Ricardo Barreda siempre detestó a Aníbal Fernández. “El esbirro de la yegua”, lo llamaba cada vez que lo veía dar una conferencia de prensa. Hasta fue a un cacerolazo contra la inseguridad cuando Fernández era ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos. La foto se viralizó y en un principio se pensó que era un meme. Pero fue confirmada por el ex odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a balazos a su esposa, su suegra y sus dos hijas en su casa de La Plata.

-Me cansé de que los políticos roben a dos manos y de que en la calle te maten por dos pesos, ¿no tengo derecho a ir a una marcha? -dijo por entonces el femicida más famoso de la historia del crimen argentino.

Pero el desprecio que sentía por Aníbal Fernández no era recíproco. Todo lo contrario. “Antes de dejarles mis hijos a (la gobaernadora bonaerense) María Eugenia Vidal, se los dejo a Barreda”, dijo el ex jefe de Gabinete de Cristina Fernández de Kirchner.

Barreda en el cacerolazo
Barreda en el cacerolazo

¿Pero quién es Ricardo Barreda, el hombre al que Fernández le confiaría el cuidado de sus hijos?

Ricardo Alberto Barreda nació en La Plata el 16 de junio de 1936 y ejerció como odontólogo hasta que un día dejó el anonimanto para ser un hombre tristemente célebre: mató a escopetazos a las mujeres de su familia porque, según él, lo maltrataban y le decían “conchita”.

Su cuestionada versión

De acuerdo con el relato del femicida, el drama había comenzado con lo que parecía un simple asunto doméstico. Como se ha dicho, hay tragedias que empiezan con un acto banal.

Ese día, el dentista Barreda agarró un plumero y le dijo a su esposa Gladys Margarita Mac Donald, de 57 años:

–Voy a limpiar las telarañas del techo.

–Qué bien. Andá a limpiar que los trabajos de conchita son los que mejor hacés.

–¿Sabés qué? El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra porque las puntas andan jorobando –dijo Barreda como si no hubiese escuchado el insulto.

La ex suegra, la ex esposa y las hijas de Barreda
La ex suegra, la ex esposa y las hijas de Barreda

Y como un autómata fue hasta el garaje a buscar una escalera. El conchita fue hasta el bajo escalera porque ahí guardaba un casco. El conchita era cauto: varios conocidos se habían caído y golpeado la cabeza mientras ataban la parra. Pero conchita no llegó a levantar el casco porque antes de hacerlo, algo le llamó la atención: entre una puerta y una biblioteca había una escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16,5 que le había regalado su suegra Elena Arreche, de 86 años. Inusual y peligroso regalo para un yerno.

La cuestión es que la escopeta estaba ahí, con los cartuchos y una caja al costado. Y fue como si cobrara vida y le dijera:

–Che conchita, agarrame. Agarrame que estoy fría. Necesito estallar, conchita, como necesitás estallar vos. Manoteame. Manoteame de una vez por el mango. Soy tuya. Dale. Dale, conchita. O vas a dejar que te traten como un idiota.

Y conchita no dudó. Manoteó la escopeta (en el juicio diría que una fuerza extraña se apoderó de él) y fue hasta la cocina. En ese momento (cómo podía saberlo), no supo que ese acto iba a terminar con su vida de hombre anónimo. Al otro día, el país iba a conocer su desdicha. Iba a ser famoso.

–¡Cuidado, está loco!

Eso es lo que llegó a decir su hija menor Adriana, una abogada de 24 años.
Barreda le disparó a Gladys y siguió su cacería. Después mató a Adriana y a su suegra.

–¡Qué hacés, hijo de puta!

Esas fueron las últimas palabras de Cecilia, de 26, su hija preferida, que era dentista como él.

Barreda no habló. La ejecutó a tres metros de distancia. Luego se sentó en el sillón, abrazado a su escopeta, como si fuera lo único que le quedaba. Se había quedado solo.

O, mejor dicho, acompañado por cuatro cadáveres.

La casa donde cometió los crímenes
La casa donde cometió los crímenes

Pero esa es su versión. La del hombre atormentado y humillado. Los peritos creen que ni siquiera le decían conchita y que los femicidios fueron planificados a la perfección. Porque odiaba a las mujeres de su casa.

Coinciden en que ese día Barreda sintió un alivio. Desordenó la casa como para simular que había sido un trágico asalto, se subió a su Ford Falcon verde, tiró la escopeta en un arroyo y luego se fue al zoológico. Lo relajaban las jirafas y los elefantes. Por un momento se preguntó si él no merecía estar enjaulado, en lugar de esos animales. Encerrado en un zoológico, como una atracción de circo fatídico, el hombre que un día eliminó a su familia en vez de limpiar la parra. ¿Alguien se compadecería de él? Luego fue al cementerio a llevarles flores a las tumbas de sus padres. Y les habló. Una costumbre que tuvo siempre: hablarles a sus muertos queridos.

Más tarde se encontró con su amante Hilda para encerrarse en un hotel alojamiento. En esa pieza oscura dos cuerpos se calentaban. A pocas cuadras de ahí, otros cuatro cuerpos se enfriaban sin pausa. Antes de volver a su casa, el odontólogo y su amante comieron pizza.

Al volver a su casa se reencontró con una mezcla repugnante de olores: a cadáver, a pólvora, a encierro. Desordenó el lugar y llamó a la Policía:

–Entraron a robar a casa. Hay cuatro bultos.

Pero los detectives que revisaron la escena del crimen dudaron de que hubiera sido un robo.

–Ahí están los cuerpos –informó Barreda con frialdad.

Al subcomisario Ángel Petti le sorprendió que dijera “bultos” y luego “cuerpos” y no mi mujer, mis hijas, mi suegra. Para el odontólogo eran cosas desechables. Encima, mientras los peritos trabajaban en la escena del crimen, él fumaba y acariciaba la cabeza de Nahuel, el perro de la familia.

El subcomisario estaba convencido de que el asesino estaba delante suyo. Luego lo llevó a su despacho. Le convidó un cigarrillo Benson y le preguntó que había hecho ese día:

–Nada. Bueno, este…fui a pescar, después a ver a mi amante. Comimos pizza. Y cuando volví a casa me encontré con todo esto.

Petti sabía que el único lugar sin desorden era la pieza donde Barreda dormía solo. Todo estaba en su lugar: la cama hecha, la ropa apilada prolijamente, el piso encerado, los zapatos apilados. No hacía falta ser un experto sabueso para comprobar que la escena del crimen había sido alterada.

En un momento, mientras iba a buscar dos sándwiches, Petti dejó a Barreda solo. Antes le dio el Código Penal en la página donde figura el artículo 34, que establece la imputabilidad o no de una persona y si comprendió la criminalidad de sus actos. Barreda lo leyó con atención.

Cuando volvió, Petti le dijo:

–Así que una vez hizo un curso de criminología.

Barreda, que días antes del cuádruple crimen había ido a una charla en el Colegio de Abogados, no lo desmintió.

–¿Cómo lo sabe?

–No importa. La cuestión es que lo sé. También sé que practicó tiro contra un árbol.

–Dígame quién se lo dijo.

–Se lo digo con una condición.

–¿Cuál?

–Que usted me diga dónde está la escopeta con la que mató a su familia.

–La tiré en Punta Lara.

–Ok. Levántese. Vamos para ahí.

(NA)
(NA)

Barreda sintió que con su confesión se quitaba un peso de encima. Había sido un día de muchos alivios: deshacerse de las mujeres de la casa, ir de paseo, comer pizza y tener sexo con su amante. Aunque no hay una ley escrita y cada caso es único, hay psicólogos forenses que hablan de la lujuria homicida. Dicen que hay hombres que después de matar tienen la compulsión de tener sexo. Sólo así pueden saciar la falta de adrenalina.

En la mente del femicida

Los psiquiatras y psicólogos forenses que estudiaron la mente de Barreda creen que haber matado a esas mujeres lo estabilizó. Eso opina el perfilador criminal Luis Disanto. Es como si los crímenes le hubieran dado un sentido a su vida. Ser a través del crimen, como el hundido Remo Augusto Erdosain en la novela Los siete locos de Roberto Arlt. Como abrirse una herida y esperar a que cicatrice. En fin: curarse con su propio veneno.

Lo dijo Barreda cuando explicó lo que sintió al momento de matar:

-Yo no era yo. Cuando pasó lo que pasó, yo no era yo. Era otro. Un extraño. Un desconocido que llegó a hacer lo que yo nunca hubiese hecho. Discutí con mi esposa y una nebulosa me hizo perder la noción de las cosas. Escuché voces y vi los bultos en el suelo. Me vi sentado con la escopeta en las manos. Yo no era yo. Vi un bulto, era una persona caída. Después vi más bultos. Me pregunté qué pudo haber pasado. Eran ellas. Mi esposa, mi suegra y mis dos hijas. ¡Dios mío, que he hecho! La idea de matarlas la tenía en la cabeza. Me humillaban todo el tiempo. No sé por qué, pero se me había metido en la cabeza una idea fulera. Una idea fuerte. Una idea fija. Una idea de muerte.
Eran ellas o yo.

¿Violó a sus hijas?

Cada vez que habló ante la prensa, Barreda dijo que mató a las mujeres de su casa porque no paraban de humillarlo. En su momento, la mayoría eligió creerle. De ahí surgió gran parte del apoyo masculino y la identificación. El odontólogo concretó la fantasía de muchos hombres supuestamente maltratados por sus mujeres o sus suegras.

Barreda dice que se sentía vacío.

–Una persona que mata a un hombre nunca más vuelve a ser la misma persona. Imagínese cómo me puedo sentir yo después de haber cercenado la vida de tres miembros de mi familia. Cuando la gota rebalsa el vaso, cuando se rompe un dique, usted no sabe para qué lado sale el agua.

La casa abandonada de la familia Barreda
La casa abandonada de la familia Barreda

Eso dijo el femicida en una entrevista que le hicieron en radio Del Plata. En otra entrevista con el canal América, le preguntaron:

–Barreda, ¿es feliz usted?

–Con las limitaciones del caso, sí.

–¿Está arrepentido de lo que hizo?

–Sí, estoy muy arrepentido. En general me siento muy mal y hay veces que me siento peor. Sobre todo cuando coinciden las fechas, los recuerdos y las situaciones. Todo eso me hace poner mal. Con mis hijas andábamos siempre juntos. Lo siento por mi hija más chica, que fue a la que menos le di.

Luego, el odontólogo se llevó la mano a la mandíbula y confesó:

–Todo me parece irreal, como si estuviese viviendo una cosa que no me entra en la cabeza. Es como que uno está inmerso en algo que nunca pude prever que le pudiera llegar a pasar. Hay veces que no me doy cuenta. Todavía lo lamento muchísimo y lo voy a lamentar toda mi vida. A veces estoy bien contento y sonriente y de repente, pum, se viene y se me baja la máscara –y hace un gesto inequívoco con la mano, como si se pusiera una máscara invisible.

–En el juicio usted dijo que lo volvería hacer. Que volvería a matarlas.

–Eso no es así. Cuando me hicieron esa pregunta yo lo que respondí fue que si las circunstancias se repitieran creo, hay un creo ahí, que volvería a responder de la misma manera. Nosotros con mi mujer nos separamos dos veces y siempre la fui a buscar yo a ella. Uno, por no poder salir de una situación desagradable, se encuentra inmerso en una telaraña que lo aprisiona, lo rodea y lo lleva a una situación límite, a un cúmulo de cosas que termina por desbordar.

–¿Qué cambiaría del pasado?

–Todo. Cambiaría todo. Bah, no. Todo no. A la escuela primaria la amé.

Durante el juicio, que comenzó el 14 de agosto de 1995, un rumor recorrió la sala de audiencias. Se dijo que Barreda había violado a sus hijas después de matarlas. Los peritos encontraron líquido seminal en los cadáveres de las jóvenes y eso acrecentó las sospechas. En una entrevista con la revista Noticias, el psicólogo Elio Linares, que fue perito de parte de la familia masacrada, opinó:

–Barreda las violó muertas. Eso fue parte de la dinámica del crimen primero te mato y después, muestro mi masculinidad. Recuerdo claramente que Barreda preguntó: “¿Pero había semen?”.

–¿Por qué en el juicio no se profundizó sobre el tema? –preguntó Noticias.

–Porque sólo se estaba discutiendo si Barreda era inimputable o no, y esto no hacía a la cuestión. Cuando nacemos, todos tenemos los dos géneros. Las cuestiones culturales nos van guiando hacia una elección sexual. Barreda no pudo resolver el conflicto entre su costado masculino y femenino. Y como no podía exteriorizar lo femenino, adoptó caminos desviados que llegaron a la muerte. Mató afuera lo que no podía matar adentro –explicó el psicólogo.

–¿Quiere decir que tenía un deseo homosexual?

–No puedo afirmar eso. Sólo digo que había una crisis de identidad sexual no resuelta, que su personalidad está escindida en ese aspecto. Un homosexual que se asume como tal, resuelve ese conflicto. Él no pudo.

–¿Por qué no podía exteriorizar lo femenino?

–Posiblemente por la influencia de la figura de su padre, un militar que representaba autoridad y severidad.

–Sin embargo, su imagen es la de un hombre potente, con varias amantes.

–Eso es una fachada, para que los otros crean que es así. Él estuvo entrenado para simular. Por eso manoseaba a las compañeras de estudio de su hija o tenía amantes. Su vida fue una simulación: que era buena persona, educado…

–¿Y no fue así?

–El cínico nunca es una buena persona. Miente y cumple su objetivo caiga quien caiga.

–¿Por qué nunca habló de la cuestión sexual en el juicio?

–Era enmarañar el expediente. Pensamos que hacer este diagnóstico iba a generar un escándalo y a distraer de la discusión central: saber si Barreda había entendido o no la criminalidad de sus actos y, por consiguiente, si era inimputable.

–Pero no todas las personas que tienen un conflicto sexual terminan matando.

–Aquí influyó el yo débil de Barreda. Un yo fuerte puede resolver conflictos y hacer una clara elección sexual. Barreda tuvo una madre posesiva y un padre ausente. Eso lo marcó de por vida. La falta de afectos y la soledad fueron una huella que lo traumó. Cuando se separó de su esposa y se fue a Mar del Plata estaba intentando resolver esto, aunque no pudo. Volvió a sus mujeres. Ahora también vuelve a una mujer. Necesita ese retorno a lo femenino para copiar, envidiar… intercambiar roles.

Pero la opinión de Linares fue desacreditada por los otros peritos, que consideraron que Barreda no era un homosexual reprimido y que no violó a sus hijas.

Su amiga “bruja”

Lo que llamó la atención de la mayoría fue la extraña relación que tenía con María Mercedes Guastavino, la famosa bruja Pirucha.

Antes, cuando Barreda era un tipo como cualquier otro, un autómata con rutina gris y problemas maritales, cuando no era el que vació la escopeta aquel domingo, su único acto de rebeldía era escabullirse con una amante de ocasión y perderse y hundirse en hoteles del centro, allí donde las mujeres lo acariciaban y no le decían conchita. Pero la que más parecía comprenderlo no era una de sus amantes, sino Pirucha, una mujer con mirada extraviada que le tiraba las cartas y pretendía liberarlo del infierno en que decía vivir el odontólogo.

–Ricardito, ésas te quieren eliminar. Te están engualichando la vida. Por eso estás sin energía.

–¿Te parece? –preguntaba Barreda con ese tono monocorde, como si se desinflara lentamente.

–Obvio -respondía Pirucha mientras mezclaba las cartas-. Te quieren ver muerto.

Barreda empezó a convencerse de esa idea absurda. Confirmó sus sospechas cuando encontró en un ropero un muñeco lleno de alfileres. Se lo llevó a Pirucha:

–Pirucha, pirucha, mirá lo que encontré.

–Te lo dije, Ricardo, te están haciendo magia negra. ¿Te duele la cabeza o el cuerpo?

–Sí. Me agarran puntadas.

–Es porque te están pinchando. Son el mal, Ricardo. Son el mal.

Los investigadores llegaron a creer que ella lo impulsó a cometer los asesinatos, pero nunca quedó probado y de hecho no fue investigada.

En una entrevista que le hizo en 2003 la periodista Adriana Belmonte para su libro Mate Barreda, Pirucha dijo:

–Soy una vidente que se anticipa a los hechos. El de Barreda fue un caso demoníaco en el que intervinieron las fuerzas del mal. Yo deshice el vudú que le habían hecho a Barreda, ese muñequito que apareció con una cruz en el vientre y un alfiler oxidado clavado en la espalda, que representaba su muerte y los demás problema que tenía. La cabeza del muñeco estaba pinchada. A este muñeco lo vi a través de una visión. Además, cuando recorrimos su casa hicimos la prueba del vaso de agua y creer o reventar: el agua hirvió en todos los cuartos, menos en el suyo.

–¿Dónde apareció el muñequito?

–En el zapato de la suegra. Fuimos a Parque Saavedra y rompimos el maleficio. Él lo tiró hacia atrás con su hombro izquierdo por sobre el derecho y les advirtió a unos chicos que no tocaran el muñeco porque era veneno. Yo lo veía mal. Le decía al Señor que yo era capaz de ofrecer mi vida por el alma de Barreda porque estaba poseído. Dios sólo podía salvarlo, le dije el día que entramos en una iglesia y él le besó los pies a Cristo. Yo rezaba por Barreda con mi gato José hasta que un día el gato murió. Lo resucité y tiempo después entraron ocho perros y lo mataron. Eso es por la energía maléfica que envolvía a Barreda como un manto negro.

–¿Cómo era él como persona?

–Ayudaba a la gente pobre arreglándole los dientes podridos. Y un día salvó a una vecina de que se quemara. Fue un gran hombre, muy solidario. Un día se sacó una foto y salió azul. Le dije que se iba a poner peor: violeta. Porque la familia iba a matarlo. Ahora espero que se pudra en la cárcel por tarado. No me hizo caso en nada de lo que le dije, entonces que se joda. Es un idiota Barreda. Le advertí todo lo que le iba a pasar y no me hizo caso. Sabía lo que iba a hacer y cuando se lo dije, se enojó. Estaba segura de que iba a matarlas. Eran cuatro brujas que le habían hecho las mil y una. Un día lo llevaron a un pai y él muy idiota fue. Le hacían brujerías. El demonio estaba encarnado en ellas. Cuando las mató y fue a casa, le dije que sabía que las iba a matar. Y le dije que alguien lo iba a delatar. ¿Vos me vas a delatar?, me preguntó. No, vos, le dije. Y fue tan tarado que se terminó delatando él mismo. Por lo menos dejó vivo al perro Nahuel. Era el mejor de la casa. De chiquito Barreda sufrió mucho, su padre agarraba a la madre de los pelos y le metía la cabeza en un balde de agua. Y a veces la arrastraba por el piso. Barreda no está loco ni lo estuvo. Está poseído por el demonio y hay que exorcizarlo. Necesito un exorcista para sacarle el demonio. Es la lucha del hombre contra el diablo.

Pirucha fue una de las protagonistas estrella de la historia. Una historia que conmovió al país. La sociedad asistió, día a día, a la vida de un hombre que hasta el momento de su obra macabra había sido un tipo normal. Incapaz de rebelarse. Un dentista ejemplar.

casa de ricardo barreda (15)
Durante los primeros días de su detención, los diarios contaron que Barreda estaba muy mal y que le había dicho a su abogado: “No aguanto más. Vivir con esas mujeres era un infierno. Me quiero morir”. También informaron que llegó a tener diez amantes en dos años y que en la cárcel la pasaba mejor que en su casa. Los periodistas que cubrieron el caso contaron que cuando él se subía a la escalera para podar el árbol, su esposa le decía: “Ojalá te caigas y te mates”. Se rumoreó que se había enamorado de la psicóloga de la cárcel pero que era un amor no correspondido. Los medios publicaron que matar lo había excitado: por eso tuvo sexo con su amante.

Además dijeron que jugaba al truco y que los otros presos se reían cuando tiraba la típica frase de ese juego, que en su boca cobraba otro significado:

–Mato y voy.

“En la firma refleja un yo cargado de agresividad. Es una persona reprimida con carga que le viene desde el pasado. Un melancólico hermético que arrastra problemas con la madre desde su niñez”, concluyó el perito Rubén Giusso, que analizó la letra del asesino.

“La vida de los Barreda fue un gran teatro. Ellas se lo querían sacar de encima”, contó una conocida de la familia.

“Voy a cerrar la boca para siempre”, dijo la amante de Barreda, la mujer con la que tuvo sexo después de matar, a quien sedujo cuando ella era su paciente y abría la boca para que él le mirara la dentadura, hasta que después pasó a levantarle la pollera y a mirarle otras cosas.

Los diarios también publicaron que una vez una mujer lo amenazó de muerte mientras le apuntaba con una pistola en su consultorio. Todo por despechada.

Barreda con una de sus novias
Barreda con una de sus novias

Pero esos rumores importaron poco a los jueces de la Sala I de la Cámara en lo Criminal y Correccional de La Plata, Eduardo Hortel, María Rosentock y Luis Soria. Probada la materialidad de los hechos, faltaba determinar un dato que no era menor. Si se demostraba que Barreda era un alienado, debía ser internado en un psiquiátrico. Si se probaba que había comprendido la criminalidad de sus actos, lo esperaba la cárcel. ¿Qué era peor? Ése es un debate que hasta ahora nunca se pudo zanjar. Barreda quería ir a la cárcel.

Para su abogado Arturo Campo, Barreda estaba loco y era alguien que “mira y no ve porque está fuera de la realidad. Alguien que podría haber elegido escapar o arreglar la situación, pero eligió quedarse y matar. Sufre de delirios de reivindicación”. Para el fiscal Héctor Vogliolo, era un simulador donjuanesco y perverso. Basó su acusación en que Barreda había planificado el crimen porque hasta llegó a practicar tiro.

Él siguió el juicio imperturbable, con las manos en los bolsillos de su gabán marrón claro. Cuando le tocó declarar, Barreda habló de la relación con sus hijas:

–Su abuela les decía que cuando me vieran a mí, en vez de darme un beso me escupieran. Mi hija Cecilia una vez me arañó y me golpeó la cara. Sentía vergüenza porque andábamos en un auto viejo. Se agachaba para que no la vieran las amigas. Cecilia fue el hijo varón que no tuve. Después se fue distorsionando y pasó a ser parte del clan para humillarme.

Los psicólogos y psiquiatras que trataron a Barreda tomaron en cuenta la declaración de los testigos que hablaron de un conflicto que el odontólogo tenía con sus hijas. Las dos estaban por irse de la casa a vivir con sus novios. Cecilia, la dentista, salía con un hombre mayor, divorciado y con dos hijos. Esa relación irritaba a Barreda.

Pero en el juicio ese tema quedó sepultado porque lo más importante para los jueces no era conocer el móvil de la masacre, sino la imputabilidad o no del acusado.

Con el fiscal Vogliolo, Barreda protagonizó un duelo particular.

–¿Me está hablando en serio o en broma? –le decía irónicamente cuando le hacía preguntas incómodas. En una parte de su declaración, dijo:

–Si yo fuera un juez, me declararía inocente. De Barreda diría que es un hombre inocente, que aguantó y dio hasta que no pudo más.

El momento más impactante fue cuando contó los crímenes:

–Tuve una fuerza interna, de rebeldía, entonces agarré el arma y disparé. No puedo precisar cuántos disparos. Si fueron ocho o nueve. Adriana dijo: “Mami, está loco”. Por sus palabras presumo que debo haber disparado primero a la madre y después a ella. Luego apareció mi suegra y le tiro. Después, casi de inmediato, aparece Cecilia, yo estaba allí contra una puerta, salta por arriba de la abuela caída y me dice: “Qué hiciste hijo de puta”, y ahí le disparo.

–¿Y luego qué hizo? –le preguntó el juez Soria.

–Sentí como una sensación de liberación y después fue como que desperté, porque me encontré sentado en un sillón del living que da de espaldas al pasillo, con la escopeta en la falda, y ahí recobré el estado de conciencia. Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres.

Los jueces lo condenaron a perpetua. La única mujer del tribunal, María Rosentock, votó en disidencia. Para ella, Barreda estaba loco y necesitaba tratamiento.

“¡Y se hizo justicia! Prisión perpetua al masacrador Barreda”, tituló Crónica.

“Oyó la condena como quien escucha llover”, tituló Clarín un recuadro sobre la tranquilidad del dentista en medio del veredicto.

La fama de Barreda estaba asegurada. Descenso a los infiernos. Ascenso a la popularidad.

Segunda vida

Barreda pasó 15 años en la cárcel. Aunque el mito era que en prisión era respetado porque les arreglaba la dentadura a sus compañeros, el propio Barreda le confesó a Infobae un episodio violento que vivió:

-Un morocho me invitó a su celda a tomar mate y quiso hacerse el piola. Lo digo sin vueltas: quiso violarme. Saqué la bombilla y se la clavé en el cuello. Supongo que sobrevivió. Nunca lo supe.

Hay otras dos anécdotas que son un clásico de las leyendas carcelarias argentinas. Los presos que compartieron prisión con Barreda siempre cuentan que una vez, mientras el ex odontólogo que mató a su esposa, su suegra y a sus dos hijas lavaba la ropa, un convicto pasó y le dijo:

-¿Y capo, cómo anda la familia?

La otra es parecida. Y ocurrió un Día del Padre de hace unos 15 años. Los internos celebraban con sus hijos, sus padres y sus familias en la sala de visita. Se escuchaba cumbia. En una mes, Barreda comía solo.

Un ex pistolero se le acercó y le dijo:

-Puede compartir la mesa con nosotros. Qué desagradecidas sus hijas, no venir a verlo.

En sus primeros días en libertad vivió una vida impensada para un asesino. Comenzó a vivir en un dos ambientes de Belgrano con su novia Berta André, una mujer a la que conoció en la cárcel.

Ella lo adoraba.

Y contaba cómo lo había conocido. Una mañana, en la Unidad Penal Número 9 de La Plata, le llamó la atención un hombre que tomaba mate solo. Él parecía estar en otro lugar, ajeno a todo. Estaba rodeado de gente, pero lograba conservar su soledad.

–¿Quién es ese señor? –le preguntó Berta a uno de sus presos amigos.

–¿El canoso de lentes?

–Sí, ése.

–Es el tipo que se cargó a toda la familia.

–¿Cuál?

–Barreda, Pochi. ¡Vivís en un frasco, vos!

–¿Nadie lo visita?

–A veces viene una hermana, que se llama Lelia. El tipo es un bocho. Buena gente. Arregla muelas, escribe cartas para los que no saben escribir, lee mucho. Es respetuoso.

–Me gustaría conocerlo.

–Vení que te lo presento.

Berta se levantó y acompañó a su amigo.

–Barreda, le voy a presentar a esta señora.

–Hola, cómo le va, soy Berta André.

–Pero le dicen Pochi –acotó su amigo.

–Cómo le va, señora. ¿Usted es la madre de este muchacho? –le preguntó Barreda.

–No, una amiga. ¿No quiere venir a comer un sándwich a nuestra mesa? –lo invitó Berta.

–Bueno –aceptó Barreda.

Tiempo después, Berta diría que quedó conmovida con ese hombre. Lo veía desamparado, como un chico de la calle que necesitaba afecto. Para él fue como una salvación: hacía tiempo que no se sentía protegido y querido por una mujer. Sintió que ella no le pedía nada a cambio y que no le importaba su pasado trágico. Lo hacía sentir otro.

En sus salidas a la calle, Barreda era impredecible. Podía aparecer en el cine, en la línea D de subte, en el Barrio Chino, en los puestos de libros de Plaza Italia o en una exposición canina. Cada vez que salía de su casa, no sabía adónde iría a parar. Se dejaba llevar por la casualidad. Caminaba sin rumbo. A veces decidía detener su marcha en una esquina, volver sobre sus pasos y cambiar de destino. Es un paseador compulsivo. Como si en los años de cárcel hubiera guardado miles de pasos que ahora, sobre las baldosas, aparecen torpes y desenfrenados. Su primer paseo en libertad lo dio por San Telmo: una noche celebró con su abogado Eduardo Gutiérrez en la parrilla La Rosalía, en Estados Unidos entre Bolívar y Defensa. Barreda se vistió con un pantalón beige, una camisa celeste y un suéter gris oscuro. Cuando llegó al lugar se sorprendió porque había cientos de personas que cortaban la calle.

barreda 1920
–Cagamos. Me van a hacer un escrache –le aseguró a su abogado.

Pero la muchedumbre no estaba ahí para lincharlo o abalanzársele hasta despellejarlo. En la parrilla de enfrente, La Brigada, acababa de entrar Bono y sus compañeros de U2, que estaban en el país para dar tres recitales en el Estadio Único de La Plata. Mientras Bono comía un bife de chorizo con papas fritas y una botella de champán, Barreda devoraba un vacío. El dueño de La Brigada, un hombre pelilargo de bigotes, salió a la calle y se mostró orgulloso de que una celebridad como Bono visitara su restaurante. Del otro lado, el dueño de la parrilla no salió a la calle porque no tenía de qué enorgullecerse, pero en cambio ubicó en la entrada a un hombre de seguridad trajeado que no dejó entrar a los curiosos. “Es mentira que enfrente esté comiendo Bono. En cambio, acá está Barreda”, informó el patovica en lo que parecía ser una burda estrategia de competencia.

Cuando entre los curiosos corrió la bola de que el cuádruple asesino cenaba en una de las parrillas, algunos intentaron entrar para fotografiarlo pero fue inútil. Desde afuera tampoco pudieron porque Barreda estaba sentado a una mesa del fondo, fuera de la vista de la gente.

Una hora después, el odontólogo salió con su abogado y unas veinte personas lo rodearon. “Maestro, un autógrafo”, le pidió un muchacho de unos 25 años. No sólo los hombres quisieron sacarse fotos con él. En el grupo había mujeres de la edad que tenía su esposa cuando la mató a escopetazos.

La admiración popular por el asesino no quedó ahí. Manuel Fernández, un jubilado que preside la asociación vecinal República de San Telmo, en un sencillo acto lo nombró “visitante ilustre” y le regaló un adorno con una foto del barrio.

Mientras salía a caminar, Berta se quedaba durmiendo. Sufría de presión alta.

A su novio poco le importaba. Como si fuera una especie de juego, muchas personas que se lo cruzaban en distintas situaciones subían las fotos del momento a Facebook o Twitter. “Hoy me crucé con Barreda en el subte”, escribió un joven en su cuenta. En la foto, Barreda aparecía sentado en un vagón de la línea D, pensativo y con la mano derecha sosteniéndose la cara.
Infobae fue testigo de varias cenas entre Barreda y su novia, hace siete años.
En el comedor la mesa estaba servida. Dos vinos blancos Santa Silvia, una botella de agua, una tarta con puerro, cebolla y queso. Y la entrada que había hecho Barreda. Un pionono con jamón, mayonesa, aceitunas negras, tomates cherry, lechuga cortada muy finita, jamón, queso y huevo.

–Pobre Ricardo –dijo Berta–, estuvo cuatro horas preparándolo.

–Es que me gusta decorarlo.

Un conocido suyo llevó sushi. Barreda miró el sushi extrañado.

–¿Quiere probar? –le preguntó.

–Bueno. ¿Esto tiene dibujitos arriba?

–No, es arroz.

Barreda cortó un nigiri de salmón por la mitad, lo mojó en la salsa de soja y mientras masticaba lentamente puso cara seria.

–Prefiero el pionono.

Al sushi tampoco le había sentido el gusto.

Pese a ese problema, Barreda tenía buen apetito. Se sirvió dos o tres veces de su propio arrollado y dos porciones de tarta. Cuando le quedaba un solo bocado dijo:

–Voy a hacer un experimento –y se fue con su joroba a cuestas hacia la cocina.

Reapareció con un sobrecito de queso rallado en la mano. Pero tampoco realzó el sabor de la tarta.

Berta dijo que le faltaba un golpecito de horno para poder sentirle más el gusto.

–Tomá chochán –le dijo a Berta mientras le servía otra porción de tarta. Luego, los dos contaron que un fin de semana de verano viajaron a Mar del Plata.

–La pasamos bárbaro. Sobre todo Ricardo, que quedó tostado como un modelo. Y encima anduvo en una moto de agua.

El comentario sonó a broma. Era difícil imaginarse a Barreda arriba de una moto de agua, andando a toda velocidad por el mar, quizá con el torso desnudo y lentes de sol, mientras unas chicas lo miraban desde la orilla.

Pero Barreda confirmó la escena:

–Anduve en moto de agua, pero ojo, yo no manejaba. Me llevó un amigo. ¡Lo peor fue cuando la moto se dio vuelta! Por suerte teníamos salvavidas. La gente nos dio una mano para salir.

–Cuando me enteré de lo que había pasado, me quería morir. Me lo contó dos días después –comentó Berta.

A un costado de la mesa había una jaula tapada que estaba en el piso, donde dos cotorritas cuchicheaban como dos viejas en la misa de la tarde.

–Están guardados para que nos dejen hablar –explicó Berta.

–¿Cómo se llaman?

–Qué se yo –respondió Barreda, sorprendido.

–Ricardo les dice amores míos –dijo Berta.

–Les digo angelitos de Dios, pero son tan boludos estos bichitos que ni nombre tienen. Pero el pico es como una navaja.

Cada vez que tomaba la palabra Barreda, las cotorritas –que ahora estaban destapadas– daban un concierto chillón. Si hablaba otro se callaban o bajaban el volumen del canto.

Durante la cena, Barreda demostró ser un humorista efectivo. Cada vez que Berta decía algo, él buscaba el momento justo para interrumpirla con una frase o un chiste. Van tres ejemplos:

–Tengo un hermano. Es un fenómeno mi hermano. Es, es…

–Es travesti –acotó Barreda.

Y se rió porque recordó que ese día había visto un caso policial: el doble crimen de Palermo en el que dos vendedores ambulantes se mataron en una pelea. Al viejo no le atrajo la historia, sino uno de los testigos:

–Era un travesti con la nariz ganchuda. Jua, jua, jua. “Acá hay mucha inseguridad”, decía el tipo –lo imitó Barreda con voz afeminada.

–¡Qué bien tiene las uñas! –la elogió el conocido de Barreda a Berta.

–Me las hacía una chica que venía a casa. Me cuidaba las manos y limpiaba la cocina. ¡Limpia bien!

–La cachucha se limpia bien –interrumpió Barreda.

El tercer comentario fue cuando Berta habló de su especialidad docente:

–Fui maestra en muchas ramas.

–Una ramera.

–¡Pero Ricardo, cómo decís eso! Él es muy social. Estaba preocupada cuando salió de la cárcel por el tema de la reinserción, pero él se hace amigo de la gente. En Mar del Plata se hizo amigo de una nena discapacitada que lo adora.

Berta habla pero ahora Barreda está más concentrado en un bichito negro que camina por la mesa. A simple vista parece una mosca. O un bichito de luz. Barreda lo analiza, lo aplasta con la uña del dedo índice, lo disecciona y diagnostica:

–No es ni una cosa ni la otra.

Lo vuelve a mirar, preocupado, y llega a una conclusión que lo atormenta. Como el científico que descubre algo malo:

–Es una cucaracha.

Berta pone cara de resignación. Su novio le acaba de dar una mala noticia.

–Qué cosa rara. Nunca tuvimos cucarachas.

Barreda hace una pregunta:

–Ahora yo quiero saber una cosa. Quiero que me digan si los huevos de la cucaracha tienen varias crías. Una vez, en mi casa, no en la que pasó lo que pasó, sino en la casa de mi infancia, vi a una cucaracha con el huevito atrás. ¿Tienen varios hijitos o sólo uno?

–Varios –confirmo.

–La pelota. Qué despelote. Entonces acá tenemos cucarachas. Son cucarachitas bebé.

–Es porque dejás todos los papeles desordenados –lo retó Berta.

Razón no le faltaba: la cama de una plaza que hay en el living está llena de papeles, recortes de diarios, libros, tornillos o maderitas que encuentra en la calle y otros objetos que Barreda acumula, como si fuera víctima del síndrome de Diógenes. En esos papeles anota los turnos con los médicos.

–¡Pero mujer! Si los bichitos aparecieron en tus cosas.

Cuando Berta trajo el postre y otro vino blanco. La marca era Pecado. Barreda leyó la etiqueta,donde tenía una explicación de los siete pecados capitales. Al leer el textito, Barreda recordó el sketch en que Capusotto interpreta a Violencia Rivas.

–¡Mi hija estudió para sommelier!, ¡las sommelier son las minas de mierda que escriben las etiquetas de los vinos atrás! La puta que la parió, por qué no habré ido a la farmacia y me ahorraba tener una hija tan pelotuda. ¡La puta que la parió!

Barreda hablaba en voz alta y recitaba el monólogo entre risas.

–¡Pero Ricardo, hablá más bajo! –lo amonestó Berta.

Luego dijo:

–A veces se ríe solo con Capusotto. A mí no me causa gracia. Se ríe a carcajadas.

–Me encanta cuando Violencia Rivas patea el gato o le pega un palazo –comentó Barreda.

Después de comer un durazno en almíbar con crema, siguió su performance: se cubrió la cabeza con un pedazo de tela florida de un vestido de Berta. Parecía una viejita con un pañuelo.

–Parezco una tarotista –bromeó Barreda.

Berta dijo que mucho no creía en esas cosas porque hay estafadores que se ponen turbante y cobran por engañar a la gente. Barreda no estaba de acuerdo:

–A mí me tiraron las cartas una vez y desgraciadamente acertaron en todo.

–¿Qué le dijeron? –le pregunté.

–Lo mismo que mi médico. ¡Me recomendó una pendeja de 25!

En ese momento, Berta señaló un folleto que estaba pegado en la pared. Era amarillo, tenía la foto de una mujer desnuda y un número de teléfono. “Bucal 50 pesos”, decía.

–Ese papelito es de una amiga –respondió Barreda.

–Que haga lo que quiera, pero en el cabaret le van a hacer atender el teléfono –acotó Berta con una sonrisa.

Después hizo un comentario de sobremesa:

–Como rinde el día cuando uno madruga eh, bah, la casa te rinde.

–Lástima que a vos no te rinde nada porque te levantás como a las 12, la gorda chochán duerme y come mucho, a veces le digo que pare de comer porque si come mucho, fenece. Fe-ne-ce –cortó Barreda, con mirada pícara.

–Sí, es verdad, me levanto tarde a menos que tenga que ir al banco.

– ¿No van al cine? -quiso saber el conocido de Barreda.

–¿Cine? Chochán no entiende. Sólo ve novelas o noticieros. Yo amo la ópera, soy fan de Verdi y de Vivaldi. Y me encanta Fellini y Chaplin. Pero a la Chochán no le da la cabeza -dijo Barreda.

Esa noche Barreda confesó que tenía cuatro medio hermanos y que él era fruto del segundo matrimonio de su padre, que había enviudado de su primera esposa. Dijo que una de sus hermanas nunca lo aceptó y que con otra hermana no tenía afinidad.

–Pero ella te apoyó cuando pasó todo –comentó Berta. Barreda la miró enojado.

–Ese es un razonamiento boludo.

Berta no dijo nada. Se levantó con el repasador en la mano, fue hasta la cocina, y volvió con un flan casero que había cocinado esa mañana. Además apoyó un frasco con dulce de leche y otro con crema.

Barreda, que seguía en silencio, se sirvió en un platito, probó un bocado, masticó con lentitud y su cara se iba transformando.

–Esto no tiene gusto a nada.

Ricardo Barreda
Ricardo Barreda

En su cumpleaños 77, Barreda fue invitado por su esposa a un bodegón de Palermo. Tomó vino blanco y devoró un plato de rabas a la romana. Berta hablaba del mal clima. Su novio vestía un jogging gris, zapatos, pulóver y una campera que recién se sacó cuando llegó el plato principal, una cazuela de mariscos. Los demás comensales parecían ignorar que ese hombre era Barreda.

Hasta que de pronto se acercó una chica de unos 25 años, rubia, baja, rechoncha.

–¿Usted es Barreda?

–Eso parece –respondió Barreda.

–Mi papá, que está en aquella mesa, decía que no. Qué lindas manos que tiene usted.

–Sí, ya lo sé –contestó el dentista sin sacar la mirada del plato.

–Qué engreído –comentó Berta.

–Es que tengo lindas manos, me lo han dicho varias veces, así como también me han dicho “qué cara de boludo que tenés, Ricardo”.

La chica se fue sonriente.

En la vereda un hombre jugaba con su perro labrador. Barreda miró la escena con ternura.

–¿No le gustaría tener un perro?

–Sí. Hace mucho tiempo que tengo ganas. Una vez quise tener un perro, pero ellas me dijeron que no. Me sacaron cagando: ¡guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau!

Barreda ladraba como un perro pequeño. “Ellas” eran su esposa y sus dos hijas.

–Nos gustan los perros. Tengo una amiga -dijo Berta- que tiene un perro salchicha. La adora. No puede vivir con ella, le huele hasta el escote, se le pone ahí para que descanse.

–Le quiere chupar las tetas –acotó Barreda y largó una carcajada contagiosa.

–¡Pero Ricardo! ¡Qué boca sucia!

–Tranquila, chochán.

–Qué hombre tremendo. Me dice chochán.

–Chocán, chochán, chochán.

–Bueno, viejo, andate con otra.

–Sí, pibas de 24 me gustan.

–Es verdad. El otro día viajó a La Plata para hacer un trámite y volvió con una colombiana.

–Amiga mía. La guié porque no conocía Buenos Aires.

–Sí, a ver si encontrás otra que te aguante como yo.

–Sobran mujeres como vos –dijo Barreda con una sonrisa, como dando a entender que era una broma.

Berta se lo tomó a mal:

–No digas eso, no seas injusto. ¿Y todo lo que hice por vos? ¡Todo lo que hice por vos!

–¡Me cago en Satanás! Era un chascarrillo, mujer.

Berta no respondió. Con un tenedor se puso a revolver el relleno de carne de una empanada.

–¡Qué hacés! ¡Es una empanada! ¡Cómo la vas a abrir así! ¡Me cago en Satanás!

En un momento de la charla, Berta habló de un conocido que se jactaba de tener un grupito de música, que sonaba peor que Los Parchís aunque tenían pretensiones de ser los Beatles, pero en realidad era un gris ingeniero burgués que invertía su sueldo de hombre trajeado en comprar instrumentos y producir su disco. Su obsesión era ser una estrella, tener groupies como tienen los rockeros famosos y salir en la televisión. Cambió su nombre común y corriente por un nombre artístico inglés, acorde a su formación escolar en colegio bilingüe, y se había hecho una página web en la que ponía fotos suyas con una guitarra. Pero hasta ahora no tuvo suerte: muchos lo recuerdan como el empleado alcahuete y con cara de tonto de una empresa de electrodomésticos.

–No hay nada más aburridos que los ingenieros –sentenció Barreda. Un tipo que necesita un lápiz para explicar una idea, es un pelotudo.

Luego Berta contó que tenía una amiga con cáncer de tiroides, y que en el cuello se le había formado una cicatriz monstruosa.

–Pobrecita, el marido le dice matambrito.

–¡Matambrito! –exclamó Barreda entre risas.

De pronto, Berta contó una anécdota del viaje que habían hecho a Ushuaia hacía pocos días.

En el avión al ondontólogo lo reconocieron algunos pasajeros de La Plata que comenzaron a alentarlo como si fuera una estrella de rock:

–Le gritaban ¡Ba-rre-da! ¡Ba-rre-da! Y él se integró a todos los pasajeros, bah, nos integramos. Todos dijeron que él era muy inteligente y muy culto.
Eso dijo Berta mientras Barreda fruncía el entrecejo y su cara era dominada por una mueca de fastidio.

–¿Fueron en un tour?

–Claro, éramos varios, casi todos viejos. Nos hicimos amigos de las mucamas, eran divinas. La prensa del sur lo trató mucho mejor, nada que ver con los periodistas de Buenos Aires. Todos le decían “hola doctor”, “cómo le va doctor”, “qué anda haciendo por acá”, “necesita algo”.

“Es cierto, me felicitan hasta muchas mujeres, cómo si hubiese descubierto una vacuna contra las caries”, decía Barreda.

Otro día, Barreda llegó a su casa con una picada y un vecino.

De pronto, Berta se despertó, ojerosa, bostezando y desperezándose, quizá en busca de una medialuna o un bizcochito de grasa.

–Qué pecado –dijo cuando vio lo que estába por comer su novio.

La picada se ofrecía, obscena: salamines con orégano, longaniza, jamón crudo de Tandil, queso de cabra, aceitunas negras empapadas en aceite de oliva, roquefort, queso con pimienta, pan casero y un frasquito con ciervo ahumado.

Berta se encerró en su pieza.

Barreda hizo cinco comentarios mientras señalaba la puerta de la pieza.

–Esta mejor que no coma.

–Si esta come, fenece.

–Fenece.

–La gorda fenece.

–Fe-ne-ce.

Decía fenece con cierta musicalidad, como si gozara de esa palabra. Y cada vez que lo decía, señalaba la puerta cerrada de la pieza, donde su novia aún dormía.

Barreda fue hasta la cocina y abrió un tetrabrick de vino blanco marca Viñas Riojanas.

–Este vino es exquisito. Si lo pusiera en una botella de un vino caro, usted no se daría cuenta. Es decir, no podría creer que este vinito de cartón me costó tres pesitos.

Pero sus días felices se acabaron.

El 22 de diciembre de 2014, Barreda volvió a la cárcel. La mala convivencia con su novia Berta lo llevó a una celda de Olmos. El juez platense Rubén Dalto consideró que era peligroso que Berta siguiera viviendo con él. A los 79 años, Barreda recibía su segundo golpe. El anterior se lo había dado la Justicia civil al declararlo “indigno” como heredero de la casa donde cometió la matanza. Esto no es todo: Yolanda Sonia Marisa García, de 49 años, una mujer que lo conoció en la cárcel mientras visitaba a otro preso, le ofreció a Barreda vivir en su casa. “Quiero llevarlo por el camino de Dios”.

Pero Dalto rechazó que esa mujer fuera la garantía para que el odontólogo recuperara la libertad condicional.

“Barreda con nueva novia”, titularon los diarios. Pero él se enojó por la exposición mediática que tuvo su nueva amiga. En la última visita que Sonia le hizo, se lo dejó en claro.

-Son todas iguales, al final.

-¿Por qué decís eso? –quiso saber ella.

-Me traicionaste. Te paseaste como estrella de circo por todos los canales.

-Lo hice para ayudarte.

-Ayudarme un carajo. Sos una farabute. !Me terminaste de hundir, mujer!

-Estás equivocado, no te das cuenta que tenés que acercarte a Dios.

-¡Otra vez con Dios! ¡Y dale con Dios!

-No lo niegues, Dios es parte de tu vida.

-¡Basta con Dios! ¡Todo el tiempo hablando de Dios! Dios esto, Dios aquello, Dios pin pum pam. ¡Me tenés podrido con Dios!

Yolanda dio media vuelta y se fue llorando.

Algunos de sus vecinos le daban vuelta la cara o, por lo bajo, decían: “Hay va la loca”. En un día recibió unas cincuenta llamadas de los medios televisivos y radiales. “No quiero saber más nada con él”, dijo la mujer.

El 24 de julio de 2015, un compañero de pabellón lo llevó a su celda y le mostró la televisión. En TN, pasaban imágenes suyas con un videograph: “Murió Berta André, la ex novia de Barreda”.

Barreda comenzó a llorar. En el fondo, seguía esperanzado con volver a vivir con Berta. Esperaba una visita. Una señal. Algo que le devolviera la posibilidad de salir a la calle. Luego se enteró que su ex pareja había muerto en un geriátrico de San Martín, a los 78 años.

-Lo que más lamento es que no me pude despedir -le dijo al otro preso y se fue cabizbajo a su celda.

Seis meses después, recibió una noticia que no esperaba: la Justicia volvió a otorgarle la libertad condicional. “No diremos dónde vive ni con quién, si fuera por él querría ser olvidado”, dijo su abogado, Eduardo Gutiérrez. Barreda pasó la fiesta de fin de año en la casa de Tigre de un amigo. Allí comenzó a vivir una especie de tercera vida.

Una vida sin mujeres.

Del hospital a la pensión

“Antes trataba de olvidar sus crímenes, pero ahora está más quebrado. No sólo se arrepiente de haber matado a sus hijas, ahora dice que está arrepentido de la masacre”, dice un allegado.

En estos momentos, el nombre de Barreda volvió a mencionarse no sólo por las palabras de Aníbal Fernández. En la exitosa serie El Marginal, producida por Sebastián Ortega, hay un personaje inspirado en él. “Las maté por que me decían cotorrita”, dice actor.

Barreda vive en una pensión de mala muerte de la localidad de San Martín, cerca de la peatonal. Pero su sueño es volver a vivir a La Plata, incluso en la casa donde cometió la matanza.

No está claro cómo pasó Barreda su último Día del Padre. Pero no es difícil suponer que fue al bodegón de siempre, McLago, en San Martín, aunque la lluvia y la falta de luz en todo el país probablemente atentó contra sus intenciones de almorzar.

“Vivo como un paria, me faltan cosas, pero hay gente que me ayuda”, le dijo Barreda a un vecino. Vive con lo que cobra de una pensión del PAMI.

El marketing alrededor del caso Barreda llegó a ser amplio: desde remeras hasta tazas, gorros y calcos. Pero el abanderado de esa movida fue un hombre anónimo que creó la web maestrobarreda.com. Allí publicaba un alegato a favor del odontólogo, honraba al asesino como si fuera un santo y vendía pins y escudos con la imagen de Barreda. También se vendían tazas con su imagen y la leyenda: “Barreda, 20 aniversario”. El último producto barrediano fue una calcomanía que se pega al lado de las patentes traseras de los autos. Esa moda que consiste en explicitar la cantidad de familiares y, por su fuera poco, todos tomados de la mano como los hermanitos Von Trapp en La Novicia Rebelde. La idea es que el dueño o la dueña del auto coloque la calco con muñequitos de su familia tipo, con perros y gatos incluidos. Pero la versión Barreda es trágica: se ve a la caricatura del dentista con una escopeta humeante en la mano y al lado cuatro bultos que representan a su familia.

También se vendieron muñecos y remeras. Una decía: Kill Ricardo.

La nueva vida del femicida de 83 años se limita a tres lugares. La pensión donde vive, el supermercado chino donde hace las compras y el bodegón. Todo lo cubre en 150 pasos de ida, 150 pasos de vuelta.

“La pensión es horrible, como toda pensión. Lo paradójico es que tiene rejas. Es decir: Barreda vive tras las rejas otra vez”, cuenta un vecino que también tiene una imagen del asesino en su celular. “Cuando lo ven caminar, la gente del barrio dice: ‘ahí va Barreda’, no vi a nadie que le pegara o lo insultara, todo lo contrario”.

“Sacarle una foto se convirtió en una especie de pasatiempo. El viejo se pone loco, no le gusta. Quiere que lo dejen comer tranquilo. Hasta yo tengo una selfie que me hice con él, si vieran la cara de odio que puso”, cuenta el mozo del restaurante. Un comensal habitué del lugar, contó: “Más de uno lo felicitó por lo que hizo. Alguno lo habrá hecho en broma, pero yo fui testigo de eso”.

Hasta 2017, Barreda vivió poco más de un año en el Hospital público Magdalena Villegas de General Pacheco. La historia fue así: el 25 de mayo de 2016 apareció abandonado en ese hospital. Todo comenzó con un llamado a la solidaridad. Una mujer publicó en su muro de Facebook la foto de un abuelo en la sala de espera. Se mostró conmovida por la mirada de ese hombre que dijo llamarse Alberto Navarro y condenó a su familia por dejarlo abandonado. Pero a las pocas horas se supo que Navarro era ni más ni menos que Barreda.

Ricardo Barreda
La mujer terminó por cambiar su posteo. Antes había dicho que “el abuelo necesita amor, su familia debería venir a buscarlo”.

“Apareció en el hospital y dijo que no tenía dónde ir. Tenía un problema en la próstata. Dijo que su familia lo había abandonado. Trató mal a una enfermera y quiso quedarse a dormir. Alguien le preguntó si era Barreda y dijo que se llamaba Alberto Navarro. Al rato se fue, apenas podía caminar, tenía los pantalones bajos”, dijo una paciente que fue testigo del momento.

En el hospital decían que simuló estar enfermo, que maltrató y amenazó a las enfermeras, que a una médica le dijo que le iba a dar un escopetazo y que a veces va a una despensa a comprar whisky.

“Se cree dueño de este lugar”, llegó a decir una enfermera. “No me gusta cruzarme con un femicida”, dijo otro empleado. “Odia a las mujeres. A su esposa le decía Chochán”, dijo una empleada de limpieza. Un camillero agregó: “Cuando llegó dio otro nombre, es un impostor”. Una médica dijo que amenazó con matarla de un escopetazo.

Lo echaron.

Ahora, Barreda sigue fantaseando con vivir en su casa, pero sin ellas. Las mujeres que mató. Aunque esa vivienda fue expropiada para convertirla en un centro de atención a las víctimas de violencia de género.

Otro sueño de Barreda está puesto en las tres propuestas que recibió para que su vida sea llevada al cine o en forma de documental. Lo más avanzado es el documental. Pero no hay nada concreto. En realidad, lo más concreto es lo que dijo Aníbal: que le confiaría a sus hijos. Barreda aún no respondió y quizá nunca lo haga.

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