Juan Grabois
Juan Grabois

Juan Grabois, un dirigente social simpático, voluntarioso y elegido por el Papa para unir a “todos contra Macri” puso un solo límite para el armado del “Frente Grande”: excluir a los corruptos.

Antes de que continúe con su faena, alguien debería avisarle: no hay kirchnerismo sin corrupción. O, como sentenció, con razón, Horacio Verbitsky, para referirse al menemismo: la corrupción es inherente al kirchnerismo y su continuación inevitable, el cristinismo. Forma parte de su naturaleza.

De entrada nomás, desde la cárcel, Julio De Vido, preso por entorpecer una causa en la que se lo acusa desde hace años de malversar 26 mil millones de pesos – la de Yacimientos Carboníferos Río Turbio- lo cruzó con el epíteto “ortiva”.

Pero quizá Grabois el pecado original lo cometió el día en que acompañó a la expresidenta Cristina Fernández a Comodoro Py. También después, al proclamar su inocencia, con argumentos pueriles y escaso conocimiento de los expedientes.

Que alguien le avise, de paso, a Grabois: no hay una conspiración de los jueces de Comodoro Py en contra de Cristina. Ella está procesada en siete causas distintas, y de esas, en cuatro, aparece como la jefa de una asociación ilícita. Son seis fiscales diferentes y cinco jueces distintos, todos de primera instancia, los que la investigaron y concluyeron que sería culpable de los delitos que se le imputan. De hecho, la falta de mérito que le dictó Sebastián Casanello en la denominada ruta del dinero K, evidencia que cada magistrado dictamina de acuerdo a su leal saber y entender.

Pero si quiere llevar las cosas más a fondo, Grabois debería poner todas las cartas sobre la mesa, y practicar otro tipo de honestidad: la intelectual. No me importa si Grabois usa zapatillas Nike al mismo tiempo que habla de la explotación laboral en la Argentina y en el mundo. Me importa que discutamos ideas.

Durante los reportajes que le hice, cada vez que quise ahondar sobre los casos de corrupción que le achacan a Cristina y cerca de un centenar de personas, entre exfuncionarios y empresarios, empezó a ensayar el argumento más superficial de todos: el del relativismo moral. Algo así como “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. O “no creo en el mal absoluto” y “todos los mortales son débiles”.

Pero aun tomando argumentos tan superficiales, deberíamos ir todavía más a fondo y afirmar que la corrupción del kirchnerismo nació junto con el proyecto político que terminó ungiendo a Néstor Kirchner como presidente, con la idea de gobernar la Argentina para siempre, abruptamente interrumpida por su sorpresiva muerte.

Tanto Néstor como Cristina siempre supieron que para hacer política necesitaban dinero. Mucho dinero. En efectivo. En bolsos. Sin bancarizar. Desde que trabajaban como abogados caranchos que embargaban bienes a los deudores de la 1050. Hasta los días en que se apropiaron, de manera poco ortodoxa, de los famosos fondos correspondientes a las regalías petroleras de Santa Cruz.

Para los que dudaban de todo esto, y de muchos otros escándalos y robos multimillonarios, aparecieron los cuadernos del chofer y los arrepentidos. Es decir: la causa de corrupción más grave y relevante en toda la historia del país.

Que la expresidenta hable de fotocopias, revela no solo su tendencia a negar la realidad, sino lo que le depararía al país si llega a regresar, como si no hubiese pasado nada, para gobernar la Argentina. Ella, y todos los pasajeros del tren fantasma, como Hugo Moyano, Luis D’Elía y los chicos grandes de La Cámpora, quienes parecían tan puros y quedaron tan embadurnados por las fotocopias del cuaderno de Centeno. Amén.

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