“Los desentrañadores de enigmas”. Fotos: Mauricio Cáceres (TNC)
“Los desentrañadores de enigmas”. Fotos: Mauricio Cáceres (TNC)

Córdoba, especial. El sábado pasado, por la simple magia de la puesta en escena, tres sátiros y un dios griego desembarcaron en Córdoba ante las risas de un público joven y empático, que asistió al Anfiteatro del Parque Sarmiento desafiando los caprichos del clima. Que lloviera o no lloviera: ése era el dilema. Fue así que, tras algunos traspiés, tuvo lugar el estreno de Los desentrañadores de enigmas, la obra que dirige David Piccotto en el marco del programa Teatro Cervantes Produce en el País.

Una obra actual de inspiración helenizante, inimaginable sin los saberes que aportó Guillermo de Santis, encontraba así su contexto idóneo: cuando allá a comienzos de la década de 1930, Felipe Bellini concibió este espléndido anfiteatro municipal, no pudo imaginar que, en el siglo XXI, albergaría una divertida comedia de sátiros site-specific.

Los desentrañadores de enigmas, de hecho, revitaliza la tradición del “drama satírico”, uno de los subgéneros menos conocidos de la dramaturgia griega antigua. Porque, de primera o segunda mano, todos conocemos las grandes tragedias; vagamente sabemos que existió la tradición de la comedia griega, y tal vez Aristófanes no sea para nosotros un nombre vacío, pese a que, dos siglos y medio más tarde, tengamos que leer muchas notas al pie para recuperar el humor escurridizo de sus chistes. Pero del drama satírico, ¿quién se acuerda? Yo mismo recordaba mal el único que había leído hacía mucho: El cíclope, de Eurípides. (Después comprobé que, lamentablemente, no hay otro ejemplar que la Antigüedad nos haya transmitido en estado completo.)

Tampoco tenía muy claro el estatuto mitológico de los sátiros, velludas divinidades de la naturaleza, compañeros y seguidores del dios Dionisio con algo de hombre y mucho de animal. Sí recordaba la iconografía habitual: sus vientres prominentes, sus patas y cuernos de carnero, los falos siempre listos, a la medida de un desaforado apetito carnal… (Hay un inspirado pasaje en El nacimiento de la tragedia donde Friedrich Nietzsche subraya la importancia del drama satírico y retrata a los sátiros mismos como imágenes primordiales de la humanidad: símbolos de la omnipotencia sexual de la naturaleza, seres cuya dimensión burlesca no les impide participar de lo sublime y de lo divino).

En la obra que David Picotto escribió junto a Guillermo de Santis –docente, traductor e investigador en Letras Clásicas– no hay detalle librado al azar. A la vez que los guiños son populares y localistas, las referencias son eruditas y exactas. Difícilmente olvidemos a Sileno, maestro de Dionisio (a cargo de Nelson Balmaceda), ni a los dos sátiros asustadizos que son sus hijos (Maximiliano Gallo y Rodrigo Gagliardino).

La peripecia es errática: mientras navegan los cuatro, son atacados por piratas, quienes raptan a Dionisio y no se privan de abusar de él. Los sátiros son transportados en cajas y desembarcan por separado en tierras ignotas. Los extranjeros los confunden con ponys escapados de una granja… Ellos creen haber llegado a Sofistópolis, a juzgar por cómo discuten estos lugareños con petulancia de semidioses. Así estos sátiros tan griegos, náufragos en costas desconocidas, tardan casi toda la obra en descubrir que se encuentran en Córdoba.

En cierto momento la obra amaga con desfallecer, pero justo entonces desciende Dionisio (Marcos Cáceres) de lo alto de las escalinatas: lo hace con ademanes de diva caída en desgracia y una desazón que no perderá ni siquiera cuando se radique, triunfante, en la nueva ciudad de destino. A pesar de estar calzado con esas sandalias que los griegos llamaban “crépidas”, las espinas laceran sus pies. Y aunque sus gritos son divertidísimos, es él quien introduce la inflexión necesariamente trágica: de ese modo la obra gana en amplitud de matices.

Entretanto, va anocheciendo, la luz artificial empieza a cobrar protagonismo, en el anfiteatro se oye el canto de los grillos… A este dios tan altivo todo le parece vulgar: en los ritmos del cuarteto, sólo escucha cacofonías; los bailes folclóricos le provocan horror. Más tarde, en su excursión a la ciudad, se asombrará de las “hordas gremiales” y de la “ola verde” en que se organizan las mujeres.

Pero, al final, tanto el dios como los sátiros se acaban aclimatando: encuentran su destino sudamericano en Córdoba, ciudad del choripán, el fernet y el vino en caja: más precisamente, en la “Córdoba de la Nueva Dionisia”. Quien asista a alguna de las funciones no olvidará los estribillos pegadizos y las coreografías deliberadamente chapuceras, donde no faltan las citas de canciones de Rodrigo (“me gusta el vino y la joda, y lo tomo sin soda porque así pega más“) ni de La Mona Jiménez (“¿Quién se ha tomado todo el vino?“). Los sátiros izan las banderas futboleras de Talleres, Belgrano e Instituto, al tiempo que ironizan sobre ese “río flacucho” que es el Suquía y sobre el Faro del Bicentenario, tan inapropiado en una ciudad que carece de mar.”¡El mito me importa un pito!”, se los oye canturrear en un momento.

Si bien los actores ejecutan variadas proezas físicas, la obra encuentra su fidelidad al género de origen en su carácter eminentemente discursivo. Todo surge y culmina en los trucos que permite el lenguaje. Los sátiros empiezan hablando en griego, luego declaman en latín, más tarde ensayan una divertida entonación castiza. Por momentos, parecen recurrir a las técnicas de los “actores de voz” o doblaje en las películas de animación. En varias ocasiones, los hijos de Sileno hablan al unísono, al modo coral de la dramaturgia antigua. Multiplican risas muy cercanas al balido y plegarias a dúo a más de una divinidad; cada tanto, nos regalan una cancioncita. Finalmente llegan los chistes sobre el refranero local y la tonada cordobesa, de cuya eficacia no abusan.

El actor y director David Piccotto
El actor y director David Piccotto

Infobae Cultura preguntó a Piccotto si los sátiros podrían compararse con los payasos, algo así como los bufones de ahora. “Sí y no”, respondió dubitativo: “Tienen otra cosa: en esta época no se habla tanto… Eso es lo que a mí me parece interesante. En la obra, es la palabra lo que construye una situación”.

De hecho, el director y actor cuenta que, a pesar de estar impregnado del humor del clown, en esta ocasión trató de alejarse de esa lógica: “Es verdad que las situaciones de los sátiros son muy  payasas y clownescas: están perdidos, nunca saben qué hacer, Dionisio los olvida, son engañados, sufren, tienen hambre, casi nunca consiguen lo que quieren… Pero, dentro del drama satírico, lo que gana es la situación, son las palabras las que van construyendo situaciones graciosas. Si bien hay aspectos clownescas y se recurre a efectos, a ciertos gags, ellos casi no interactúan con los espectadores. Aquí se trata más bien de dejarse ganar por la situación cómica que se construye desde la palabra y a partir de lo que va sucediendo”.

Sin pecar de solemnes, David Picotto y Guillermo de Santis nos retrotraen al inicio del teatro occidental y reactivan las preguntas sobre un género que conocemos poco y mal. Porque, al margen de El cíclope de Eurípides, sólo se han conservado fragmentos, cuya procedencia se disputan los eruditos: ¿pertenecen a un drama de sátiros o a una tragedia a secas? La vacilación no es casual.

Estamos frente a un género originariamente híbrido, impuro, con sazonadas dosis de comedia, épica y tragedia. (Vale consultar la reflexión fugaz que le dedica Aristóteles en el capítulo IV de su Poética. Allí el filósofo desliza dos tesis, no del todo compatibles: según una, lo trágico derivaría de esos cantos rituales en honor de Dioniso que se denominaban “ditirambos”; según la otra, la tragedia nacería de lo satírico, a partir de cuyas historias breves y de expresión risible progresivamente el género habría alcanzado elevación y sublimidad.)

Por otra parte, Los desentrañadores de enigmas es el producto logrado de una logística poco habitual: se trata de la iniciativa de un Teatro Nacional con sede porteña, que financia integralmente obras con elencos locales, en puntos muy diversos de la Argentina. Conviene recordar las palabras del director del Cervantes cuando, hace casi dos meses, presentó el programa TC Produce en el País. Antes que la necesidad de importar a Buenos Aires las piezas del Interior, como si eso fuera el destino final obligado y consagratorio de las obras, lo que enfatizó Alejandro Tantanian fue más bien la necesidad de fortalecer las escenas locales. En este caso, la afirmación cobra sentido no sólo respecto de las compañías cordobesas, sino también en relación al Anfiteatro del Parque Sarmiento: tal como ha dicho Piccotto “es un teatro imponente que está ahí hace años, pero donde también hace años no ocurre teatro”.

Es verdad que la puesta de Piccotto, como el propio director reconoció el día del estreno, comparte los rasgos del hecho teatral: una experiencia fundamentalmente efímera, condenada a la fugacidad. Pero es de esperar que la propuesta, así como otras de calidad análoga, no tarden en replicarse. Y también que el Teatro Griego de la Avenida Deodoro Roca vuelva a brillar, en honor a la idea que alguna vez lo hizo nacer. Por lo pronto, quedan tan sólo dos funciones para que estos helénicos esclarecedores de enigmas –y los espectadores, con ellos– vuelvan a descubrir, azorados, que naufragaron en Córdoba.

*Los desentrañadores de enigmas, escrita por David Piccotto y Guillermo De Santis, y dirigida por David Piccotto.
Teatro Griego de la ciudad de Córdoba, Av. Deodoro Roca, Parque Sarmiento.
Próximas funciones: viernes 26 a las 18 y el sábado 27 a las 19
Entrada libre y gratuita (las funciones se suspenden por lluvia).
Con la actuación de Maximiliano Gallo, Rodrigo Gagliardino, Marcos Cáceres y Nelson Balmaceda. La obra fue producida dentro del programa Teatro Nacional Argentino – Teatro Cervantes Produce en el País, bajo la dirección artística de Cynthia Edul.

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