Perón, Balbín y el histórico abrazo: domingo 19 de noviembre de 1972, en la casa de Gaspar Campos
Perón, Balbín y el histórico abrazo: domingo 19 de noviembre de 1972, en la casa de Gaspar Campos

En Argentina siempre hubo curiosas señales de acercamiento entre adversarios que parecían irreconciliables. Entre otros, el dictador Jorge Rafael Videla con el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, el obispo Jaime de Nevares con el general Juan Guglialmelli, y Amadeo Sabattini con Juan Domingo Perón. Pero fueron gestos aislados que no llegaron a modificar la historia.

Todos recordamos el abrazo de Perón y Ricardo Balbín en Vicente López. Fue el domingo 19 de noviembre de 1972, en la casa de Gaspar Campos 1065.

El general había llegado a la Argentina dos días antes, momento inmortalizado por la foto del paraguas protector de José Rucci. De lo que no hay ninguna imagen es del salto que tuvo que pegar Balbín para entrar por la casa de atrás, ante la enorme cantidad de gente que impedía el paso por el frente de la vivienda en la que estaba esperándolo el ex presidente.

Es decir, el mismo hombre que lo había mandado a la cárcel, muchos años antes. Repasemos la historia. Balbín -que era el titular del bloque de diputados de la Unión Cívica Radical- fue preso, acusado de desacato contra el presidente de la República, Juan Perón.

Todo empezó con un discurso muy crítico de Balbín, en el Congreso Nacional Agrario de Rosario, el 30 de agosto de 1949. El diputado peronista Luis Roche pidió públicamente el desafuero de Balbín y el juez federal Alejandro Ferraronz lo convalidó de inmediato. Otro diputado peronista, Ángel Miel Asquía, presentó en la Cámara la moción de desafuero contra Balbín. Y su colega de bancada Vicente Magnasco acusó a Balbín de “injurias, ofensas y descréditos contra el general Perón”.

El radical Alfredo Vítolo reaccionó, diciendo que se trataba de una “emboscada política”. Entonces, para evitar el debate, el diputado peronista Astorgano pidió el cierre de la sesión. Y el presidente de la Cámara, que era Héctor J. Cámpora, aceptó la moción automáticamente y llamó a votación.

El encuentro de los líderes no logró consenso
El encuentro de los líderes no logró consenso

Para los lectores sub 40 casi todos estos nombres y apellidos seguramente son desconocidos. Los mayores, en cambio, los recordarán. Unos y otros entenderán que Balbín estaba condenado de antemano. Él mismo lo sabía, cuando presentó su alegato final:

-Yo no tengo la culpa de mi lenguaje, a mí me lo enseñó la adversidad. Algunos de los que han de votar en mi contra esta tarde me aplaudían cuando usaba este lenguaje contra Uriburu. Muchos de los que han de votar esta tarde eran mis amigos en la lucha contra el fraude. ¿Qué culpa tengo yo si sigo creyendo lo de antes y ellos han cambiado sus convicciones?

Y agregó, anticipándose a lo que iba a ocurrirle:

-Nosotros tenemos sentido de futuro, no barriga de presente. A veces es necesario que en un país entren algunos libres y dignos a la cárcel, para conocer adónde irán después los delincuentes de la República. Si éste es el precio por haber presidido el bloque de la UCR, que es una reserva moral del país, han cobrado barato. Fusilándome estaríamos a mano.

La votación fue 109 a 41.

Balbín ya no tenía fueros parlamentarios. Y el 12 de marzo de 1950 fue detenido en La Plata, cuando salía de votar en las elecciones en las que era candidato a gobernador. Estuvo preso en la cárcel de Olmos hasta el 2 de enero de 1951.

Ricardo Balbín preso en Olmos
Ricardo Balbín preso en Olmos

Entre Perón y Balbín hubo un hondo rencor, que los mantuvo ferozmente separados durante dos décadas.

Pero ese día, en Vicente López, Perón (tenía 77 años) y Balbín (había cumplido 68) comenzaron a desandar el camino de su enfrentamiento. La Argentina de 1972 estaba -como tantas veces- en una situación delicadísima. La guerrilla asolaba el país. Secuestros, muertes y atentados eran cosa de todos los días, en el marco de un gobierno de facto sin respuestas políticas.

Los dirigentes radicales Juan Carlos Pugliese, Enrique Vanoli y Luis León, que acompañaron a Balbín en esa primera reunión, escucharon las palabras de Perón:

-Doctor Balbín, usted y yo nos tenemos que poner de acuerdo porque somos el 80% del país…

La fórmula Perón-Balbín, que en otra época hubiese sido una fantasía, comenzó a perfilarse. Los contactos entre ambos fueron cada vez más frecuentes, todo parecía encaminarse hacia esa solución soñada.

En el ánimo popular creció la sensación de que esos dos hombres podían encarnar la solución insospechada hasta entonces: una candidatura compartida. Pero no pudo ser, porque dentro de ambos partidos hubo resistencia.

La candidatura compartida que alguna vez imaginaron no pudo ser, porque dentro de ambos partidos hubo resistencia
La candidatura compartida que alguna vez imaginaron no pudo ser, porque dentro de ambos partidos hubo resistencia

Ya en 1974 y siendo Perón presidente por tercera vez, la salud del general declinaba rápidamente. En esas circunstancias, lo llamó a Balbín a la Casa de Gobierno y le confesó:

-Balbín, me estoy muriendo…

En esos días, el propio Perón le encargó a Gustavo Caraballo, secretario técnico de la Presidencia, que estudiara la modificación de Ley de Acefalía. Su idea era designar a Balbín como ministro del Interior y abrir el camino para que pudiera ser designado presidente en su reemplazo, luego de su muerte.

Según todos los testimonios, José López Rega lo impidió. Perón se murió y Balbín lo despidió con aquella famosa frase:

-Este viejo adversario despide a un amigo…

Muchos años antes, en 1944, el entonces coronel Perón se afianzaba como candidato presidencial.

Como actor principal del G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos) había participado activamente en el golpe de Estado que derrocó al presidente Ramón S. Castillo. Primero había sido titular de la Dirección de Trabajo, transformada pocos meses después en Secretaría de Estado. Al poco tiempo fue designado también Ministro de Guerra, hasta que en julio de 1944 se convertiría en Vicepresidente de la Nación, manteniendo los otros cargos.

Era el hombre fuerte del país. Pero no tenía estructura partidaria, carecía de partido político. Finalmente, en 1946, utilizaría el andamiaje del Partido Laborista, cuyo jefe era el dirigente Cipriano Reyes, y así ganaría las elecciones.

Amadeo Sabattini desconfiaba de Perón. Pero ambos midieron las ventajas y desventajas de reunirse ya que compartían las mismas banderas. Lo hicieron, pero la reunión fue un fracaso
Amadeo Sabattini desconfiaba de Perón. Pero ambos midieron las ventajas y desventajas de reunirse ya que compartían las mismas banderas. Lo hicieron, pero la reunión fue un fracaso

Pero antes de eso, Perón quiso hacer una alianza con Amadeo Sabattini, el más importante personaje de la Unión Cívica Radical en esa época.

“El Tanito de Villa María”, como se le decía, se había desempeñado como ministro de Gobierno de Córdoba, cargo desde el que reconoció a los sindicatos y declaró feriado obligatorio el 1 de Mayo. Su figura era respetada por simpatizantes y por adversarios.

La cúspide de su carrera llegó en 1936, cuando fue elegido gobernador de la provincia, cargo que ocupó hasta 1940. Aún hoy se recuerda su gestión, en la que construyó diques y desarrolló la industrialización del agro.

Sabattini, que era farmacéutico y médico, profesaba el estilo de Hipólito Yrigoyen: austero, intransigente, parco. Tenaz opositor del golpe de Uriburu y de los gobiernos civiles fraudulentos, se manifestaba como permanente defensor de las libertades personales.

Y realmente, desconfiaba de Perón. No le tenía simpatía.

Perón, a su vez, lo veía como un temible adversario porque -en el fondo- compartían las mismas banderas.

Perón veía a Sabattini como un temible adversario (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)
Perón veía a Sabattini como un temible adversario (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Ambos midieron previamente las ventajas y desventajas de una mantener una reunión. Hasta que finalmente, en 1944, se encontraron personalmente. Hay un par de versiones sobre la entrevista.

Se afirma que la conversación se desarrolló a bordo de un tren, en el que Perón se movilizaba por el país, en plena tarea proselitista. 

Por otro lado, se asegura que en realidad Perón y Sabattini dialogaron en el despacho del mayor Juan Carlos Quaranta, por entonces administrador de los Ferrocarriles.

Todo indica que el ambiente no fue muy cordial. Lo cierto es que no hubo acuerdo. Se le adjudica a Amadeo Sabattini esta irónica síntesis:

-Me dijo que quería que compartiéramos la fórmula presidencial… Y yo le contesté que para eso él primero tenía que afiliarse a la Unión Cívica Radical…

Del otro lado, parece que tras la fallida entrevista Perón aseguró:

-El talento político de Sabattini cabe en una cajita de fósforos…

Algunos le agregaron este agregado letal:

– …Llena de fósforos…

Jose Felix Uriburu y Lisandro de la Torre eran muy amigos y ambos compartían idéntica aversión por Hipólito Yrigoyen
Jose Felix Uriburu y Lisandro de la Torre eran muy amigos y ambos compartían idéntica aversión por Hipólito Yrigoyen

En la historia política argentina hay pocos personajes más desprestigiados que José Félix Uriburu, el general que derrocó al Presidente Hipólito Yrigoyen en 1930.

Inversamente, son escasas las figuras que superan la admiración que provoca Lisandro de la Torre, uno de los fundadores del Partido Demócrata Progresista. Pero al margen del juicio de la posteridad, Uriburu y De la Torre eran amigos entre sí. Se tenían mucha estima personal y gran admiración intelectual.

Sin duda, los historiadores estarán en condiciones de revisar registros y documentos que ofrezcan los antecedentes de esta relación. Lo cierto es que ambos compartían -entre otras cosas- idéntica aversión hacia Hipólito Yrigoyen.

De la Torre, que inicialmente perteneció a la Unión Cívica Radical, había tenido graves diferencias políticas con Yrigoyen, lo que determinó que abandonara las filas del partido. El entredicho llegó a mayores y se batieron
a duelo, en un galpón del puerto, el 6 de septiembre de 1897. El lance fue con sables, Yrigoyen le hizo un tajo en la cara a De la Torre y desde entonces éste se dejó la barba, para tapar la cicatriz.

Uriburu y De la Torre tienen otras afinidades. Tenían la misma edad -ambos habían nacido en 1868- y los dos eran provincianos: salteño Uriburu, santafesino De la Torre. Y no vacilaban en compartir momentos como el
que quedó registrado en esta fantástica fotografía del Archivo General de la Nación. Se los ve a ambos en la cancha de Newells Old Boy’s de Rosario, un día que los locales jugaban contra Unión de Santa Fe.

Lisandro de la Torre se batió a duelo con Hipólito Yrigoyen: el lance fue con sables, Yrigoyen le hizo un tajo en la cara a De la Torre y desde entonces éste se dejó la barba, para tapar la cicatriz
Lisandro de la Torre se batió a duelo con Hipólito Yrigoyen: el lance fue con sables, Yrigoyen le hizo un tajo en la cara a De la Torre y desde entonces éste se dejó la barba, para tapar la cicatriz

Hay dos detalles significativos. El primero: la foto es de marzo de 1931, en pleno mandato de Uriburu, circunstancia que no impedía que De la Torre se
mostrara en público junto a él. Y el segundo: el personaje que está a la derecha es Leopoldo Lugones, gran poeta y reconocido exégeta del golpe de Uriburu.

La relación personal entre Lisandro de la Torre y el general Uriburu venía de años atrás. Se conocían bien. Y con frecuencia se planteaban sus diferencias.

Lisandro había visitado Estados Unidos, donde había desarrollado sus ideas sobre la independencia de los municipios y afianzado sus convicciones democráticas. Se asegura que en una oportunidad, discrepando con
algunas medidas del gobierno de facto, le dijo a Uriburu:

-Vea Pepe, desde que he estado en Norteamérica, y de hace hace ya muchos años, he comprendido que no es ésta la manera de hacer las cosas…

A su vez, el general Uriburu evocó su relación con Lisandro:

-Uno de mis discutidores favoritos en las prolongadas tertulias era Lisandro de la Torre. ¡Si habremos discutido! Pero usted sabe que es un hombre profundamente apasionado. Es implacable en cuanto a su punto de vista personal. No se le puede convencer. Discutíamos y discutíamos y al final yo me quedaba con mis razones y él con las suyas. Nunca pude sacarlo de
su encasillamiento, él no cedía ni un palmo. ¡Y yo tampoco! Nunca estuvimos de acuerdo en nuestras ideas, pero en cambio siempre pudimos estar de acuerdo en nuestra amistad.

Uriburu y Lisandro de la Torre con Lugones en la cancha de Newll’s Old Boys frente a Union. en 1931
Uriburu y Lisandro de la Torre con Lugones en la cancha de Newll’s Old Boys frente a Union. en 1931

En 1926 Lisandro decide retirarse de la vida política y opta por irse a vivir a su estancia en Las Pinas, Córdoba (hoy Parque Nacional Traslasierra). A ese
lugar lo manda buscar Uriburu, ya decidido a voltear a Yrigoyen:

-Lo invité a formar parte de la revolución, pero no quiso aceptar. No creía en la posibilidad del triunfo.

Sin embargo, De la Torre dejó su retiro cordobés y volvió a su departamento de Esmeralda 22, en Buenos Aires. La madrugada del día del golpe contra Yrigoyen fueron a visitarlo unos amigos, involucrados en la revolución:

-Tranquilos, esto viene para nosotros -les dijo.

Efectivamente, pese a la negativa de De la Torre de formar parte del gabinete de ministros, Uriburu ya tenía decidido ofrecerle la continuidad presidencial. Así lo dijo:

-Cuando llegue el momento yo saldré al balcón de la Casa de Gobierno para decir que Lisandro de la Torre es mi candidato… ¡Y al que no le guste que se
vaya a su casa!

Ese era el plan: que Lisandro de la Torre llegara a la presidencia en 1932, como candidato de una coalición demoprogresista, conservadora y algunos sectores socialistas. Sin los radicales, por supuesto. Pero la política es una materia viva, que suele burlarse de los planes preconcebidos.

Hipólito Yrigoyen le dijo a sus partidarios que ganarían por 30.000 votos las elecciones de 1931. Sus interlocutores pensaron que tenía sus facultades mentales alteradas. Semejante vaticinio jamás podría cumplirse. Y de verdad, se equivocó: ganaron por 31.000 votos
Hipólito Yrigoyen le dijo a sus partidarios que ganarían por 30.000 votos las elecciones de 1931. Sus interlocutores pensaron que tenía sus facultades mentales alteradas. Semejante vaticinio jamás podría cumplirse. Y de verdad, se equivocó: ganaron por 31.000 votos

El 5 de abril de 1931 hubo elecciones en la provincia de Buenos Aires. Era una prueba que parecía tener el resultado asegurado a favor de la fórmula oficialista, integrada por Antonio Santamarina y Celedonio Pereda.

El radicalismo estaba desmembrado, sus filas dispersas. A duras penas logró presentar una fórmula de emergencia: Honorio Pueyrredón- Mario Guido.

Dicen que le consultaron al anciano y enfermo Yrigoyen, que estaba preso en la isla de Martín García y aventuró:

-Vayan tranquilos, ganamos por 30.000 votos de diferencia…

Sus interlocutores pensaron que el expresidente tenía sus facultades mentales alteradas. Semejante vaticinio jamás podría cumplirse. Y de verdad, Yrigoyen se equivocó, porque el radicalismo no ganó por 30.000 votos de diferencia. Ganó por 31.000 votos.

Uriburu anuló las elecciones. Su gobierno estaba herido de muerte. La hipotética candidatura presidencial de Lisandro de la Torre también. Y los caminos de Uriburu y De la Torre se separaron para siempre.

Luis Cerruti Costa (al fondo) de saco negro y anteojos, el presidente de facto Lonardi (en la cabecera de la mesa), Luis Natalini, secretario general del gremio de Luz y Fuerza, y a Andrés Framini, titular de la Asociación Obrera Textil
Luis Cerruti Costa (al fondo) de saco negro y anteojos, el presidente de facto Lonardi (en la cabecera de la mesa), Luis Natalini, secretario general del gremio de Luz y Fuerza, y a Andrés Framini, titular de la Asociación Obrera Textil

La foto tiene baja calidad técnica. Al ampliarla ha perdido definición, porque hemos partido de una reproducción. Pero es un documento periodístico notable, de un inmenso valor histórico.

En primer plano hay dos personas de espaldas, que hasta ahora no hemos podido identificar. Luego, en el extremo izquierdo, con saco negro y anteojos, aparece Luis Cerrutti Costa, que era el ministro de Trabajo del
primer gobierno surgido luego de la revolución del 16 de septiembre de 1955, que derrocó a Juan Domingo Perón.

Justo en el medio, de traje y haciendo un ademán con las manos abiertas, está el general Eduardo Lonardi, presidente provisional de facto.

Siguiendo hacia la derecha se ve a Luis Natalini, secretario general del gremio de Luz y Fuerza, y a Andrés Framini, titular de la Asociación Obrera Textil. Ambos acababan de asumir la conducción de la Confederción General del Trabajo.

Esta foto fue tomada en el despacho presidencial de la Casa de Gobierno. El mismo lugar que hasta pocas semanas antes ocupaba Perón.

¿Y qué hacían los directivos de la CGT nada menos que con el general que derrocó a Perón?

Hoy parece raro que haya habido entre ellos hilos conductores, que no estuviesen crudamente enfrentados. Sin embargo, si dejamos de lado los prejuicios ideológicos, podremos apreciar la riqueza de matices que nos ofrece nuestra historia.

Las cosas no son tan lineales como parecen.

Cuando se produjo la llamada Revolución Libertadora, su jefe Eduardo Lonardi prometió:

-Ni vencedores, ni vencidos…

Aseguró que no iba a disolver el partido peronista y que respetaría a las organizaciones obreras:

-No voy a intervenir la CGT.

Algunos lectores pensarán que estoy metiendo la pata. Recordarán el Decreto 4.161, que prohibía incluso que se pronunciara la palabra “Perón”. Y más aún, evocarán con dolor los fusilamientos de José León Suárez, como prueba de que aquellos propósitos fueron traicionados.

Es verdad, esos siniestros datos son exactos. Pero no fue Lonardi el responsable.

Eduardo Lonardi fue depuesto el 13 de noviembre de 1955 por sus propios compañeros de armas. Ese día, Pedro Eugenio Aramburu tomó el poder. Y a partir de ese momento, todas las consignas de Lonardi fueron traicionadas y quedaron sin efecto.

Conviene repasar los hechos.

Lonardi asumió el gobierno el 23 de septiembre de 1955, cuando salió al balcón de la Casa Rosada (el mismo balcón…) ante una multitud tanto o más grande que las que convocaba Perón.

Lonardi, Cerruti Costa y la CGT
Lonardi, Cerruti Costa y la CGT

El 24, al día siguiente, la CGT dio un comunicado que señalaba “la necesidad de mantener la más absoluta calma y de continuar en sus tareas, recibiendo únicamente directivas de la central obrera”. Y el 25 de septiembre, sus dirigentes encabezados por su secretario general Hugo Di Pietro se entrevistaron con Lonardi.

El 5 de octubre se anunció la renuncia del secretariado de la CGT y que dos miembros de la mesa de conducción, Andrés Framini y Luis Natalini, se habían hecho de la organización, asumiendo el compromiso de realizar elecciones en 120 días.

Al día siguiente, ambos dirigentes firmaron un pacto formal con el ministro de Trabajo, Cerruti Costa, quien había sido asesor legal de la UOM. En ese documento, el Gobierno de la Revolución Libertadora reconocía a
las autoridades de la central obrera. Unos minutos después pasaron al despacho presidencial y se sacaron la foto que estamos publicando.

No fue posible. El golpe palaciego abortó el breve mandato de Eduardo Lonardi. Los sindicatos fueron intervenidos militarmente y los dirigentes sindicales encarcelados.

Nuevamente, la posibilidad de acercamiento entre adversarios supuestamente irreconciliables había fracasado.

Una vez le pregunté a Arturo Jauretche qué opinaba del general Juan Enrique Guglialmelli. Me contestó:

-Me gusta, es un general pintoresco…

Era algo más que eso. Cuando Guglialmelli murió, el historiador José María Rosa afirmó:

-Se va el último general de la Patria.

Y agregó:

-…Su obra lo coloca en el panteón de nuestros soldados contemporáneos, junto a Perón, Mosconi y Savio y a tantos más, que atinaron a encontrar la
Nación pese a los vericuetos de las ordenanzas militares…

Guglialmelli fue Secretario de Enlace y Coordinación durante el gobierno del Presidente Arturo Frondizi, y más tarde, en 1970, ocupó la presidencia del Consejo Nacional de Desarrollo, cargo del que fue desplazado por el general Lanusse, a los cuatro meses. Ya retirado

Adolfo Pérez Esquivel al recibir el Premio Nobel de la Paz
Adolfo Pérez Esquivel al recibir el Premio Nobel de la Paz

Y cierro esta crónica con una historia absolutamente verídica.

Sin duda, es imposible suponer que el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel y el dictador Jorge Rafael Videla pudieron haber tenido el más mínimo punto de contacto. Representan las actitudes más opuestas, sus imágenes son totalmente antagónicas. Inconciliables.

El martes 14 de octubre de 1980 le hice un reportaje Pérez Esquivel en “La mañana de Julio Lagos”, en Radio El Mundo.

Pocas horas antes, el arquitecto había sido consagrado Premio Nobel de la Paz. En las radios de Argentina la noticia estaba embargada, pero me animé a entrevistarlo, al día siguiente de recibir el premio. Y le pregunté si iría a una entrevista con el entonces presidente de facto, que era Videla (escuhen el audio):

Aquí están, la pregunta y la respuesta:

-Arquitecto Pérez Esquivel, en caso de que usted reciba una invitación de parte del presidente de la República, a los efectos de que reciba usted el saludo personal en virtud de esta distinción a un argentino, ¿cuál sería su respuesta?

-Bueno, mi respuesta es positiva… Siempre uno debe estar abierto al diálogo y a la comprensión de las cosas, ¿no? Es decir, como cristiano, como argentino, siempre por lo menos yo estoy abierto y dispuesto… en fin a encontrar los caminos posibles para que justamente esa reconciliación y la paz se puedan alcanzar.

Fue riesgoso sacarlo al aire, y mucho más hacerle esa pregunta. Pero vean que pasó después…

El dictador Jorge Rafael Videla (Getty)
El dictador Jorge Rafael Videla (Getty)

Esa tardecita, un grupo de cinco periodistas tuvimos una entrevista privada con Videla en la Casa de Gobierno. Probablemente el objetivo era tender
puentes, con el propósito ulterior de buscar una salida electoral. Vestido de civil, y tomando unos whiskys, conversó con nosotros. Recuerdo que estaban Félix Laiño y Víctor Sueiro, y un par más de colegas.

A mi turno, le dije a Videla:

-Esta mañana entrevisté a Pérez Esquivel, y le pregunté si…

Me interrumpió:

-Sí, sí, lo escuché… Un rato después, al mediodía, tuvimos un almuerzo en el Tigre, en el Tecuara, el yate presidencial… Estaban todos los oficiales superiores de las fuerzas armadas… Y cuando yo comenté lo que
usted le dijo a Pérez Esquivel, la posibilidad de invitarlo a mi despacho, ¡las gorras pegaban en el techo!… Mire Lagos, si yo recibo a Pérez Esquivel, mañana ni yo estoy aquí, ni usted está en la radio.

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