antes se llamó “La Rural” por emprendimiento privado de la compañía de seguros que llevaba ese nombre. Adoptó su denominación actual en 1957 en honor al doctor Rodolfo Rivarola, abogado, filósofo, profesor, juez e intelectual argentino perteneciente a la Generación del ’80. Se trató de un encargo a los ingenieros Petersen, Thiele y Cruz y una construcción rauda de la empresa alemán GEOPÉ. Penetra sobra la manzana y concede el paso de sur a norte, de Bartolomé Mitre hacia Perón. Ensaya una propuesta innovadora de operar un camino dentro de una cuadra para construir sobre sus laterales perfiles idénticos, destinadas para comercios y viviendas de renta.

Está a una cuadra del pasaje de La Piedad y a cuatro del Obelisco, en pleno barrio de San Nicolás. Julio Valentino sugiere que la impronta francesa prevalece en un estilo que obedece a las corrientes eclécticas que dominaron la arquitectura porteña a finales del siglo XIX y principios del XX. Sus fachadas señoriales tienen palieres de mármol: conducen hacia una fisonomía armoniosa en un color gris que remite al academicismo parisino.

La mítica Casa Raab desapareció en 2010 cuando murió Miguel Raab, el dueño de una de las relojerías más emblemáticas de la ciudad. Se encontraba sobre el 134 del pasaje Rivarola y era un lugar preciado por coleccionistas y anticuarios. Era conocido como “la Chacarita de los relojes” por dedicarse a reparar instrumentos antiguos. Sobre el 154 está la sede del Centro Cultural Enrique Santos Discépolo convertido en corriente política, y enfrente se halla el Museo de la Mujer Argentina, fundado en 2006 para promover la producción artística y cultura de las mujeres que hicieron historia junto al pueblo.

Pasaje San Lorenzo: donde está la casa más angosta de Buenos Aires

Va desde la Avenida Independencia hasta la calle Defensa y cruza Balcarce, a siete cuadras de la Casa Rosada. Al 380 reside la casa más angosta de la ciudad: hoy convertido en un paseo turístico
Va desde la Avenida Independencia hasta la calle Defensa y cruza Balcarce, a siete cuadras de la Casa Rosada. Al 380 reside la casa más angosta de la ciudad: hoy convertido en un paseo turístico

“El más emblemático es el pasaje San Lorenzo en San Telmo. Se me viene a la mente porque lo conozco muy bien: allí está la Casa Mínima de 2,5 metros de frente y 13 de fondo. Una historiadora me contó que era la casa de una pareja de esclavos libertos, pero la historia puede ser más bien una leyenda”, definió la arquitecta y planificadora Graciela Mariani.

Su relato lo alimenta el ente de turismo porteño: “A esta casa, que fue parte de una vivienda de la segunda década del siglo XIX, se la conoce por ser la más angosta de la ciudad. Presenta una fachada sencilla, compuesta por una puerta de dos hojas con cuarterones pintados de verde y, en la planta alta, un pequeño balcón con barrotes de hierro. Estas casas eran para los esclavos libertos, a quienes sus amos les asignaban un pequeño espacio para levantar sus viviendas, contiguo a su propiedad”.

Es la única casa de este tipo que subsiste en la ciudad: es el espacio residual que quedó tras las sucesivas reformas edilicias que sufrió la manzana. Cuenta la novela fantástica que un esclavo liberto de Urquiza recibió la casa en 1813. Pero el mito se disuelve en la investigación del fallecido arquitecto José María Peña, fundador del Museo de la Ciudad: había hallado un catastro de 1860 que señala que el terreno disponía de 16 metros de frente por 17 de fondo. Su suposición habilita la teoría de que las subdivisiones de la propiedad dejó un lote angosto y debilita la hipótesis del esclavo liberto.

La “Casa Mínima”: una fachada angosta capaz de albergar una puerta de dos hojas, un balcón a barrotes y un farolito
La “Casa Mínima”: una fachada angosta capaz de albergar una puerta de dos hojas, un balcón a barrotes y un farolito

Pero como las leyendas son a veces más simpáticas que la realidad, prevalece la idea de que la Casa Mínima fue un hogar de esclavos. Todo en las dos cuadras de extensión del pasaje San Lorenzo remite a la mitología porteña: el arrabal, los balcones cortos, el pavimento de empedrado, el revoque descascarado de las casas que descubre el alma en ladrillos, los artesanos plásticos que exhiben sus obras en una vieja casona del siglo XVIII denominada “La galería de los Patios de San Telmo”.

Pasaje Santa Rosa: donde vive el art street porteño

El pasaje se extiende por tres cuadras en uno de los puntos más turísticos de la ciudad: está entre Uriarte y Gurruchaga, y atraviesa Thames y Jorge Luis Borges (Guille Llamos)
El pasaje se extiende por tres cuadras en uno de los puntos más turísticos de la ciudad: está entre Uriarte y Gurruchaga, y atraviesa Thames y Jorge Luis Borges (Guille Llamos)

Las calles de Palermo Soho fueron galardonadas por la edición británica de la revista Time Out, una revista de guías turística, en el puesto 41 de los vecindarios más cools del mundo. Resumen la bohemia, la moda, la ecléctica gastronomía local y las nuevas expresiones del arte urbano. Representa el embellecimiento de un barrio en constante ebullición, con espacios reservados para tiendas de diseño, espacios de arte, hoteles boutique, galpones, parques arbolados, calles empedradas, plazas, ferias.

En el trazado urbano de este rincón pintoresco de la ciudad, cuatro callecitas descomprimen la abundante oferta de Palermo: Coronel Cabrera, Rusell, Soria y Santa Rosa. En estos pasajes escondidos se puede descubrir la intervención artística de la arquitectura original. Stencils, enredaderas, dibujos y pintadas maquillan las paredes y fachadas de las construcciones. El último, el pasaje Santa Rosa ubicado a metros de la Plaza Serrano, se posicionó como el más significativo: allí, donde estéticamente no todo era lindo, hoy se erige como un gran lienzo de artistas callejeros.

Uno de las paredes del pasaje: la intervención artística es libre y constante (Guille Llamos)
Uno de las paredes del pasaje: la intervención artística es libre y constante (Guille Llamos)

Soraya Chaina, Gerente de Visitas Guiadas del Ente de Turismo porteño, lo destacó como uno de los más emblemáticos de la ciudad: “Podemos admirar hermosas manifestaciones del street art porteño. En ese pasaje se puede identificar una gran diversidad de arte urbano, con todas las técnicas posibles”. En el pasaje Santa Rosa, la Asociación Don’t Smoke hizo el lanzamiento de la campaña “Love is in the Air” enfrentado su mural de venecitas con el decorado de afiches compuestos por frases inspiracionales y dibujos clásicos de historietas.

Pasaje Butteler: en cruz y el preferido de los “cuervos”

La “manzana crucificada” tiene 64 casas construidas de manera idéntica: están divididas en cuatro secciones, dos ambientes, un patio interior y puertas de madera
La “manzana crucificada” tiene 64 casas construidas de manera idéntica: están divididas en cuatro secciones, dos ambientes, un patio interior y puertas de madera

El único pasaje en cruz de la ciudad. Butteler es -aunque cueste creerlo- una única calle en forma de equis coronado por una plazoleta en su cruce interno, con una numeración del 0 al 100 que gira en sentido contrario a las agujas del reloj. Ingresar en su universo es adentrarse en un portal inverosímil: son cuatro mini arterias en distintas direcciones, que desguazan las construcciones, conciben manzanas trapezoidales y desconciertan a los carteros.

Sus accesos en diagonal desde las cuatro esquinas son callecitas internas, adoquinadas, que desembocan en un arenero enrejado conocido como “Plaza escondida”, denominado desde 1972 Enrique Santos Discépolo. El pasaje Butteler es uno de esos oasis urbanos que conceden dosis de intimidad y serenidad. En su interior se percibe un resguardo del caos vehicular que amenaza su pasividad desde cuatro aberturas: lo delimitan el cruce de las avenidas Cobo y La Plata, y las calles Zelarrayán y Senillosa.

El Pasaje Butteler es una manifestación singular del paisaje urbano. No integra un circuito turístico pero expresa la tradición, el colorido y la esencia del despertar porteño. No es casual que sea escenario de publicidades, programas y películas dedicadas a retratar postales vintage. Sus vecinos pintaron las paredes, hay retazos de arte callejeros y una atmósfera de microbarrio donde los más pequeños pueden salir a jugar.

En agosto de 2010, la Legislatura de Buenos Aires modificó el Código de Planeamiento Urbano y declaró al pasaje Butteler “Área de Protección Histórica”, de modo que está prohibido modificarle sus espacios y sus casas

Su origen data de comienzos de siglo XX. Hablaban del primer barrio social de la ciudad de Buenos Aires. En 1910 se terminó la construcción de una quinta que albergaría 64 casas idénticas de obreros que trabajaban para la señorita Azucena Butteler, miembro de la filantrópica “Sociedad Protectora del Obrero”. La condición era que el conglomerado de tierras homenajeara a la donante con su nombre. “La ley Nº 4824 ‘Casas para obreros: construcción por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires’, sancionada el 27 de septiembre de 1905 y promulgada el 14 de octubre del mismo año, autorizaba a la Municipalidad de Buenos Aires la emisión de títulos públicos para la construcción de casas para obreros”, corrobora el sitio del Ministerio de Ambiente y Espacio Público del gobierno porteño.

Su vínculo sentimental lo une indefectiblemente con el club San Lorenzo de Almagro. La plaza fue encuentro de hinchas caracterizados del Ciclón que bautizaron a la hinchada como “la gloriosa Butteler“, con referencia directa al pasaje, ubicado a tres cuadras del Viejo Gasómetro, el mítico estadio de la avenida La Plata.

Pasaje Colombo: donde vivió y murió Leopoldo Marechal

En 1997, en procura de resguardar su patrimonio, fue inscripto en el Área de Protección Histórica (APH) de la Ciudad de Buenos Aires (Estrella Herrera-gv/GCBA)
En 1997, en procura de resguardar su patrimonio, fue inscripto en el Área de Protección Histórica (APH) de la Ciudad de Buenos Aires (Estrella Herrera-gv/GCBA)

Rivadavia y Azcuénaga, allí a cuatro cuadras de la plaza Miserere, se dibuja el trazo de una calle que entra y sale de una manzana en forma de “L”. Es el Pasaje Colombo, con dirección exacta en Rivadavia 2451 o Azcuénaga 34. “Junto al de La Piedad tienen el mismo concepto: eran áreas de acceso exclusivo para bomberos y ambulancias, las entradas principales para las viviendas de la zona”, explicó Soraya Chaina, gerente de Visitas Guiadas del ente de Turismo del Gobierno porteño.

Su acceso por la avenida se extiende 30 metros dentro de las construcciones y gira noventa gracias hacia la derecha. El brazo separa la porción sudeste de la manzana del resto: está conformado por edificios de cinco plantas maquillados con el mismo gris plomo de antaño, sus faroles y sus fachadas viven en el pasado, y sus aceras escuetas le dan forma de calle aunque por allí ya no pase ningún vehículo. “Un imponente portón de hierro vigila el ingreso al pasaje, donde una amplia vereda de circulación conduce a los visitantes por las distintas viviendas, muchas de las cuales todavía tienen en su puerta un curioso llamador de bronce en forma de mano“, detalló la dirección general de Patrimonio, Museos y Casco Histórico del Ministerio de Cultura de la Ciudad.

La compañía de seguros La Edificadora solía comprar parcelas de tierra, construir edificios y venderlos. Cuando adquirió el solar como parte de un proyecto inmobiliario, trazó un camino interno que popularmente se lo conoció como pasaje Edificadora. Cuando la empresa quebró, el lote lo compró el comerciante Carlos Ambrosio Colombo en 1890. Desde por entonces se llama Pasaje Colombo.

En su interior, además de una torreta de seguridad de dos pisos y un cantero con una palmera, se lucen dos plaquetas conmemorativas. Una firmada por la Junta de Estudios Históricos de Balvanera que reza: “Esta manzana formó parte de la quinta de Antonio González Varela, apodado Miserere, pionero del barrio”. La segunda es una placa de bronce colocada por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que distingue a una ilustre personalidad: “Aquí vivió y murió el gran escritor argentino Leopoldo Marechal (1900 – 1970). En su memoria y homenaje”.

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