Tenía 10 años y vivía en el campo, en Paraguay, cuando sus padres le dijeron que iban a emigrar a la Argentina. Uno de sus hermanos se había enfermado y en su país “si no tenés plata, te morís”, dice. El pequeño Danilo Ozuna imaginó Buenos Aires “como Hollywood”: nunca creyó que iba a dejar su casa para vivir en la villa 31.

Pasaron 15 años y Danilo camina por las calles angostas de la villa, en Retiro, con tranquilidad. Es bajito, no habla a los gritos, no saca pecho cuando camina. No se ganó el respeto de la gente del barrio -explica él- “metiendo miedo”.

Es un desafío encender la cámara de Infobae Docs para conversar con él en una de las calles principales del “Carlos Mugica”, el nombre original del barrio. Un poco por la banda sonora de un mediodía en la villa -las motos que aceleran, los aviones que bajan cerca, los chicos que vuelven del colegio, la cumbia, los perros y las amoladoras-, y otro poco porque Danilo no es uno más sino “el rapero de la villa”. Los adultos lo saludan con un “pase de mano” y los chicos -que ya saben que va a rapear para la cámara- lo esperan para acompañarlo con beatbox: sonidos con la boca, la nariz, los labios, la lengua y la voz.

“Antes me daba un poco de vergüenza decir que era villero porque la mirada de los otros es siempre la misma: si sos villero robás y sos drogadicto”, arranca. Danilo iba a primaria cuando conoció las primeras formas de violencia, todavía sin balas: tenía acento paraguayo, suficiente. Dejó la escuela secundaria a la que iba porque se enteró de que alguien de otro barrio estaba planeando hacerle una emboscada a la salida por haber atravesado “su zona”.

“Era así. Nos teníamos que mirar mal porque éramos de distintos barrios. Era una forma de demostrar quién mandaba”. Danilo dejó los estudios para calzarse en el carril del destino familiar: todos en su familia trabajaban en talleres textiles, y en uno de Flores arrancó cuando todavía era menor. Sus hermanos también habían empezado a trabajar a los 12, 13 años. Planchaban, doblaban las prendas, armaban los paquetes de ropa.

“El trabajo que hay para los villeros es un trabajo de mierda, por decirlo de alguna manera. Te pagan una miseria y lo tenés que aceptar porque no tenés muchas opciones: cuando ponés la dirección del lugar donde vivís, nunca te llaman“. Danilo ya era adolescente y quería tener plata para “ser libre” pero no lo era: se sentía “esclavizado” y lo único que se preguntaba, mientras doblaba ropa, era “¿Qué va a ser de mí?”. Resistió un año. Volvió a la escuela.

Ya había visto amigos “perderse” en la droga o en la delincuencia, amigos matar y amigos morir en manos de la policía o de las bandas rivales. Todavía era un chico “callado y tímido” cuando un profesor del Bachillerato Popular “Casa abierta” le pidió una tarea: escribir una canción o una poesía. Danilo escribió sobre su barrio y armó rimas. Cuando lo leyó en voz alta entendió que había escrito su primer rap.

En ese aula nació quien luego eligió llamarse “Ozu-mas”, el rapero y cantante de Freestyle (improvisación) que cambió las reglas de juego entre muchos jóvenes de la villa 31.

“El 80% de lo que escribo tiene que ver con las historias del barrio”, dice. Un poco como una forma de hablar de la “discriminación y la desigualdad” que les inoculamos nosotros, los que vivimos en la misma ciudad, pero afuera. “Yo siento que con esto puedo responder a la persona que me está rebajando, que me está ignorando, que me está tirando violencia a través de las discriminaciones. Porque eso a un pibe le puede bajar la autoestima y lo puede convertir en… un monstruo”, explica.

Y otro poco para mostrarles a los otros jóvenes de la villa que hay un arma con la que “siempre pueden tirar”. Algo de eso escribió en un rap que se puede escuchar en su canal de YouTube: “(…) esta es mi arma: mi alma que reclama, que me sana, que reacciona, que acciona, mi mente reflexiona”.

“Yo quiero cambiar el arma de una pistola por la música, porque la música es un arma también. Es un arma que no mata sino que salva. Yo nunca tuve una charla con mis viejos para contarles mis problemas pero encontré en la música un lugar para descargarme. Y en vez de descargar en bronca, en pistola, en piñas, uno se saca la ira en las hojas, rapeando”.

El método fue efectivo. Danilo empezó a dictar un taller de rap en la villa, al que fueron acercándose jóvenes de los otros barrios, enemigos por principio de territorialidad. “Empezaron a hacer hip hop y rap, y en vez de cagarse a tiros con la otra banda empezaron a hacer batallas de Freestyle (improvisación). Cuando nos escuchamos nos dimos cuenta de que a todos nos pasaba lo mismo: vivíamos las mismas discriminaciones, teníamos las mismas broncas. ¿Por qué nos íbamos a matar entre nosotros?”.

No tiene estadísticas Danilo pero se lo repiten seguido: eso de ayudar a los otros a expresarse redujo la violencia en el barrio. “Por eso ya no siento vergüenza de ser villero, no voy a volver a esconder lo que soy. Estoy orgulloso de ser un artista villero”.

Acá, y con algunos adolescentes que empezaron a ir a sus talleres de rap, formó una banda: “Primera Street”. Acá, y para que cualquiera pueda grabar sus temas, consiguió un subsidio para armar un estudio de grabación comunitario. Y por lo que hacen acá es que la gente del movimiento “La Poderosa” -cuyo brazo literario es la revista La Garganta Poderosa- les hizo el nexo para que viajaran a Porto Alegre, Brasil, a dar un show y conocer a los raperos de una favela.

Alguien que vio lo que hace le consiguió un trabajo de lo que ama: cada dos semanas, Danilo viaja a una ciudad llamada Daireaux, a 400 kilómetros de su casa y contratado por el municipio, para enseñar rap a los chicos de la ciudad. Quizás algún día sea famoso, la posibilidad no lo desvela:

“Yo no quiero ser la historia del pibe de la villa que pudo tener éxito, se fue del barrio y ahora vive mejor. Me estaría faltando el respeto a mí mismo. Me estaría escapando y a la villa la estaría usando”, piensa. “Yo todo lo contrario, si tengo éxito, genial: voy a tener más posibilidades de ayudar a mi barrio”.

Después se saca el micrófono, camina, los chicos lo siguen. Danilo frena, los chicos frenan. Prefiere improvisar y elige un tema del que venimos hablando: “A la ministra de seguridad le digo: no dispare balas, dispare educación“, es la primera frase que le sale.

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