Si un kurdo o un marciano ignorantes de la realidad argentina leyeran los medios escritos nacionales o vieran la mayor parte de los programas de la TV llegarían a una terrible conclusión: el país atraviesa una crisis económica espantosa; terminal. Las declaraciones de esa oposición peronista que a tres años de haber abandonado el poder encontró todas las soluciones que se les habían escapado por un cuarto de siglo agravarían esta sensación. Aumento de la pobreza, de la desocupación, cierre de fábricas y Pymes, tarifazo…

Escuchar la perorata peronista o explorar los medios argentos en los que desfilan los responsables de todos y cada uno de los problemas que hoy enfrentamos es un ejercicio agotador. Porque si hay algo cierto en todo esto, además de los errores no forzados admitidos por el propio Presidente, es que Cambiemos ha sido incapaz por ahora de solucionar muchos de los problemas nacionales pero no creó ninguno de ellos. Los heredó.

Está claro, desde luego, que 2018 fue un año malo y decepcionante, y que muchos de los problemas heredados -que venían gestionándose con éxito hasta 2017- se agravaron. Sería fácil insistir en el cambio de las condiciones internacionales, la guerra comercial chino-estadounidense y su repercusión sobre la salida de capitales de los mercados emergentes, la suba de las tasas de la FED, la suba del petróleo, la baja del precio de las commodities, la peor sequía en medio siglo y la causa de los cuadernos, que frenó buena parte de la obra pública. Más fácil aún sería mirar el difícil presente de 2018 con el lente del horrible 2009 K en que el PBI cayó 5.9%, o con la tremenda realidad que se vive en los reinos populistas de Santa Cruz y Venezuela, donde la cuenta de la fiesta la están pagando los mismos que la organizaron para perpetuarse en el poder; o comparar la situación actual con las crisis terminales verdaderas que sufrió el país: el Rodrigazo de 1975 (Isabelita), las hiperinflaciones de 1989 (Alfonsín) y 1990 (Menem) y el colapso de la Convertibilidad en 2001 (De la Rúa); para concluir que, con todas las dificultades, estamos lejos de los apocalipsis de entonces. Pero tomemos el camino más difícil, el de considerar solo el aspecto económico de la realidad comparando 2018 con el último período similar: el año kirchnerista del señor 2014.

Sí, 2014. No 2015. Cualquiera que dé un vistazo a la economía argentina post 2011 -año que marcó el fin de la falsa bonanza hecha de commodities por las nubes, tasas del dólar por el piso e inversión cero- observará lo que he llamado el “serrucho populista”. Años impares electorales en los que se atrasaba el dólar y se emitía para subir el consumo y el PBI, y años pares no electorales en los que se pagaba la cuenta. Un subibaja. Es cierto, Cambiemos fracasó en alterar esta dinámica. Para fines de 2017 todos -incluidas las agencias privadas, los organismos internacionales, el Gobierno y la oposición- esperaban que 2018 fuera el primer año par positivo desde 2010; y nada de eso sucedió. Admitido ese fracaso, también es justo comparar lo comparable: años pares con años pares, y no peras con manzanas. El 2018 de Dujovne con el 2014 del Axel Kicillof que se pasea por las cámaras de TV y de Diputados aconsejando cómo desarmar las bombas de tiempo que él mismo armó…

Producción
La Argentina que iba a crecer alrededor del 3% en 2018 quedó sepultada por la estampida devaluatoria. Hoy, el acumulativo anual hasta el tercer trimestre (último dato disponible) registra un -1.4% en el total del PIB, y si se cumpliera el pronóstico pesimista del FMI, la caída anual sería del 2.6%. Y bien, la cifra es casi exactamente igual al -2.5% registrado en 2014, y en una situación internacional mucho más complicada: entre 2014 y 2018 las tasas de interés de la FED se decuplicaron, pasando de 0.25% a 2.5%; y la soja pasó de valer us$450/590 a us$380/390 la tonelada, y el precio general de las principales exportaciones argentinas cayó desde 270 (IPMP) a 200; con una pérdida del 40%. Entre las diferencias favorables a 2018 respecto a 2014 deben también contabilizarse una serie de correcciones -queridas o forzadas- que están llevando el país hacia la normalidad: salida del cepo y el default, y corrección del atraso cambiario y tarifario acumulado en el último gobierno de Cristina.

Con sus innegables efectos negativos sobre la inflación y la pobreza, la devaluación está corrigiendo los efectos negativos del dólar subvaluado. Por eso las importaciones cayeron este año 29.2% y las exportaciones subieron 14.5%, aumentó 12.3% el turismo de ingreso y bajó 19.8% el de egreso; de manera que la cuenta corriente registró en noviembre su primer balance positivo en cinco años y registrará en 2019 su primer año de superávit en una década. Por el contrario, en 2014 las exportaciones cayeron 10% y el déficit comercial era mucho mayor -casi el doble- que el actual. En cuanto a la industria nacional y las Pymes, incansables caballitos de batalla discursivos de la propaganda populista, la caída de 3.8% en el PBI industrial de los primeros once meses de 2018 presagia un número final no peor que el -4.9% logrado en 2014 por los muchachos industrialistas del Frente para la Gloria. Tampoco la cifra de cierre de Pymes da razón a las alarmas de fin del mundo que atruenan hoy en todos lados. Las 4.787 Pymes menos que ha dejado este año parecen una enormidad pero son solo el 0.5% del total de Pymes y son menos que las 4.881 de menos que dejó el 2014 de Kicillof. Hasta el consumo, valor único de la economía para los populistas, cayó 6.9% en 2018 según la escasamente neoliberal CAME. Había caído casi exactamente lo mismo (6.5%) en el 2014 de la fiesta de todos nac&pop;.

Empleo
Tampoco la situación ocupacional justifica el tono apocalíptico que usan hoy vastos sectores del periodismo y la oposición. Es cierto que en el tercer trimestre el índice de desocupación había pasado del 8.3% de 2017 al 9% de 2018, con 110.000 argentinos entrando en la condición de desocupados. Pero eso no se debió a una disminución del empleo, que pasó de 11.694.000 a 11.822.000 ocupados en el mismo período, con un aumento de 128.000 puestos de trabajo; sino a un aumento del número de quienes buscan activamente trabajo, que aumentó en 238.000 personas, por lo que la cifra más representativa de la capacidad de generar trabajo de una economía, la tasa de empleo, subió de 42.4% a 42.5% de la población. Por otra parte, ninguna cifra negativa que se obtenga en el cuarto trimestre de 2018 logrará siquiera acercarse al récord negativo del 2014 del buen Axel, en el que se perdieron 395.000 puestos de trabajo, de los cuales 271.000 en la Provincia de Buenos Aires; presumiblemente, en el conurbano asolado por la oligarquía pejotista.

Pobreza e indigencia
Los últimos datos de pobreza del INDEC registran 27.3% de argentinos en la pobreza y 3.8% en la indigencia; una reducción importante desde el 32.2% de pobres y 6.2% de indigentes del segundo trimestre de 2016, primera medición del INDEC dM (después de Moreno). Aun si el impacto inflacionario del segundo semestre duplicase el ritmo de aumento registrado en el primer semestre, lo que es un pronóstico pesimista que habría que verificar, esa variación resultaría en un 32.2% de pobreza exactamente igual al de mediados de 2016 e inferior al récord kirchnerista: 32.7% en 2014 (según el cálculo del CEDLAS de la poco liberal Universidad de La Plata sobre la base del dato UCA ajustado al índice actual). En cuanto a la indigencia, bajó de 6.2% (2º T 2016) a 4.8% (2ºT 2017) y se mantuvo prácticamente estable (4.9% -1ºT 2018) en el inicio de 2018. Aunque aumentase en el segundo trimestre, es muy difícil que supere el 6.7% de indigencia registrado en el 2014 de Kicillof.

No hay nada para festejar, desde luego. Sobre todo, cuando la reducción de la pobreza sigue siendo uno de los grandes objetivos de esta gestión. Pero tampoco hay motivos para el catastrofismo imperante; sobre todo, si se considera que es la primera vez que el país reduce drásticamente sus déficits fiscal y comercial (que en 2015 habían alcanzado cifras solo superadas por las explosiones de 1975, 1981, 1989 y 2001) sin apelar a un ajuste salvaje con enorme agravamiento de la situación social. Como el que en 2002 aumentó la pobreza 50% en un solo año, reactivando la economía al precio de una catástrofe inédita gracias a la ardua tarea de ese avezado piloto de tormentas y sabio elector de presidentes, Duhalde, quien hoy nos recomienda a Lavagna después de habernos endilgado en 2003 a una joven y simpática parejita venida del lejano Sur.



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