(Foto: NA)
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Las próximas elecciones presidenciales, independientemente de quien se alce con la victoria final que lo depositará en el codiciado “sillón de Rivadavía”, alterarán fuertemente el escenario político de los últimos años.
A los interrogantes en relación a cómo será la nueva dinámica gobierno-oposición, cómo se dirmirán las internas del peronismo, o qué nuevos liderazgos emergerán, se le suma la incógnita sobre el futuro de la hoy coalición oficialista.

El radicalismo, socio fundador y ciertamente garante de la territorialidad de Cambiemos, no ocultó, en estos más de tres años de gestión, sus diferencias respecto a algunas decisiones y manejos del gobierno de Mauricio Macri. Un malestar que se agravó ante la percepción de que el Presidente prescindía de la opinión orgánica del centenario partido cuya alianza con el PRO y la Coalición Cívica fue clave para ganar en 2015.

A las diferencias en torno a algunas decisiones y prácticas de gobierno que a varios dirigentes radicales ya les resulta muy difícil disimular, se le suman las diferencias en torno a los armados provinciales y, en particular, la selección de los mejores candidatos a gobernadores para representar la marca Cambiemos.

Si algo necesitaban los radicales para repensar su rol en la mesa de Cambiemos era un triunfo en las urnas. Más aún una victoria en elecciones internas frente a un candidato del riñon de Macri. El día llegó y el lugar fue La Pampa, y nada más ni nada menos que en la primera cita de un largo año electoral.

Una victoria que estimula a muchos radicales a romper el cerco impuesto por el “círculo rojo” del presidente, ya no sólo pensando en las elecciones provinciales, sino también en una PASO dentro de Cambiemos que hasta muy poco parecía un escenario descabellado.

El “equipo” tambalea

Entre los principales rasgo identitarios de Cambiemos se encuentra sin dudas la idea de “equipo”, que fue uno de los objetos privilegiados de la comunicación de gobierno en los últimos años. Una idea que permitía polarizar con el “personalismo” de Cristina y que tenía como correlato la apelación a una supuesta “unidad” que no sólo desaconsejaba cualquier exteriorización de diferencias internas que eran castigadas con el destierro (Aranguren, Melconian, Prat Gay, Constantini, etc.) sino que también desalentaba candidaturas provinciales que no contaban con la venia de la Casa Rosada.

Los eventos desatados tras la corrida cambiaria que estalló en abril del 2018 alteraron drásticamente el panorama. La crisis económica horadó la imagen del presidente y la hasta entoces “segura” reelección del presidente comenzó a tambalear. La idea de “equipo” se fue diluyendo y alineando tras el imperativo de salvar a Macri a como de lugar.

Con relativo éxito, el líder del PRO logró apaciguar las tumultuosas aguas que suelen caracterizar a los espacios liderados por Elisa Carrió, reduciendo las rispideces que suelen provocar las declaraciones de la líder de la Coalición Cívica en la televisión –su Ágora preferida- y en motivarla a que sus esfuerzos estén enfocados en denunciar la corrupción kirchnerista, más que en las críticas a sus socios de Cambiemos. Obviamente, la competitividad de una potencial candidatura de Cristina coadyuvó a esta relativa calma de la siempre rupturista Lilita que, en este caso, parecería evitar ser percibida como funcional al retorno del kirchnerismo.

Alinear al tándem Vidal-Larreta fue el paso siguiente. Para Macri, ambos referentes eran vitales, no solo porque simbólicamente significa que el núcleo del PRO sigue siendo fiel a la voluntad de su líder, sino porque entre la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires suman el 45% de los electores del país.

De tal modo, para los estrategas macristas unificar las elecciones distritales respecto a la nacional era central para que el sueño reeleccionista de Macri pudiese seguir vigente. Una decisión que, sin embargo, podría tener consecuencias potencialmente muy peligrosas para la gobernadora bonaerense, cuya imagen personal y de gestión superan holgadamente la de Macri. “Todo o nada” pareció ser la definición estratégica emanada desde Balcarce 50.

Si Carrió es el “elemento” que transmite la supuesta intolerancia a la corrupción y el PRO (Vidal-Larreta) el que transmite la identidad de “nueva política”, el radicalismo es el que asegura la cobertura territorial de Cambiemos a lo largo y ancho del país con su institucionalidad partidaria, sus gobernaciones, intendencias y legisladores provinciales y locales, y su militancia e inserción en los contextos locales.

Un radicalismo que hoy ya no parece dispuesto a aceptar acríticamente los desplantes de Macri y se muestra dispuesto a discutir espacios de poder al interior de Cambiemos.

En este marco, las elecciones primarias abiertas –no obligatorias- que tuvieron lugar en La Pampa, lejos de conciliar los ánimos disidentes de algunos dirigentes del radicalismo para con Cambiemos, no hizo más que fortalecerlos. Se trató de una victoria que posicionó con 65% de los votos al candidato radical, sobre el ex futbolista de Boca Mac Allister, quien pese a su manifiesta cercanía política y personal con el primer mandatario solo obtuvo el 35%.

Muchos dirigentes radicales vieron a las PASO de La Pampa como la demostración de la influencia territorial del partido centenario, que se impuso en 61 de 84 municipios de la provincia. Algo que parece recordar un axioma ineludible en esta campaña electoral: en la era de las redes sociales, el territorio (también) importa.

¿Cómo beneficiarse de las PASO?
En este contexto, las PASO a nivel nacional también son un tema de debate al interior de Cambiemos.

Pese a ser hoy un reclamo que se reduce -al menos públicamente- a un puñado de dirigentes radicales que impulsan la posible candidatura de Martín Lousteau, las PASO podrían ser un mecanismo que beneficiaría tanto a Macri como a sus socios del radicalismo.

Al competir en las PASO con otros adversarios el líder del PRO se aseguraría –triunfo mediante- que su liderazgo quedase legitimado “hacia adentro”. Esto resucitaría un escenario similar al que tuvo lugar en agosto de 2015, cuando Ernesto Sanz perdió -al igual que Carrió- ante Macri para, acto seguido, ambos aunar esfuerzos para consagrar al ex Jefe de Gobierno porteño como presidente.

¿Qué ganarían los radicales compitiendo en una PASO? Aun perdiendo ante Macri, la candidatura de algún dirigente radical serviría no sólo para poder sostener discursivamente los matices y proyectos propios sino también para movilizar la militancia territorial del radicalismo y de alguna forma contener el creciente descontento que los intendentes radicales –como los que aquejan al gobernador mendocino y presidente nacional de la UCR, Alfredo Cornejo- reiteran.

Por otro lado, Cambiemos también se beneficiaria de unas PASO, porque -como señaló hace unos días Ernesto Sanz- la competencia interna con uno o más candidatos “disidentes” respecto a Macri, podría movilizar a aquellos electores desencantados con los resultados de la gestión, pero que aún rechazan la posibilidad de que Cristina Fernández de Kirchner vuelva a Balcarce 50. Para muchos, votar directamente a Macri podría despertar algún reparo, pero posiblemente este se disolvería si dentro de Cambiemos hubiera otras opciones que representarán matices, pero que compartieran el rechazo al kirchnerismo.

Sin embargo, la decisión de habilitar elecciones internas parece no convencer a Macri ni a su círculo más íntimo, quienes siguen entendiendo estas herramientas como un debilitamiento simbólico de la figura presidencial.

La soledad y el egoísmo, característicos de los líderazgos megálomanos, no distinguen ideologías y suelen ser muy malos consejeros.

Cazadores de “cisnes negros”

El investigador libanés, Nassim Taleb, recuperó un antiguo concepto de la ciencia empírica, el cual sirve como principio ejemplificador de los límites de nuestro saber: el surgimiento de “lo inesperado” o, como también se lo conoce en la academia, la aparición de un cisne negro.

Un concepto que subraya la siempre latente posibilidad de surgimiento de algo impredecible, de aquello que no estaba en los planes que tuviera lugar, pero que, sin embargo, una vez revelado ya no es posible ignorar.
Si bien los fenómenos sociales se caracterizan por sus constantes cambios y relativa imprevisibilidad, la prioridad de los equipos de campaña será –más allá de procurar prever los acontecimientos- tratar de reducir el riesgo de “cisnes negros”.

Uno de esos “cisnes” podrían ser, en el marco del extenso calendario electoral, una sucesión de derrotas que laceren no sólo a Cambiemos, sino al propio PRO. El eco del resultado de las internas en La Pampa alertó de esto, y los “cazadores de cisnes negros” comenzaron a depurar el tablero electoral.

No sería extraño –siguiendo este análisis- que más candidaturas de dirigentes del PRO -cuya victoria no esté garantizada- se bajen. Quizás el caso paradigmático de esta cacería fue la que tuvo lugar en la provincia de Santa Fe. Allí, a menos de 24 horas de la derrota del candidato de Casa Rosada en La Pampa, el candidato santafecino de Macri, Federico Angelini, quien iba a competir por el PRO en las elecciones internas de Cambiemos contra el radical José Corral, bajó su candidatura para secundar el proyecto provincial del intendente de la capital y ex titular del Comité Nacional de la UCR.

Otro caso reciente, aunque con resultado distinto, fue el que aconteció en la provincia de Córdoba, donde el candidato a disputar la interna por la gobernación, el intendente de la capital Ramón Mestre, no sólo no bajó su candidatura sino que denunció presiones de parte de funcionarios nacionales para declinar sus aspiraciones a favor del binomio integrado por Mario Negri y Héctor Baldassi.

La elección de La Pampa abrió un año electoral cuyo desenlace aun está abierto. El camino a octubre es largo, y seguramente estará plagado de varios “cisnes negros”.



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