Corazón contento y bolsillos vacíos… “Palito” Ortega y Frank Sinatra (Foto: Prensa Penguin Random House)
Corazón contento y bolsillos vacíos… “Palito” Ortega y Frank Sinatra (Foto: Prensa Penguin Random House)

En 1993, con casi 80 años de vida y unas seis décadas de carrera, Frank Sinatra todavía no se bajaba del éxito: su disco Duets, en el que cantaba una selección de clásicos de su repertorio con artistas de la talla de Aretha Franklin, Bono y Julio Iglesias, alcanzaba la categoría de Triple Platino en los Estados Unidos por vender nada menos que tres millones de copias. Al año siguiente salió la continuación: Duets II, en el que compartía micrófono (metafóricamente, porque en realidad no coincidió en el estudio con ninguno de sus invitados) con Neil Diamond, Linda Ronstadt y Luis Miguel, entre otros. El concepto funcionó, aunque, claro, tampoco era nuevo: el Chairman of the Board había intercambiado fraseos con estrellas de la música muchas veces. Ya había cantado “Birth of the Blues” con Louis Armstrong. Ya se había asociado con su admirada Ella Fitzgerald. Hasta con Elvis Presley había grabado para un especial de televisión “Love Me Tender” y “Witchcraft”. Sin embargo, hubo un dueto que estuvo a punto de concretarse y por esos recovecos del show business no vio la luz: una versión de “Sabor a nada” junto a Palito Ortega, en vivo en Buenos Aires.

Los mil dólares de la entrada, además de buena comida y alcohol importado, merecían mucha música. El show de Sinatra duraba aproximadamente una hora: muy poco para una cena-show que costaba más que el sueldo de un mes de mucha gente. Había que extender de alguna manera la velada, y para eso los productores convocaron a una orquesta local y una extranjera. La argentina era la de Horacio Malvicino, una de las mayores leyendas de la guitarra que dio nuestro país. “Malveta” venía de tocar en el octeto de Astor Piazzolla y grababa sus propios discos (con su nombre y con los
seudónimos Alain Debray y Don Nobody) incursionando en el tango, el jazz y la música ligera. Para la ocasión preparó un popurrí de versiones instrumentales de Frank, que sonaba cuando la audiencia llegaba, desensillaba y disfrutaba de la entrada y el primer plato. A los 88, Malvicino recuerda la confusión de aquellos días en los que todos los involucrados estaban en el paraíso artístico, pero el infierno económico les ardía bajo los pies: “Lamentablemente el negocio no salió como esperaba Ortega y toda la actuación en el Sheraton fue muy flojita en cuanto a público, hasta el punto de que con la orquesta teníamos la satisfacción de que para hacer número nos sentaban en una gran mesa delante del escenario toda la noche”. Con todo, le queda como recuerdo invaluable el buen trato con La Voz: “Cuando la gente estaba en los postres, él venía de su camerino —ahí tenía un piano y había estado por lo menos una hora practicando, porque era un hombre que se cuidaba mucho— por la cocina del Sheraton y me gritaba ‘¡Malvera!’. Cambiaba la t por la r”.

El “telonero” foráneo era Don Costa, arreglador y director que ya había trabajado varias veces con Frank: entre otras cosas fue el responsable del sonido de Sinatra and Strings (1962), un disco que el sitio especializado AllMusic define como “una colección exquisita y romántica de baladas y una de sus grabaciones más sensuales”. También fue el ideólogo del crescendo y el estallido en el estribillo que le dan a “My Way” esa sensación ambivalente de melancolía y celebración, en el éxito que definió —ya desde su misma letra— la última etapa de la carrera de Sinatra.

Costa era amigo de Finkel: a él se le ocurrió que podría venir a la Argentina para alargar una hora los shows del Sheraton y el Luna Park. La idea era usar la orquesta de Sinatra (que por entonces dirigía el pianista Vincent Falcone) antes de que este saliera a escena, aunque —como veremos— el plan tuvo sus complicaciones de último momento.

Frank Sinatra en uno de sus dos recitales en el Luna Park (Foto: Prensa Penguin Random House)
Frank Sinatra en uno de sus dos recitales en el Luna Park (Foto: Prensa Penguin Random House)

El arreglador llegó a Buenos Aires un día antes que el “patrón”, pero no era la primera vez que nos visitaba: en 1978 había participado del ciclo Tangos para el mundo en el Teatro Presidente Alvear, un evento financiado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. De aquella velada participó también Nelson Riddle, otro histórico arreglador de Frank, arquitecto de éxitos como “I’ve Got You Under My Skin”, “The Lady Is a Tramp” y “Strangers in the Night”, junto a figuras locales como Atilio Stampone, Enrique Francini, Leopoldo Federico y una orquesta de 55 músicos.
Con él vino Nikka Costa, su hija de nueve años, que acababa de editar su disco debut homónimo, tenía un éxito radial con su versión hiperglucémica de “On My Own” de la película Fama y —según Crónica, que la entrevista —”vende más que Frank”.

—Conocés mucho a Sinatra, ¿qué opinás de él? —le preguntaban.
—Que es un excelente cantante y, como persona, es muy bueno. Lo quiero mucho.
—¿Qué canción de Frankie preferís?
—¡New York!

Por aquellos días se hablaba de que la pequeña Nikka saldría de gira con Julio Iglesias: por algún motivo pegó más en España que en cualquier otro lugar del mundo. A todas luces le esperaba un gran futuro en la música, pero sus dos discos siguientes no tuvieron éxito, su padre falleció víctima de un paro cardíaco poco después y su carrera se opacó. De todas formas, nunca dejó de componer y cantar: en 2010 coescribió “Diamonds Made from Rain” para el disco Clapton de Eric Clapton y en 2017 fue la corista invitada del disco Villains de Queens of the Stone Age (se puede escuchar su voz en el tema “Head Like a Haunted House”). “Don Costa tomaba por el campeonato mundial, ja. Vino blanco tomaba. Él venía con dos botellas, nos daba una copa a nosotros y la otra botella era para él. Y se la bajaba entera. Pero nunca lo vi en pedo, jamás lo vi mal”.

El que habla es Enrique Roizner, el “Zurdo”, ese señor que muchos registrarán por haberlo visto, flaco y de largos cabellos grises, en la tapa de Mis Americas Vol. ½ (2016) de Kevin Johansen y que otros conocerán por ser el baterista que tocó con todo el mundo. Antes de 1981 había compartido escenario o estudio con Vinicius de Moraes, Daniel Viglietti, el Gato Barbieri, Pastoral y Les Luthiers. Después de 1981 acompañaría a Astor Piazzolla, el Cuarteto Zupay y Leopoldo Federico. Pero en agosto de 1981 tenía un trabajo que hacer: llevar el ritmo en la orquesta de Sinatra.

La idea original, dijimos, era usar a todos los músicos de La Voz para la previa, con Costa en la dirección. Sin embargo, la visita a Sudamérica reavivó viejos rencores. “La sección rítmica de Sinatra —el bajo, la batería y el piano— no quería tocar con Don Costa porque no los había llamado para una sesión de grabación en Los Ángeles. Lo consideraban, como dice un amigo mío, ‘una falta de mala educación'”, cuenta el Zurdo (en rigor, el pianista Vincent Falcone no podía tocar porque debía dirigir la orquesta durante el número principal). Frank los relevó del compromiso: “Ustedes están contratados para tocar conmigo; si no quieren tocar con él, problema suyo”, les dijo, y ellos actuaron en consecuencia. De modo que, con Costa ya instalado en la Argentina, a días del debut, hubo que buscar reemplazantes en esos puestos. Así fue como entraron a la cancha Juan Carlos Cirigliano en el piano, Adalberto Cevasco en el bajo eléctrico y el Zurdo en la batería (también se agregó por pedido de Costa una sección de tuba, trombón bajo y corno, y se sumaron dos músicos nacionales: el guitarrista Mauricio Pinchi Cardozo Ocampo y el bandoneonista Néstor Marconi).

A Roizner lo citaron en el Sheraton el martes 4 a la tarde, un día antes del debut. “Hicimos un ensayo que duró una pasada para cada cosa, no había más tiempo. Ya no se podía ensayar más porque la mañana siguiente empezaban a preparar el Salón Libertador, no había más ensayo que ese”, recuerda.

Ahí mismo, entre pasada y pasada, le dieron directivas que eran —no hace falta aclararlo— estrictas e indiscutibles. El show estaba pautado a las 21:15 en el primer piso, de modo que a las 21 en punto bajaba el primer ascensor del piso 23 con quince músicos, a las 21:02 el segundo, y así hasta completar la orquesta y el staff. Se llegaba y se subía al escenario. Se afinaba sí o sí antes: “En el escenario no afina nadie”, le remarcaron. Y para los shows del Luna Park la cosa sería similar: no se podía ir directamente a Bouchard y Corrientes, había que reportarse en el piso 23 del Sheraton media hora antes y de ahí salían micros hacia el Palacio de los Deportes.

En medio de esa locura llegó el jefe. “Tuvimos un corte para tomar algo y bajó Sinatra y saludó a todo el mundo, así nomás, con la mano. A algunos músicos les dio la mano, pero era gente ya muy conocida de él. Si él no te conocía, no te podías acercar: estaba la gente de seguridad siempre rodeándolo. Si te acercabas por cualquier motivo se hacían una seña, y muy polite te decían: ‘No te acerques más'”.

Las últimas indicaciones fueron las de Bob Kiernan, que manejaba —fiel a su fama de obsesivo— un nivel de detallismo insólito. “Yo me voy a sentar en la batería [la que luego usaría Cottler en la actuación principal] y le digo al sonidista: ‘Soy zurdo, tengo que dar vuelta algunas cosas’. Y él me dice: ‘No, no hay tiempo, termina la orquesta y empieza a tocar Sinatra’.

Entonces dije: ‘Bueno, armo mi batería’, pero él no tenía lugar en el escenario. Entonces, con muy buena disposición me comenta: ‘Te voy a poner al lado del arpa’. Si ves el video y escuchás, la batería suena, tiene nivel y todo ¡y estoy al lado del arpa! Él logró que no interfiriera con el sonido del arpa, pero que se escuchara”, recuerda el Zurdo. Entre el último acorde del set de Don Costa y la subida de Sinatra al escenario había que desarmar y desaparecer, y para eso había exactamente un minuto., le dio una sola orden. “La única directiva que me dio fue que tocara más fuerte. Yo de entrada… no es que tuviera miedo de tocar fuerte, pero sí tenía miedo
de perjudicar al arpa. Pero él me pedía más fuerte, y ahí yo le daba con todo”, dice Roizner. Entre las piezas que tocaron estuvieron un par de selecciones (un medley de los Beatles, otro de gemas clásicas de jazz) y el componente local, aquel que casi nos regala un dueto impensado: “Sabor a nada”. En la noche del lunes 3, la tertulia se mudó nuevamente a la casa de Horacio Malvicino. Ahí estaban los productores y Don Costa, que tenía programado un set, pero quería agregar un guiño al público argentino.

Sinatra en acción (Foto: Prensa Penguin Random House)
Sinatra en acción (Foto: Prensa Penguin Random House)

“Sabor a nada”, la canción que Palito había escrito con Dino Ramos en el 63, le resultaba familiar. Entonces se decidió: le pidió a Ortega que le silbara la melodía y en tiempo real garabateó un pentagrama en una servilleta. En unas veinte horas escribió el arreglo para toda la orquesta. La recreación tiene un tono muy diferente al de ese bolero desgarrado sobre el hastío matrimonial que conocimos originalmente. Arranca con un fraseo de bandoneón de Marconi que esboza la melodía con algunas variaciones, y cuando se suma la banda la canción estalla en un ritmo de swing old school, a lo cual el público responde con una ovación espontánea. Es instrumental, pero estuvo a punto de no serlo. Miguel Tallarita, el trompetista que —como el Zurdo— tocó con todo el mundo, desde el Indio Solari hasta Chayanne, desde Gustavo Cerati hasta Ricardo Montaner, grabó en 2015 “Sabor a nada” con su proyecto La Con Todo Band, usando el arreglo de Don Costa que solo se había escuchado en aquellos cuatro shows del Sheraton y dos del Luna Park (la versión se puede escuchar en YouTube y Spotify). Para eso convocó a Juan Carlos Cirigliano —aquel pianista que había reemplazado a Vincent Falcone— para que dirija la orquesta y llamó a Palito (con quien también tocó) para grabar una introducción hablada. Allí el autor cuenta: “Me invitaron a cantarla con Sinatra, pero entonces no me animé”.

Don Costa se lo ofreció, Sinatra estaba dispuesto a aprenderse la letra, pero el temor reverencial —sumado al estrés del momento— pudo más. “Yo dije ni loco. Si subo con Sinatra van a decir que me mando la parte”, recuerda Palito para este libro. Hoy, a la distancia, lo señala como uno de los remordimientos más grandes de su carrera. “Ahora me pregunto por qué me negué, y me arrepiento”, dice.

De modo que el miércoles 5 de agosto de 1981, los pocos afortunados que pudieron pagar la entrada a un precio astronómico (más un puñado de invitados de cortesía) se acomodaron en el Salón Libertador del Sheraton, vieron pasar a la orquesta de Malvicino, disfrutaron del set de Don Costa con casi todos los músicos de La Voz más algunos convocados locales, escucharon “Sabor a nada” sin Ortega y, un minuto (cronometrado) después, empezaron a cumplir un sueño: Frank Sinatra en persona, con 65 años, un bisoñé entrecano y un impecable esmoquin negro, se subía al escenario para dar el primer concierto de su vida en la Argentina.

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